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Evocación a Carlos Rafael Rodríguez a 100 años de su natalicio

Jesús Dueñas Becerra, 17 de mayo de 2013

 

 

[…] una [crónica] siempre deberá ser considerada

 como una aproximación significativa,

 pero inacabada, a una vida

 plena de trabajo trascendente.

Julio Le Riverend.


Carlos Rafael Rodríguez (1913-1997),1 vio la luz del Astro Rey en Cienfuegos, ciudad en la que cursó la enseñanza común (primaria) en el Colegio Montserrat (jesuitas) y más tarde, la primaria superior y la segunda enseñanza (bachillerato) en el Colegio Champagnat (Hermanos Maristas).

En posesión del título de bachiller en Ciencias y Letras, matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, donde se graduó de doctor en Derecho con el primer expediente, y recibió los premios Nacional González Lanusa y Nacional de Periodismo. Simultáneamente, cursó estudios superiores en la Facultad de Ciencias Sociales, en la que también fuera primer expediente y obtuviera el doctorado en Ciencias Sociales.

Sus inquietudes político-ideológicas comenzaron en 1929, al calor de las luchas estudiantiles contra la dictadura pro-fascista del general Gerardo Machado y Morales (1871-1939), El asno con garras, como lo calificara el poeta, escritor y jurista Rubén Martínez Villena (1899-1934).  

En 1930, integró el Directorio Estudiantil, creado en la Perla del Sur con motivo del asesinato del estudiante Rafael Trejo. Fue dirigente de ese mismo órgano durante todo el proceso de la lucha contra el sátrapa caribeño, mientras que, en 1931, guardó prisión como consecuencia de las actividades antimachadistas en las cuales desempeñara una función “clave”. 

El 4 de septiembre de 1933, al ser depuesto por el movimiento de soldados y estudiantes, el gobierno provisional del doctor Carlos Manuel de Céspedes y Quesada (1871-1939), Carlos Rafael fue designado parte del triunvirato que ocupó la alcaldía cienfueguera. 

En octubre de ese mismo año, inconforme con la política entreguista del Directorio Estudiantil, y ante evidentes síntomas de peculado del movimiento estudiantil, renunció al cargo de alcalde y a la membresía de la organización. Militó en el Ala Izquierda Estudiantil, dirigida por el primer Partido Comunista de Cuba, al cual ingresó en 1936. En 1937, habló a nombre de los estudiantes en el acto de entrega de su autonomía a la Universidad  de La Habana, luego de una reñida lucha con el gobierno del presidente Miguel Mariano Gómez (1889-1950). 

Entre 1938 y 1940 fue codirector de la revista El Comunista. A partir de 1939, y ya finalizados sus estudios universitarios, se dedicó en cuerpo, mente y alma a la lucha revolucionaria desde la dirección del Partido Unión Revolucionaria Comunista. Fue elegido miembro del Comité Nacional, posición que mantuvo durante todo el período en que devino Partido Socialista Popular (PSP) hasta su disolución en 1960, o sea, después de la alborada revolucionaria. 

Después del 26 de julio de 1953, fue elegido miembro del Buró Ejecutivo Nacional del PSP (Buró Político), que dirigió la actividad clandestina de aquel partido hasta la derrota de la sangrienta dictadura proyanqui del general Fulgencio Batista y Zaldívar (1901-1973). 

En junio de 1958, después de viajar clandestinamente por América Latina, fue designado representante del PSP ante el comandante Fidel Castro Ruz, en la Sierra Maestra. En agosto de 1958, salió de La Habana para coordinar la ayuda a las columnas de los comandantes Ernesto Guevara de la Serna (1928-1967) y Camilo Cienfuegos (1932-1959), y regresó a la Sierra Maestra, donde permaneció hasta que concluyó la lucha insurreccional. 

Con el triunfo revolucionario ocupó las más disímiles responsabilidades en el seno del Gobierno cubano. 

Durante su fecunda existencia terrenal le fueron otorgados innumerables honores y reconocimientos, pero ahora solo me referiré al de Profesor Emérito de nuestra capitalina Alma Mater, porque en esta crónica he decidido reseñar el pensamiento pedagógico del doctor Carlos Rafael Rodríguez, así como la forma sui generis en que percibiera el magisterio como un “título de dignidad”. 

Para el ilustre jurista, diplomático, escritor y periodista:

 

[…] el profesor es uno de los elementos permanentes de la Universidad. Es, además, parte decisiva de ella. Un mal profesor puede echar a perder el mejor plan de estudios (diseño curricular), y malbaratar el tesoro de un estudiantado capaz de absorber un buen aprendizaje.  

Él viene a ser como un pivote alrededor del cual se mueven muchos elementos de la enseñanza. Entre nosotros, a veces, la relativa facilidad con que se accede al profesorado conspira contra la exigencia que —desde todo punto de vista— debe caracterizar al profesor universitario. 2  

 

Cuando su archivo mnémico evoca esa mancha oscura que interfiere con el sol del mundo moral que ilumina a la mayor isla de las Antillas, expresa:

 

En la Cuba republicana, llegar a catedrático era alcanzar una categoría, no solo docente, sino también social. Muchas de las más importantes personalidades de la política nacional o de la ciencia —casi toda concentrada en la medicina— no se sentían satisfechas ni creían haber logrado un estatus óptimo si no podían añadirle a su nombre el título de Profesor. Categoría docente que —por el solo hecho de poseerla— les daba prestigio y realce.

Costaba mucho trabajo llegar a ser profesor universitario. Había que vencer los rigurosos ejercicios teóricos-prácticos, incluidos en las oposiciones, para optar por dicha categoría en las facultades existentes en aquella época.

El simple hecho de tener que presentarse a oposiciones requería un mínimo de calidad científico-pedagógica, lo cual eliminaba —como por arte de magia— a los mediocres e ineptos, que los había como en todo tiempo y lugar. 3

 

Por otra parte, valora —desde una óptica objetivo-subjetiva por excelencia— la repercusión negativa que tuvo en el profesorado universitario la revolución del 30, que según el doctor Raúl Roa García (1907-1982), “se fue a bolina”.

 

No obstante las depuraciones de que fueron objeto los profesores que —de una u otra forma— apoyaron la dictadura del Mussolini Tropical, se hizo muy difícil, por no decir imposible, para la izquierda de nuestro país, acceder a las cátedras universitarias. No lo logró la eminencia del doctor Juan Marinello Vidaurreta (1898-1977), ni la descollante juventud de quien, después de 1959, devendría Canciller de la Dignidad.

Sin embargo, no faltaron talentos de primera en el profesorado, pero la revolución universitaria, al no cuajar, no pudo alcanzar la cátedra como era su aspiración fundamental. 4

 

Por último, describe qué ocurrió, en el seno de la docencia universitaria, luego del triunfo de Enero de 1959 y de la promulgación de la Ley de Reforma Universitaria, dictada por el gobierno revolucionario, en 1962.

 

Lo primero que se hizo fue depurar el profesorado de elementos adictos a la derrocada dictadura batistiana, que tanta sangre joven derramó en nuestro máximo centro de educación superior y fuera de él.

Posteriormente, la proclamación del carácter socialista de la Revolución Cubana incitó al éxodo de profesores, si bien algunos de ellos eran insignes intelectuales no podían —ni estaban preparados psicológicamente para ello— adaptarse a la nueva sociedad.

La Reforma Universitaria le dio un giro de ciento ochenta grados a la enseñanza universitaria insular.

La casa de altos estudios se abrió a jóvenes obreros y campesinos, ávidos de superarse para ser útiles a la patria que se recuperaba de las lacras sociales dejadas por la corrupción prevaleciente en el gobierno de facto de Batista.

De unas cuantas facultades, todas concentradas en la colina o cerca de ella, se crearon muchas más, sobre todo en especialidades técnicas y en ciencias exactas, y creció —de forma considerable— el número de profesores.

Sin embargo, esa masividad implicó riesgos que tuvimos que correr. Hubo que apelar, precipitadamente, a profesionales y estudiantes destacados de los últimos años para habilitarlos como profesores universitarios, sin la experiencia, y en no pocas ocasiones, sin los conocimientos científico-pedagógicos mínimos indispensables.

Esa verdad no hay por qué ocultarla, pero, a pesar de esos males necesarios, la Universidad siguió —y seguirá— creciendo en calidad y cantidad”. 5  La vida le ha dado la razón al distinguido intelectual cubano.

 

Por último, el doctor Carlos Rafael Rodríguez sentencia:

 

El profesor es, por ello, una categoría a la que debemos rodear de todos los atributos necesarios. El profesor universitario que pretenda enseñar leyéndoles a los discípulos el libro de texto sin ser capaz de dominar el contenido (no solo de ese, sino de muchos más), tiene que transitar un largo trecho antes de llegar a ser Profesor, con mayúscula. Quien pretenda enseñar la técnica sin querer demostrar a sus estudiantes, en la práctica, en qué consisten los problemas que se presentan en el proceso productivo, fracasará irremisiblemente. Y algo que es esencial: si los discípulos no alcanzan a descubrir en el profesor el conjunto de valores éticos, patrióticos, humanos y espirituales que lo deben caracterizar e identificar en el aula y fuera de ella, tendrá por fuerza que abandonar el ejercicio docente-educativo, porque —sin duda alguna— carece de vocación pedagógica. 6

 

Notas

1.     Rodríguez, Carlos Rafael, en Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Diccionario de literatura cubana. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1980: pp. 903-904.

2.     -----. Ser profesor. Alma Mater. (29); Nov., 1983: pp. [1]-6.

3.     Ídem.

4.     Ídem.

5.     Ídem.

6.     Ídem.