Roberto Manzano y la poesía: al cuidado de arquetipos y esencias.
El reconocimiento justo suele llegar tardíamente, para compensar entregas y esfuerzos prolongados. Mas, son pocos los que perseveran en la ruta —laboriosa— de caminar con la vocación poética y los valores internos por delante: como lámparas de confianza, manos que escriben demostrando responsabilidad, voces que desde lo auténtico y lo propio logran el compromiso para servir, siguiendo y dejando huellas nutritivas de alimento espiritual en cada página. La herencia poética no está ni se quedó atrás en el pasado, sino que permanece viva en quienes la traen y llevan consigo, para expresarla de modo cada vez más útil, con el afán de crecer y evolucionar como autores y lectores de la misma Especie Humana. Tal es el ejemplo del poeta Roberto Manzano, quien tuvo que esperar más de veinte años para publicar su primer libro, superando barreras de sectarismo literario y hasta sutilezas discriminatorias bajo el término “tojosismo”, etiqueta que empañó largo tiempo y aún desdeña la poesía que emerge desde las raíces para tocar el cielo, con todo el simbolismo proveniente de lo Natural y su innegable riqueza en amplitud o multiplicidad de sentidos y significados.
La insólita constancia de este autor ha dado muchos frutos valiosos. El creador que inicialmente se hizo escuchar con sus Tablillas de Barro (I, II y III) y sobre todo por su Canto a la sabana, se ha movido de su entorno rural y origen avileño para llevar su voz a toda Cuba, así como también para representar a la isla en otras latitudes. Sus libros posteriores abarcan temáticas más amplias sobre la Naturaleza Humana y la indagación del Ser. Obtuvo el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén en 2004 y, con el poemario Synergos, conquistó el Premio Nacional Nicolás Guillén en 2005.
Manzano es además docente y conferencista, en especial para diplomados y talleres de creación poética. También es Máster en Cultura Latinoamericana y miembro de la UNEAC. Posee gran experiencia como editor en redacciones de poesía (Ácana, Ávila, Extramuros, Letras Cubanas, Amnios…) y sus aptitudes en las artes visuales lo llevaron también al diseño gráfico para ilustrar textos.
Me honra y agradezco que Manzano aceptara mi entrevista aún antes de leer las preguntas. He seguido buena parte de su obra y sabe que lo respeto y admiro mucho.
Quisiera ante todo conocer mejor, y a la vez compartir por esta vía, algunos criterios suyos sobre su propio trabajo durante más de cuarenta años de creación y servicio a la poesía. Entre sus libros prefiero Pensamientos libres, regalo inesperado que recibí con mucha alegría, por la sencillez y profundidad de sus palabras conteniendo algo más que arte en el lenguaje... ¿Cuánto de esto hay en toda su obra? ¿Qué es lo que alimenta y sostiene su vocación arrasadora?
Una vocación, si no es arrasadora, no es realmente una vocación. La vocación es una convocatoria categórica a la que no se puede faltar: es un llamado. No sabemos bien quién es el Llamador: no le vemos directamente el rostro, pero oímos su voz imperiosa. Crece como la levadura, o como cualquier gas en expansión: se desplaza hacia su meta como cualquier agua en curso, por encima de despeñaderos y abismos. Una vocación tiene sentido cuando significa la entrega de uno para los demás, cuando se siente adentro hervir el manantial, pidiendo una dación hermosa, sin esperar gratitud alguna. La vocación poética verdadera no es una aptitud artística tan solo: es un misterio que solicita un riguroso ministerio, y tiene la anchura de un espíritu que se quiere del tamaño del universo con la misma humildad húmeda de la brizna en el alba. La vocación mide el infinito brizna a brizna, y es por ello, que se le pide que sea productiva, y no un devaneo mental, un estado de sensibilidad difuso que no tiene manos para colocar su dación como un bello cuerpo delante de los demás. Discúlpame que hable en poesía de la poesía, pero no conozco otro sendero más recto de explicación que el de los análogos. Yo supe desde joven que poseía una vocación muy extraña, que por ser esencialmente artística no tenía el amparo de una iglesia o un partido, y que me pedía una lealtad sin quiebres a la sustancia, una capacidad transfigurativa especial de las coyunturas, y un humildísimo empecinamiento desde las orillas. Inmerso en una circunstancia, mi persona debía cumplir con sus afanes inmediatos, de carácter socio-histórico y cotidiano; pero no podía dejar de cumplir jamás también con otros deberes más sutiles, que tienen que ver con los imponderables de la especie y sus mecanismos de representación permanentes. Así, en la tierra y en el cielo, se cumplen y vertebran deberes escogidos como un sacerdocio, que es lo que llamamos vocación.
La labor del poeta… ¿Es, debe ser útil y accesible para servir a la Humanidad? ¿O basta un lenguaje de códigos “especiales” y secretos, para la comprensión de algunos intelectuales y/o personas de emocionalidad “más sensible”?
Sobre esto he conversado con muchas personas, de alta o mediana cultura, de mucho o poco entrenamiento en la recepción equilibrada de la poesía. Pero he visto, con los años, que este tópico siempre sobrevive. Es un prejuicio, y no hay nada más tenaz. En épocas de grandes transformaciones históricas colectivas puede llegar a convertirse hasta en política de cultura, como una demanda de supuesta justicia. Luego se ve el daño que esto implica, como todo sectarismo o asimetría en la formación de un hombre verdaderamente nuevo e integral. En época de crisis y desesperanza, cuando frente a los ojos de las multitudes se desvanecen los horizontes altos, adquiere predominio la actitud contraria, que es la de suponer que la producción y consumo de la poesía genuina es tan solo para unos pocos que tienen todas las contraseñas. Son desequilibrios, que se derivan con cierta naturalidad y con visos de sólida argumentación de la actual condición humana, escindida trágicamente en sus profundas médulas y en sus conexiones con la realidad. Pero el campo de la poesía —no el de la vida literaria, distingamos—, como polígono virtual donde lo humano fricciona lo real y lo ideal con suma energía representativa, resuelve esta aparente dicotomía sin mayores contratiempos. En el campo de la poesía siempre hay quien abre o cierra la comunicación, no por arbitrio personal, sino por demandas incontestables de las sustancias que en cada caso se trasmiten. Y todas las escalas comunicativas no solo tienen derecho de existencia, sino que además, no deben faltar en un campo de creación que se aspira se encuentre bajo la poderosa sinergia de lo humano. Los receptores —mucho más los que tienen poder de decisión en sus manos— han de demostrar que no optan ni predican desde sus prejuicios, sino desde el culto a la dignidad de expresión de lo humano, que incluye todas las participaciones, como un derecho y un deber de cada individualidad creadora.
¿Qué alcances puede tener lo que usted denomina dictados del espíritu, patrimonio común, o espacio arquetípico de donde emana como esencia la poesía? ¿Por qué lo instrumental no puede ser un valor en sí mismo, aunque sirva también de conservante y vehículo transmisor de lo realmente valioso?
En la entrevista de donde extrajiste las frases anteriores ambas tienen sentido negativo. Son afirmaciones que rechazan determinadas posturas. En la primera, a los que manejan el carácter espiritual de la poesía para justificar las discriminaciones territoriales de la vida poética concreta; y en la segunda, a los que consideran en la misma vida literaria que el cultivo de una forma tiene más valor y modernidad que otro. Me parecen errores interesados, manipulaciones para legalizar las discriminaciones. El ademán manipulador juega con la homogeneidad supuesta de dos planos: la vida poética y la poesía. En el primer caso, se acude a lo platónico pasado por el temperamento romántico; en el segundo, a superponer la tecnología sobre la sustancia en la axiología de lo poético. Argumentaré un poco más este último, dado el carácter de tu pregunta. Es enteramente cierto que cada sustancia exige sus instrumentos; pero como bien afirmas solo son vehículos para trasmitir lo realmente valioso. No porque un poeta escriba en décima y otro en verso libre uno de ellos es más valioso que el otro. Hay quien piensa, aunque no lo verbalice, que existe como una oculta escala de progreso, embrollando la secuencia histórica con las matrices artísticas de lo propiamente poético: del verso tradicional al verso libre, del verso libre al fraseo absoluto, del fraseo absoluto al lenguaje deconstructivo, del lenguaje deconstructivo a la poesía visual o escénica, de la poesía escénica o visual al lenguaje hipertextual, y así continuadamente. Estamos sumergidos aún, hasta lo increíble, en la cosmogonía vanguardista. Creo que es bueno escapar ya de estas falacias, quiméricos espejos para sancionar actitudes superficiales, muy interesadas en su específico posicionamiento en la vida literaria, y practicar definitivamente una verdadera emancipación artística.
¿Qué podemos hacer para superar las nubes negras de monóxido y manifestar la Poesía de manera más consciente y artística; para atravesar el mercado y llegar al Hombre?
Aquí hay tres afirmaciones. Separémoslas. La primera es una denuncia de un crimen ambiental que se comete hoy en Cuba con total impunidad. Se trata de cómo los vehículos arrojan negras nubes de monóxido sin que se oiga ni el menor comentario público, ni del gobierno ni de la población, mientras los medios informativos expresan que en el país se cumple con todos los parámetros ambientales. La segunda reclama que los cultivadores de la poesía posean mayor lucidez acerca de su arte, y dejen de considerarla como una absoluta caja oscura, frente a la cual solo basta saber que oprimida una tecla de entrada aparece una respuesta en la pantalla. Y la tercera describe la relación de la poesía con el mundo de hoy, impedida en gran parte de avanzar hacia las personas por el economicismo a ultranza y la presencia despótica del mercado. Para superar la primera dificultad, considerar el asunto un fenómeno de interés público y discutirlo entre todos; para la segunda, de gran complejidad subjetiva, reflexionar más sobre lo heurístico presente en la creación lírica; para la tercera, permitir la libertad de iniciativas constructivas de las comunidades poéticas y colaborar activamente desde las instituciones encargadas.
Volviendo a su propio trabajo —que ya es de todos—, ¿cómo nace la antología El bosque de los símbolos. Patria y poesía en Cuba? Una gran responsabilidad en sus manos para la selección y las valoraciones sobre el patrimonio poético de nuestro país. ¿Cómo va el proceso y cuándo termina? ¿Cómo contribuyó también su trabajo en la antología de poetas más jóvenes que trabajan el paisaje simbólico actual?
Nace de un interés personal en presentar adecuadamente nuestro patrimonio lírico. Excluyendo algunos esfuerzos enormes de grandes poetas sobre este legado, la herencia lírica cubana permanece un poco dispersa y no coherentemente atendida desde el punto de vista publicístico en sus pormenores y amplias líneas maestras. La obra íntegra no es un gesto por definir qué es la poesía cubana, sino de organizar su lectura para las nuevas generaciones desde un punto de vista abierto y diferenciado. Cada consumidor de ahora mismo y del futuro debe quedar en condiciones prácticas inmediatas de entrar en lo esencial lírico creado por nuestra comunidad histórica. Luego, según su interés, ampliar sus búsquedas y enriquecer sus concepciones sobre alguna de las partes o su totalidad portentosa. El principio rector es la genial dialéctica martiana entre lo local y lo global, entre la parte y el todo, entre la patria y la humanidad. Por supuesto, en esta semántica distribucional el extremo predominante es lo humano, y el primer extremo está visto como espacio genitor, como oikos lírico, que es tan imprescindible para la subjetividad cubana, sea productora o consumidora de poesía. Ese oikos sustentador atraviesa toda nuestra poesía, escrita fuera o dentro de Cuba, y se advierte con fuerza, tanto en la más telúrica como en la más estelar. Todo esto se explica en algunos momentos de los comentarios que enhebran el discurso autoral de la obra. Algunas miradas, habituadas solo a explorar en forma aérea, sin sumergirse linealmente en la entrega, han de leer esmeradamente tan complejo friso, que trata de fusionar extremos tan delicados. Tal vez dentro de un año o dos esté la trilogía en manos públicas, y los amantes de la poesía de cualquier parte, para quienes se ha insistido en trabajo tan prolongado y agotador, tendrán la posibilidad de emitir un juicio más terminado. Como sabes, debe salir también un libro de lectura que incluye una muestra de la poesía escrita por los más jóvenes, aglutinada temáticamente, que deseamos exhiba los primeros brotes que parece suscitar el horizonte creador cubano, dentro y fuera de su espacio genitor. Entre esta muestra, que comienza con los jóvenes nacidos en la segunda mitad de los setenta, y aquella trilogía, que culmina con los que se dieron a conocer más o menos en los años revolucionarios iniciales, hay un paréntesis grande no incluido en ninguno de los dos lapsos, que necesitará en el futuro del esfuerzo configurador de otros frisos inclusivos y jerárquicos a la vez, como hemos practicado en dichos volúmenes. La poesía cubana posee tal riqueza de escogimiento y composición que ninguna muestra, por muy acabada que sea, agota sus potencialidades de recombinación y despliegue.
Como editor en Letras cubanas, Amnios… ¿Qué nos dice de esa parte suya a cargo de revisar y pulir muchos textos de otras personas? ¿Y como diseñador gráfico? La imagen poética y la visual: ¿símbolos complementarios?
Un poeta no tiene por qué ser editor y diseñador, pero el poeta que sabe elementos de edición y diseño posee un saber instrumental inestimable para el desempeño de su creación. Siempre aconsejo que se conozca cómo colocar un texto poético en una página y cómo escoger la imagen que ha de acompañarlo. Sobran los ejemplos históricos de épocas y grupos poéticos que dedicaron a estos pormenores mucha e intensa atención. Pero en correspondencia con ciertos presupuestos románticos, algunos poetas consideran que su arte es inefable y súbito y que no interesa a esta impronta las habilidades que se ocupan de los momentos de socialización de la obra creada. Tienen de la poesía una visión solo conceptiva, y no procesual y distributiva. El padre responsable prepara sus hijos para su futura vida pública. Está atento a todo su decurso natural. La imagen poética y la visual son matrices complementarias, como bien afirmas: la página es un espacio artístico que ha de cuidarse con sabiduría y delectación. El arte de la página existe, y ha de conocerse al detalle.
Su pasión y entrega en las conferencias y talleres literarios… es la de un buen docente que llega a sus alumnos y no se vanagloria de sus conocimientos. ¿Maestro de poetas?
He ejercido como maestro en toda mi vida laboral: primero de la enseñanz general, y luego de formación de creadores poéticos. Sueño con una escuela ecuménica de poesía: un hermoso sitio, confortable y natural, donde los poetas permanezcan durante un tiempo justo recibiendo conocimientos y adquiriendo habilidades de sus colegas más avezados. Traerlos de nuevo a la enseñanza, después de haber sido expulsados de todas las escuelas. Allí se aprenderá lo que puede aprenderse, y se respirará con respeto y amor lo que hasta ahora no puede ser comunicado docentemente, pero que la sensibilidad vocacional capta a través de la gracia y el misterio. Allí ha de estarse a la vez como en un taller y en un templo, asimilando saberes prácticos y respiraciones de lo oculto. Allí la llave maestra entre la sensación, el hábito y el alma será la palabra sinergia. Allí practicaremos la vigilia y el sueño, lo consciente y lo inconsciente, lo íntimo y lo público, el aislamiento y la solidaridad, el juego y la responsabilidad, lo natural y lo culto, lo estético y lo ético. Allí se leerán y producirán poemas, se leerán y producirán libros, se caminará entre los árboles y las estatuas interpretando el bosque de símbolos que es la vida. Allí irán los niños y los ancianos a ejercer con desenvoltura y confianza su mundo interior. De allí saldrán los jóvenes hábiles y conscientes para su ministerio artístico. Allí habrá dos modelos mentales básicos, el labrador y el sacerdote, ambos devorados por el ansia de transformar el mundo para la armonía con la naturaleza y para el ejercicio benéfico de la justicia y la paz. Se enseñará qué es un verso, por supuesto, pero se insistirá más en la complejidad y grandeza de las imágenes que el verso trasmite. El humanismo estará inscrito en el arco de la entrada. A su salida se verá también la necesidad del culto a la dignidad plena de lo humano.
