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Rubén Araujo: actuar es aceptar un reto… y enfrentarlo

Jesús Dueñas Becerra, 02 de mayo de 2013

Establecer una conversación con el joven actor Rubén Araujo (La Habana, 1992) es ir develando poco a poco los rasgos fundamentales que configuran su carismática personalidad, de la cual emanan el encanto de la juventud, la seriedad y la responsabilidad con que afronta su labor actoral en la sala de un teatro o en un estudio televisivo o cinematográfico (medios en los que ha incursionado con gran éxito), así como la sencillez y la humildad, fieles compañeras del también conductor del espacio televisivo Conexión, que —dirigido a la juventud cubana— transmite en horario estelar el canal nacional Tele Rebelde.

Durante un breve lapso, Rubencito trabajó como animador del desaparecido espacio De mí pa ti, que salía al aire, de 7:00 a 7:27 pm, por las ondas hertzianas de la octogenaria Radio Progreso y por audio real en Internet.

Este diálogo surgió de un encuentro fortuito con mi entrevistado en la cabina de transmisión de la Emisora de la Familia Cubana, donde laboro desde hace casi tres lustros.
     
¿Cómo nació y se desarrolló tu vocación hacia la actuación?

Lejos de lo que muchos puedan pensar, esa vocación a la que usted se refiere, no surgió en mi primera infancia, por lo que no me imaginen —ni en sueños— dedicado a los matutinos escolares o al tanto del más mínimo movimiento cultural. Nada de eso.

Entonces, ¿cómo llegaste al campo de las artes escénicas?

Todo comenzó cuando, al barrio de Cayo Hueso, en el municipio de Centro Habana, donde vivo, fueron buscando niños procedentes de familias disfuncionales, para formar parte del grupo de teatro La Colmenita de ese municipio capitalino. De pronto, se encendió en mí una chispa, y aunque el núcleo familiar al que tengo el honroso privilegio de pertenecer es muy funcional, y en él prevalecen el amor conyugal y filial, así como el respeto mutuo, fui aceptado en el grupo. A partir de ese momento, iba una y otra vez al lugar de los ensayos. Con esa actitud, demostré (incluso a mí mismo) con cuánta seriedad era capaz de afrontar una tarea que verdaderamente captaba la atención y el interés de un chico de siete años de edad.

La actuación me atrapó desde el principio. Me empecé a enamorar de la idea de estar con niños que tenían inquietudes parecidas a las mías; me agradaba todo lo que hacían. Desde el comienzo, tomé la actuación como una diversión, pero mi propia personalidad, que ya usted describió, me llevó a imprimirle mucho empeño. Pronto la dedicación dio frutos, pues mi currículum vitae se enriqueció al ser incluido en la compañía teatral infantil La Colmenita, que jerarquiza el director Carlos Alberto Cremata Malberty (Tin).

En el seno de esa compañía uno de los profesores me vio y le gustó la forma en que me proyectaba en las tablas. Al parecer, él percibió que alguna cosquillita interior se me despertaba cada vez que yo subía al escenario.

En un inicio, estuve en calidad de invitado […] hasta que Tin me llamó y comencé a montar Sueño de una noche de verano, obra que nunca llegué a interpretar, porque se me presentó la oportunidad de integrar el elenco artístico de La Sombrilla Amarilla. Y esa fue mi primera gran decisión, la cual tuve que adoptar yo solo y no tuve la más mínima duda: quería ser protagonista de un espacio que siempre me había fascinado […], y aún me sigue fascinando, aunque ya no soy aquel niño que se quedaba «embrujado» ante la pequeña pantalla con ese estelar programa, especialmente diseñado para el disfrute de la grey infantil.

¿Cuál fue la técnica académica utilizada por ti en aquellos momentos iniciales?

Con ocho años, ¿qué técnica podía tener? Simplemente viví ese personaje, y me lo creí, lo cual —en mi opinión— es lo más importante. Encarnar e interpretar a Albertico me proporcionó más de una satisfacción; entre ellas, la de permanecer en la memoria de varias generaciones de cubanos y cubanas que hoy son mis contemporáneos/as.

¿Y el teatro?

Es posible que a la naturalidad con que desempeñara el papel de Albertico en La sombrilla… le deba mi paso por el Teatro de la Luna a finales de los noventa del pasado siglo, con la puesta en escena de Los siervos. En dicha agrupación, el incentivo de compartir escenario con importantes figuras de las tablas cubanas me llevó a reforzar la vocación hacia el arte de las tablas, cuya llama, una vez encendida, jamás se apagará.

El diario bregar al lado de artistas de la talla de Norma Reina, Michaelis Cué, Rigoberto Ferrera y otros importantes actores y actrices me sirvieron de escuela-base a mis incipientes ansias de convertirme en actor.
 
Mis aspiraciones se materializaron con mi entrada a la Escuela Nacional de Arte (ENA). En ese centro de enseñanza artística, entre aventuras, desventuras y momentos de esplendor, descubrí un camino del cual no pienso apartarme ni en la peor de mis pesadilla, que —por suerte— no tengo ninguna.

¿Y tus maestros, o mejor, tus mentores intelectuales y espirituales?

Muchas son las personas a las que debo agradecer por la guía eficaz que recibiera, pero —sin duda alguna— la directora de televisión, Mariela López, ocupa un lugar especial en mi formación artístico-profesional.

¿Cuáles son, a grandes rasgos, tus planes futuros desde la vertiente artístico-profesional?

Una vida sobre el escenario y delante de las cámaras televisivas y cinematográficas borraría toda duda sobre a qué dedicar el resto de mis días: el arte, en cualquier manifestación que me satisfaga, es y será mi profesión. No obstante, sueño con entrar en el mundo de la dirección, y desde esa posición, apostar por el teatro —siempre el teatro— y el cine transgresor.

No estoy decepcionado con la actuación, nada más lejos de la realidad ni de mi verdadera intención. Sin embargo, he decidido estudiar Dirección y el día que escasee el trabajo como actor (¿?), poder dedicarme a ella. Ahora, quiero volver a mi grupo Teatro de la Luna. Me fascinan las tablas, cada día es diferente. Yo creo que, en un teatro, es donde demuestras lo que eres capaz de aportar desde todo punto de vista.

Por último, les develaré un «secreto»: a quienes sienten —como yo— una bien definida vocación hacia el arte les recomiendo que deben prepararse técnica y culturalmente, si no quieren ser uno más del montón y lamentarlo después. Hay que estudiar, aprender y trabajar sin descanso, y eso —así pienso y siento yo— no es un «secreto» para ningún actor o actriz que respete a su público y se respete a sí mismo.
 

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