Carpentier en Fantasmas del Caribe: espías a ritmo de conga (1)
En otro tanteo para repetir la experiencia de hacer cine cubano a bajo costo, a mediados de 1942 el realizador Ernesto Caparrós logró convencer al magnate de la radio, Amado Trinidad Velasco, presidente de rhc-Cadena Azul, para que asignara un modesto presupuesto y facilitara los artistas bajo contrato de su emisora con el propósito de intervenir en el rodaje de Fantasmas del Caribe. Las instalaciones y equipos de los Estudios de Películas Cubanas, S.A. fueron desempolvados para iniciar en mayo la filmación de esta comedia de espionaje que ridiculizaba a los nazis, con una mezcla de «horror, intrigas, misterios, fantasmas que matan... ¡y que bailan conga!». Lo que muchos ignoran es que para escribir los diálogos, Caparrós llamó nada menos que al escritor Alejo Carpentier, en la que sería su primera y única colaboración con el cine nacional, con el aporte del actor Julio Díaz.
Un viejo castillo embrujado fue el escenario escogido para esta farsa «de actualidad, pletórica de contagioso humorismo», como el nido de espías totalitarios que dirigen las operaciones de los submarinos germanos que se desplazan en aguas del Mar Caribe. Teté hereda de su padre una gran fortuna, pero el testamento exige que la muchacha viva en un solitario castillo enclavado en Cayo Coral, pues una tradición familiar obliga a que los herederos solteros residan allí hasta contraer matrimonio. Después de vencer sus dudas, la joven se dirige al castillo, acompañada de su ama de llaves, un mayordomo y el criado, personajes pintorescos siempre en disputa. Durante una travesía tormentosa y llena de peligros, el botero de la embarcación en que son trasladados les cuenta las misteriosas leyendas sobre ese lugar.
Al llegar al tenebroso palacio donde todo infunde temor, son sorprendidos por la irrupción de tres extraños personajes: Mr. Chan, que lleva en sus brazos a un joven desmayado, y otro hombre alto y buen mozo. El chino convence a Teté de que son náufragos de un buque hundido por un submarino alemán. Después de múltiples escenas humorísticas y otras espeluznantes, Mr. Chan, en realidad miembro del Servicio Secreto, con la ayuda de los demás logra descubrir la naturaleza de los «fantasmas» del castillo son espías que desde allí operaban una estación de señales para los submarinos que circulaban en aguas caribeñas con el fin de hundir los convoyes de los aliados.
Cómo se las arregló el autor del argumento para, en una sátira originalmente concebida en torno al tema de los agentes en el Caribe, reunir al gallego y al negrito del teatro vernáculo con el Chan Li Po de La serpiente roja, en situaciones ingenuas en grado superlativo, es algo inimaginable. Esta burda apelación al patriotismo de los cubanos y a su repudio al fascismo finalizaba con la «Marcha de la Marina» de los Estados Unidos y el desfile de las banderas de veintiún países. El reducido reparto lo conformaron Federico Piñero (mayordomo), Alberto Garrido (Mikito, el criado), Aníbal de Mar (Mr. Chan), y los experimentados Julio Gallo (Sancho), María Pardo (Julia, ama de llaves), Ernesto Galindo (galán de «La Novela del Aire») en el rol de Frank, Federico «Fico» Laza (gigante), y la debutante Maruja Alva, alumna de la Academia de arte Dramático, como Clara. En el papel protagónico con su mismo nombre, figuró Teté Casuso (1912-1994), quien finalmente actuaba en una película cubana después de acumular algunas mexicanas en su trayectoria y de cultivar la poesía y la narrativa.
Uno de los problemas confrontados por Caparrós en la selección de quienes tenían que encarnar a los espías japoneses fue la absoluta negativa de los extras chinos contratados por considerarlo algo bochornoso. La explicación de que se trataba de una labor loable para alertar sobre este peligro y facilitar el descubrimiento de los tortuosos procedimientos de éstos, terminó por convencerlos y vencer su resistencia.
El realizador reunió a su equipo técnico habitual: Ricardo Delgado (director de fotografía); Luis Caparrós (asistente); José Ochoa (iluminación); Abelardo Domingo, Jr. (edición); Alejandro Caparrós, Mario Franca y Manuel Solé (sonido) e Israel Fernández (maquillaje). La «Conga fantasma» era original de E. Pozo. La filmación afrontó innumerables dificultades según testimonio de Roberto Miqueli, quien con su hermano Armando y René Scull, responsables de la escenografía y la ambientación, levantaron en el foro de la pecusa el mayor decorado construido en Cuba hasta entonces: un tenebroso castillo abandonado, que ocupaba todo el estudio. Esta anécdota, narrada por Roberto Miqueli, ofrece una idea aproximada de la atmósfera reinante en aquel descabellado rodaje realizado con bastante rapidez porque no existía dinero para un plan de filmación más extendido:
Con el exiguo sueldo que nos pagaba la producción, la «hambruna» era insostenible, pero el cubano siempre tiene una solución; primero fueron los grandes mangos que existían en la finca donde estaban ubicados los estudios y, luego, uno de los «muchachos» de Caparrós sustrajo de una finca cercana un cerdito, que puso enseguida a la candela. El olor, de inmediato, se hizo sentir, como también la presencia de otros miembros del staff, que sorprendieron in fraganti al compañero en plena faena. Entre todos lo amarraron a un árbol, amenazándolo con no darle participación en el botín. Finalizado el asado, lo dividieron a partes iguales, soltando al asustado «hambriento», que también participó de su pedazo de «puerco». ¡Cerdo asado con postre de mango! ¡Era un plato imposible de encontrar en ningún restaurante del mundo!1
La crisis de equipos existentes en los Estudios chic, los únicos que habían mantenido un ritmo más o menos constante de actividad desde su fundación, fue el primer obstáculo confrontado por Caparrós. Con el ánimo de ahorrar el muy racionado celuloide, del que apenas disponían de 10 mil pies, se utilizó por primera vez el sistema de cortar el material de sonido de 35 mm a la mitad para poder sincronizarlo. El gobierno norteamericano les proporcionó también 12 mil pies de positivo. «Es imposible realizar una película de una hora y media con este material, por eso tuve que cortar por la mitad las grabaciones de sonido para editar»2 , explicó Caparrós. Como aún era desconocido en el país el sistema de sonido magnético de 17½ mm, la moviola donde se efectuó el trabajo también requirió adaptaciones. Una vez concluido el rodaje y, a las pocas semanas, la distribuidora Zenith Films S.A., insertaba atractivas fotografías y notas publicitarias como esta:
Vea las más hilarantes aventuras de una bella heredera y sus acompañantes en una noche de misteriosas apariciones. Las partes culminantes del film son desde luego aquellas en que nuestros héroes tienen que vérselas con los «fantasmas», donde se desarrollan las escenas más cómicas que usted pueda imaginar. Si usted quiere reír y gozar como nunca lo ha hecho no se pierda este film cómico de aventuras en que los más populares artistas de Cuba hacen gala de su arte inimitable. […] Fantasmas del Caribe ha de gustar a todos los públicos, pues es una película divertida desde el principio al fin, donde todos reirán con las ocurrencias, los chistes y los apuros de nuestros héroes3.
Por espacio de varios meses, Cinema comenzó a insertar viñetas promocionales de la película dibujadas por Mike Cárdenas. Fantasmas del Caribe se presentaría el lunes 27 de septiembre de 1943 en première de gala en el teatro Nacional y estrenada simultáneamente en catorce teatros de la República. En el interior de la isla el público le tributó una glacial acogida, con las salas casi vacías. La paupérrima calidad técnica y los primitivos trucajes primaron sobre la discreción fotográfica y los aciertos escenográficos. El propio Caparrós fue el primero en calificar de auténtico desastre a Fantasmas del Caribe y, al respecto, rememoró: «Uno de los productores no quiso que los alemanes fueran los villanos y los cambiamos por japoneses. La película no quedó buena, pero, por lo menos, la terminé»4.
No obstante contar con un reparto y técnicos de primera magnitud, la calidad de la película era pésima, con situaciones en extremo ingenuas, trucos no logrados por falta de medios mecánicos apropiados, etc. Este fracaso tan abrumador actuó negativamente en la quebrantada salud de Ernesto Caparrós, a quien una afección pulmonar puso en peligro. Peón lo relató en términos dramáticos: «en su afán de cumplir con quienes propiciaron la realización de su última película, sufre hoy una penosa enfermedad, vencido por los estragos que trae consigo el esfuerzo supremo que significa en Cuba la dirección de una película»5.
Amado Trinidad Velasco facilitó los artistas contratados por su rhc-Cadena Azul para una función a beneficio de Caparrós en el Teatro Campoamor, en la noche del 18 de junio de 1942 para la cual se vendieron entradas al precio de un peso. Por ese escenario era acostumbrado que alternaran los artistas del patio con variedades extranjeras, y Trinidad había ofrecido la oportunidad de actuar allí a numerosos cantantes y agrupaciones cubanas, también escuchados a través de su emisora. La negativa de Federico Piñero de colaborar con este empeño solidario hacia Caparrós fue calificada de repudiable. Octavio Gómez Castro proporcionó para esta ocasión especial una copia de Romance musical. Como un gesto elogioso fue interpretado el anuncio de Álvarez Couto, representante y gerente de la Zenith Films, al Film Trade de que el 10% de la recaudación de Fantasmas del Caribe el día del estreno, sería donado al Fondo Cubano Americano de Socorro a los Aliados.
Fantasmas del Caribe fue la última película rodada en el foro de la compañía pecusa. Sus puertas cerraron definitivamente para sembrar así la desconfianza en los inversionistas y el caos en los técnicos, con el consiguiente desempleo. «No teniendo más que hacer en Cuba», Caparrós decidió emigrar a los Estados Unidos. Este es el testimonio de un momento crucial en su trayectoria: «Llegué sin dinero y tuve que dormir dos noches en un café restaurante. Encontré trabajo de mensajero y en la realización de efectos ópticos para una compañía muy pequeña y, por la noche, trabajaba en el laboratorio Du Art, pintando a mano las tarjetas para los títulos principales de películas grandes. Fui editor para los noticiarios de la Universal en español»6.
Ernesto Caparrós, no menos tesonero que Ramón Peón, fue el único cubano que logró realizar algunas películas en el período 1940-1942, producidas por compañías fantasmagóricas disueltas poco después de cada primer estreno. Siempre dispuso del staff más entusiasta, eficaz, sacrificado y unido de los existentes en Cuba, que, pese a los obstáculos, mantuvo un enorme deseo por consolidar la industria cinematográfica. La respuesta a la interrogante de por qué, a diferencia de Peón, solo Caparrós pudo mantener cierto ritmo a lo largo de estos años de aguda crisis.
Luciano Castillo
1Entrevista personal con Roberto Miqueli.
2Correspondencia de Caparrós con Arturo Agramonte.
3«Del film Fantasmas del Caribe»: Cinema, Año VIII, No. 340, 7 de junio de 1942, p. 15.
4Correspondencia de Caparrós con Arturo Agramonte.
5Ramón Peón: «Gesto que ennoblece»: «Rellenos»: Cinema, Año VIII, No. 346, 19 de julio de 1942, p. 16.
6Correspondencia de Caparrós con Arturo Agramonte.