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Ángel Lázaro: embrujado por la antilla mayor (4)

Luciano Castillo, 02 de mayo de 2013

Desde el Diario de la Marina, Francisco Ichaso discrepó sobre la valoración de la coproducción mexicano-cubana Embrujo antillano (1945), de Geza P. Polaty, incluso en cuanto a la calidad de los matices en el sonido y manifestó que del embullo primitivo con que los críticos recibían las primeras películas producidas en Cuba, transitaron hacia un estado de escepticismo y de desgano. «No basta para hacer cine frecuentar la calle de Consulado», precisó para añadir la desconfianza y la prevención de la crítica nacional frente a cada nueva película del patio. El primer punto a favor de Embrujo antillano era el origen literario, de la cosecha de un autor distinguido a quien atribuía lo único que de autenticidad se respiraba:

 

Es lamentable que no se haya respetado el título del cuento, La veguerita, con ser tan criollo y tan justo, y se haya caído en esa ramplonería comercial y exoticoide que es Embrujo antillano. […] Es un film mejor realizado que casi todos los que con anterioridad han salido de nuestros estudios. Hay en él más malicia, mejor técnica y un sentido más cabal del montaje. La fotografía posee, en términos generales, más calidad, aunque en algunas faltó luz y en otras la luz estuvo mal colocada. […] El tema de la película —fuga y retorno de la guajirita seducida por el embrujo de la ciudad y salvada por el amor— daba para más. Pero la trama en que se complica con fines dramáticos y musicales, resulta endeble y llena de convencionalismos1.

Ichaso llegó a tildar a Maria Antonieta Pons de «rumbera de oropel», por considerar que siempre ofrecía una «imagen falsa de lo cubano», para concluir: «A pesar de tantos reparos insistimos en que Embrujo antillano es de lo menos malo que ha salido de nuestros estudios y aún resulta superior a algunas producciones argentinas y mexicanas que se han exhibido con bombo y platillo en nuestras salas»2 . Análoga recepción recibiría por parte de la crítica mexicana en ocasión del estreno efectuado en Ciudad México el 15 de octubre de 1947 en el cine Teresa en un programa doble. Tres días más tarde, José María Sánchez escribió en Novedades una reseña en la cual acentuó que la pareja Pons-Armengod no solo actuaba rematadamente mal, sino que no existía la menor probabilidad de que aprendiera a hacerlo y lamentó que Lázaro no hubiera supervisado la versión fílmica de su historia:

Lástima grande, ya que el asunto no carece de interés, y que en manos más aptas habría conservado el dolor humano y la naturalidad de que le despojaron ineptos adaptadores y un director novicio, sin sensibilidad ni refinamiento. A todas luces se ver que Geza P. Polaty es completamente nuevo en semejantes tareas, y que carece de talento para llegar a mucho. El ambiente general de la película es vulgar y pobre, la longitud excesiva. […] Embrujo antillano fue un error del cine cubano, que no debió haber salido jamás de la Perla de las Antillas, ya que da la impresión de que Cuba es un país de jacales, mujeres toscas y hombres vulgares, lo cual es completamente falso3 .

 Un cronista señaló en El Universal Gráfico, la nulidad de dos extranjeros, Polaty como realizador y Ángel Lázaro como argumentista: «Pobres capitalistas cubanos. Les ha ocurrido lo que a muchos en estas tierras. Se les duermen con facilidad pasmosa los listos que se dicen cineastas y solamente lo son para embaucar al prójimo. Afortunadamente, los autores del desaguisado cinematográfico no son mexicanos, pues sus nombres tienen sabor a polaco o cosa por el estilo»4 . En una señal de no haberle bastado estos juicios, cinco días después, insistió en que Embrujo antillano era un «magnífico monumento a la necedad», y añadió:

Dos audaces «se durmieron» a los que aportaron el dinero para Embrujo antillano, porque solo dormidos pudieron aceptar que dos extranjeros procedentes de alguno de los países que están en la esfera de la influencia rusa, a juzgar por sus nombres, eran capaces de escribir un argumento y dirigir una película en la que palpitara el alma de las vegas cubanas. Para ellos La Habana no pudo ser más que una calleja destartalada y la fachada de una fábrica de puros. ¡Y pensar que pagué dos pesos y medio por ver esa cinta! Hubo quienes pagaron tres, en domingo. ¡Pobrecillos!5

Es importante subrayar que si bien el nombre del gallego Juan Orol inicialmente se asoció a esta película en carácter de coproductor, consejero del realizador y coautor de la adaptación, en realidad no figura siquiera en los créditos. Este error se extendió durante años en que, además, le fue atribuida a Orol la codirección con Polaty por la inexistencia de una copia para corroborar la verdad.

No existen referencias confirmadas de que Geza P. Polaty, a pesar de todos sus humos, filmara otra película antes o después de Embrujo antillano. En cuanto a Ángel Lázaro, su insatisfacción ante los resultados, muy por debajo a toda su producción literaria, le decidieron a no repetir esta primera, única y ultima experiencia en el séptimo arte. Al año siguiente, la crítica y el público aplaudieron la presentación de su obra Las bodas de Camacho a cargo del Patronato del Teatro. Recuperado de la decepción, Ángel Lázaro se multiplicó como conferencista en la Institución Hispanocubana de Cultura, el Ateneo de La Habana, la Sociedad Lyceum y Amigos de la República Española, frecuentó veladas culturales donde leía sus versos sin descuidar la publicación de Epistolario y otros poemas (1952), en el cual convergen las imágenes nostálgicas de su distante Galicia natal con textos dedicados a la cercana Cuba y la vecina México, y el libro de ensayos Canción de Martí (1953), homenaje personal al apóstol de la libertad de la isla en el centenario de su natalicio, entre otros.

Quién sabe si Ángel Lázaro —fallecido en Madrid en 1985— incluso pensó en retirar su nombre de los créditos de la frustrante Embrujo antillano, quizás solo una estrategia alimenticia para la supervivencia en el exilio, pero sin embargo, este «español de dos riberas» —título de su penúltimo libro editado en Cuba— representa una de las escasas personalidades del ámbito intelectual que se arriesgaron para aportar su granito de arena al cine cubano de estos años.

Luciano Castillo

 

1Francisco Ichaso: «América: Embrujo antillano»: Diario de la Marina, La Habana, 8 de noviembre de 1946

2Ibid

3José María Sánchez García: Novedades, México, D.F., 18 de octubre de 1947. Citado por Eduardo de la Vega Alfaro en Juan Orol, pp. 140-141

4«El Duende Filmo»: El Universal, México, D.F., 21 de octubre de 1947

5Ibíd., 26 de octubre de 1947