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La zapatera prodigiosa

Jesús Dueñas Becerra, 09 de mayo de 2013

Como parte del programa de actividades artístico-culturales incluidas en el programa del Festival La Huella de España 2013, Teatro de la Villa llevó a las tablas de su sede capitalina la reposición de la obra La zapatera prodigiosa, del poeta, escritor y dramaturgo granadino, Federico García Lorca (1898-1936), con dirección artística de Maria Elena Tomás y general de Tomás Hernández Guerrero.

El elenco artístico que llevó a escena esa joya de la dramaturgia universal estuvo integrado por los actores y actrices: Carmen Navarro y Rosa María Fernández (Zapatera); Félix Leal y Reyner Ramos (Zapatero); Nevalis Quintana (Alcalde); Misael Boix y Roberto Bello (Don Mirlo); Rafael Bauzá y Jennifer Cordero (Niño).

Dorys Vargas, Irasema Cruz, Yanny Góngora, Imaray Ulloa y Adriana Pérez (Vecinas); Luis Alberto Ramírez, Alejandro Martínez, Junior Martínez y Manuel A. Pedro (Mozos); Dorys Vargas y Adriana Pérez (Beatas), así como Dorys Vargas, Alejandro Martínez y Adriana Pérez (Titiriteros).

En ese contexto dramatúrgico, se narra la azarosa historia de una moza joven, sensual y rebelde, que no acepta el bozal que las circunstancias (el destino o el karma) tratan de imponerle por la fuerza.

La lucha por liberarse de los tabúes y prejuicios familiares, sociales, religiosos y ético-morales, que encadenaban a la mujer en la época socio-histórica que a la Zapatera le tocara vivir, y que no le permitían escribir su propia leyenda personal, va estructurando la trama, tejida —básicamente— por el desamor, las ganas de vivir, los deseos de respirar aire puro, la lujuria, las uniones conyugales por intereses económicos, los vecinos pendientes de la vida ajena para silenciar las miserias humanas que corroían la suya propia.

Esos disímiles ingredientes se fusionan en La Zapatera… de una forma muy especial, o sea, se mezclan la sensibilidad y la profesionalidad para producir un peculiar acervo e instrumental dramatúrgico. 

En el desarrollo de la trama, se emplean con certeza la palabra telúrica (incluye parlamento y gestualidad), así como la música que recrea las melodías entrañables, archivadas en la memoria poética de los amantes del universo sonoro hispano, que —al decir de José Martí— enciende el «fuego del alma».

Por otra parte, la escena la comparten actores, actrices y títeres, mientras que los objetos se tornan seres animados por la magia del teatro negro; recursos y lenguajes que interactúan para confirmar el prodigio de esa mítica zapatera que, gracias a la genialidad de su autor, alcanzará —con el favor del público y la crítica especializada— el siglo de existencia.

Yo no albergo la más mínima duda al respecto, porque así está escrito —con letras indelebles— en la historia del teatro contemporáneo.      

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