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El Ka de Laideliz y el acto de encender un fósforo

Alberto Marrero, 20 de mayo de 2013

Laideliz Herrera (La Habana, 1975) es una  joven narradora y poeta que ha venido forjando su obra sin apuros, con paciencia de alquimista, asumiendo la creación literaria con la misma entereza y porfía con que asume la vida cotidiana. En medio de un silencio casi místico, alejada de corrillos y fanatismos estéticos, trabaja con denuedo sus textos, borra y vuelve a escribir, leal a sus obsesiones, a su propia visión de las cosas. Tanto en su poesía como en sus textos se aprecia una búsqueda persistente, un deseo de exploración incisiva en zonas de la conducta y el pensamiento humanos, conjugando no pocas veces un feroz realismo con una perspectiva fantástica, rayana en el absurdo, o mejor, en lo aparentemente absurdo. Su manera de narrar es contenida, precisa, sin grandes frivolidades estilísticas ni contorsiones verbales.   

Por su brevedad, decidí publicar los dos cuentos que la autora tuvo la gentileza de enviarme. Ambos reflejan su pulso narrativo y una mirada singularmente sagaz, profunda y, por qué no, sardónica sobre los asuntos que tocan. El primero se titula “Consiguiendo un Ka y es una historia escalofriante, dolorosa, que desarrolla el no agotado tema de la violencia doméstica. Una mujer vive en un mundo enloquecedor de maltratos y torturas, en absoluto estado de sometimiento por parte un hombre brutal, suerte de sicópata de imaginación desbordada en cuanto a métodos de suplicio y ultraje. Un día, ella decide poner fin a esa situación y lo hace también, de una forma muy imaginativa, como si rindiera un macabro y cáustico homenaje a quien tanto la lastimó en vida.  

El segundo cuento es, a mi juicio, una parábola sobre el azar y ciertos momentos, donde la existencia parece resbalar impelida por una fuerza que, para algunos es el destino y, para otros, puro avatar. El acto de rallar un fósforo para preparar un café matinal puede ser irreflexivo, mecánico, intrascendente, pero también puede ocultar una carga tremenda de ansiedad y desolación. Eso perece decirnos la autora. 

Laideliz es egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Varios de sus cuentos y poemas han sido publicados en revistas nacionales y extranjeras. Ha recibido premios y reconocimientos por su obra. Su cuento “Café a media mañana” fue ganador del X Un café con literatos, celebrado en La Habana (Casa Gaia) y publicado por Ediciones Pastora (España, 2011). Combina su actividad literaria con la escritura de guiones y la realización de audiovisuales. También ejerce  la asesoría dramatúrgica a grupos teatrales.   

       

Consiguiendo un Ka 

 Laideliz Herrera

 

 

 

  Uno no siempre hace lo que quiere

                 pero tiene el derecho de no hacer

                  lo que no quiere.

               Mario Benedetti

 

La crisis aumentó la noche del miércoles. Víctor había llegado con esa reticencia en la mirada. A Mariela le brotaron otra vez las sensaciones hirvientes en su cuerpo. Fue cuando decidió conseguir un Ka1. Lo alimentaría con manjares afrodisiacos y mimos, mientras acompañaba al Ba, alma de Víctor, camino a purificarse. Una vez inmortalizado la protegería como él no supo hacerlo en la vida terrenal. Eso fue lo que entendió al leer El libro de los muertos, encontrado en el sótano, como entretenimiento para espantar las penas.  Le daría una vida digna para ser aceptado en el más allá, con artificios de ultratumba y objetos personales.

Mariela puso la música a todo volumen. Víctor incómodo gritó ¡Apaga eso!, seguido de un ¡Ay, puta!, al sentir el golpe en su cráneo con el bate de pelota que guardaba para un futuro bebé.

Perdió la conciencia. Mariela debía arrastrarlo hasta la entrada del sótano y luego rodar su cuerpo por los cuatro escalones. Lo demás era fácil. Sogas gruesas en brazos y tobillos, pañuelo atado a la boca y hacer el tratamiento. El Ka reconocería  a quien le estaba proporcionando vida eterna, para no vagar sin rumbo a causa de una escasa identificación con su legítima dueña. Eso no lo había leído en el libro egipcio, pero se ajustaba a su lógica y circunstancias.

A cada queja de Víctor, decía bajo ¡No tengas piedad!, ¡No tengas piedad!, mientras lo guiaba hacia una madera. Desnudándolo pacientemente, le recriminó haberla dejado sin opciones.

Sobre un banquito metálico descansaban varios utensilios, pinzas de corte, separadores, un barreno, serrucho, vendas, pomos y un bisturí con el que se entretuvo en abrirle heridas largas y profundas. La sangre iba manchando la madera y el suelo. Víctor comenzó a moverse. El pañuelo no dejaba concluir sus frases, pero sí otro nombre de mujer. Ella no le dio importancia. Él mismo le  había enseñado a ser virtuosa y reprimir los sentimientos.

Cuando un hombre, eyaculando, dice lo que le da la gana, la mujer no habla, dijo y la encerró en el escaparate aquella tarde.

Estuvo dos días sin comer, soportando los gemidos y retozos de Víctor con otras mujeres. Aprendiendo a no amenazar, no golpear, no huir, no celar, no soñar, en fin, no vivir. Al liberarla, le reclamó haberlo culpado con la mirada. Se le escaparon unos pocos sollozos, mientras le hacía el amor y tatuaba en su espalda una V con un cigarro. Al terminar cubrió los orificios de miel y bajo la amenaza de completar su nombre, la hizo dormir en el suelo del sótano, cerca del hormiguero.

Víctor había estado quejándose. La acusaba de fría y egoísta. Mariela le encajó el bisturí en el pecho. Su grito fue un ahogo privado de voz, luego el desmayo. Mariela extendía y profundizaba la herida. Cuidadosamente separó la piel.  Aún no era el momento de retirar vísceras y órganos. El tránsito para obtener un Ka obediente, sería lento y doloroso, logrando que así la respetara o temiera. Debía vaciar la cavidad y colocar un escarabajo, pero solo pudo conseguir un cucarachón de tierra. Nada de precipitarse, esperaría que recobrara la conciencia.

La sangre en las heridas se coagulaba. Le molestó la fetidez de los excrementos salidos de Víctor. A ella le ocurría a cada rato. La última vez había logrado salir a casa de una vecina. Al regresar, Víctor estaba en el baño cortando sus ropas con una tijera. Le amarró las muñecas a la ducha. Estuvo más de tres horas sentado en el bidé, sin mover un músculo, mirando correr el agua por su cuerpo. Cerró la llave y salió. Apenas pudo contener los sollozos al verlo entrar casi al instante. Se detuvo frente a ella con una jaula pequeña, cuadrada  y chata. La puso cerca de la bañadera. No distinguía lo que tenía dentro. Mientras la desamarraba, mirándola fijo le fue quitando el vestido. Le dijo muy bajo: ¡Rómpelo! Temblaba. No tenía fuerzas. ¡Rómpelo, te dije! No pudo. Cubriendo sus ojos hizo que lo anudara a su nuca. ¡Ahora retira la ropa interior!, ordenó. Se dejaba llevar. Debía sentarse. El mármol helaba sus nalgas. ¡No te muevas! Escuchó un trasteo con la jaula. Hubiese querido perder el sentido, pero era fuerte. Un cuerpo frío y baboso suavemente ganaba terreno en ambos senos.  El orine y sus excrementos corrieron hacia afuera. Si se asusta puede morderte, dijo con voz serena. Aquello se enroscaba apretándolos, soltando, acariciándola. Imaginó la mirada perdida de Víctor. Su boca abierta. La baba chorreando, como siempre que la sometía. Escuchaba muy cerca el aliento. Vibraba, no podía evitarlo. Quédate quieta Mariela, dijo con voz apacible. Se sintió liberada. El chirrido de la jaula otra vez. El salir y entrar de Víctor al instante. Descubrió sus ojos. Le mostró los dedos humedecidos. Mira cómo te has puesto  ¿No te da vergüenza?,  dijo y le soltó un golletazo.

Luego los gemidos sobre su oído. El jadeo que le parecía cada vez más ajeno. El bufar de Víctor y el desplome sobre un cuerpo lívido y paralizado dentro de una bañera. Fue invadiéndola el silencio, el dolor.  ¿Sabes? Te mereces un castigo, dijo mientras se incorporaba. Estás muy pálida…Vas a usar el barro que salió de tu cuerpo para pintar esa piel. Ella, obediente, se cubrió el cuerpo con su propia hediondez.

Víctor se quejaba muy bajo. Mariela sentía ganas de cortar sus órganos genitales, pero era una reacción primitiva, común en casi todas las mujeres y ella era única, original. Entonces, recordó el ácido que le habían regalado para limpiar la taza del baño. Ácido… resina, resina… ácido, ácido… resina, dijo pensativa. Hizo un juego que le funcionaba de pequeña, aunque nunca hubiese entendido bien el significado de aquellas frases. Acercó el pomo de resina. El miembro de Víctor representaría el ácido. Tin marín de dos pingués… cúcara mácara y… el títere fue… cayó en Víctor.

¿Le echaría el ácido también en el corazón?, dudaba. No. En vez de conseguir un Ka purificado lograría que regresara su Ba y, a esa alma retorcida, no la quería ver ni en jeroglíficos. Solo unos cortes y se desconectaba. Del cerebro se encargaría luego, porque según había escuchado en algún lugar, es lo último que muere.

Fue al baño y trajo el pomo de ácido. ¿Por dónde empezar?, pensaba. Toda la piel se debía mojar al instante, si no quedaría una imagen horrible en sus recuerdos. El serrucho sirvió de apoyo sobre la cintura, mientras deslizaba el líquido desplegándolo parejamente.

Vio los ojos de Víctor engrandecerse al recibir su imagen risueña y juguetona.  Se retorcía, chillaba, gritaba… un espasmo, un quejido, su corazón se contrajo, dejó de latir. ¡Ya está listo!,  dijo Mariela y se colocó unos guantes para cortar venas y arterias.

La sangre drenaba. Si tenía ánimo lo limpiaría todo después. Seguramente el Ka  no llegaba hasta la próxima semana por el largo viaje de ida y vuelta al otro mundo. El resto del trabajo debía ser perfecto para que no regresara convertido en algún animal peligroso y se quisiera desquitar. Iría embalsamado como manda. Estuvo mucho tiempo trabajando en los detalles. Puso el corazón en un pomo, junto a las tripas, el estómago, los riñones y todos los órganos que podrían ocasionar putrefacción. Inyectó con resina varias partes del cuerpo. El cucarachón quedaba suelto en el hueco de su pecho, puso algunas hierbas para calzarlo. También en espacios de otras vísceras. Cantó una letra triste con el tono de respeto que merece la muerte, mientras barrenaba el orificio que abrió en el cráneo para sacar el cerebro. Hubiese sido más fácil hacerlo por la nariz, pero tal vez quedarían restos. Hizo la sutura con un hilo grueso, ensartado en una aguja de zapatero. Polvoreó su cuerpo con sal. Lo vendaba con cuidado.  Víctor nunca hubiese imaginado que gracias a ella moriría como un faraón.  Con abundante agua y una espátula lograría despegar la sangre que se coagulaba en el suelo. Ya estaba casi listo para emprender el viaje. Solo faltaba acomodar El libro de los muertos entre las piernas, para facilitar su entrada y defensa ante el Dios Horus.

Mariela dio un grito y cayó en el suelo de espalda. Estuvo un rato paralizada, sin hacer el menor movimiento. Pasaron algunos minutos. Lentamente se fue levantando, acercándose al rostro. No era posible que se hubiera movido, se dijo, ya no tenía órganos para reaccionar. El peligro había pasado. Sin embargo, la imagen de sus ojos engrandecidos le punzó los suyos hasta hacerla retroceder y morir de pánico otra vez. Sintió el cosquilleo en el  estómago, la claustrofobia, el olor del armario, el ultraje.

Recitando una jerigonza serruchó en pedazos el cuerpo. Rebotaba una y otra vez la imagen que le punzaría como espina en el futuro. Corrió a refugiarse en el armario. ¡No lo escuches! ¡No lo escuches!  ¡No lo escuches!, se dijo cubriendo sus oídos. Sabía que estaba sola, sin embargo, no dejaba de sentir la voz de Víctor repitiendo injurias. Comenzó a llorar.  Había conseguido el Ka.     

                                          

1 Ka  Fuerza vital. Componente del espíritu humano. Gemelo o doble del difunto. Acompaña al difunto en su viaje ultratumba para que sea aceptado por Horus, mientras es alimentado simbólicamente por familiares aquí en la tierra, solo en caso de ser momificado.

 

 

Café a media mañana                               


Un café a media mañana es motivo suficiente para fumarse un cigarro. Así pienso mientras preparo la cafetera. Las ventanas, cerradas desde ayer, no dejan pasar el viento que viene del norte. Son días de cuaresma.

Percibo un olor a gas que irrita mi garganta. Es el antiguo salidero de la llave de paso. Debo buscar un mecánico, me digo, con ánimo de convencimiento. El timbre del teléfono me detiene en el momento de encender la hornilla. Lo descuelgo para que no me molesten. Debe ser Eugenio, el vecino de los bajos, preocupado porque hoy no me ha visto salir. No quiero que me vea con los ojos hinchados por la alergia. Mis dedos juguetean con el cigarro que he cogido de la mesa.

 

Enciendo la hornilla. Escucho una explosión. Abro la puerta y corro desesperada. Veo a los vecinos ponerse las manos sobre la cabeza. Bajo las escaleras. La gente se aglomera en la calle. Comentan alarmados. Les pregunto, pero no me escuchan. Siento deseos de tomarme el café, aún tengo el cigarro en mi mano, pero temo subir.

Eugenio sale de su casa. Ha olvidado ponerse la camisa. Es curioso, nunca me había fijado en su pecho, sería bueno amanecer un día junto a él. Me le acerco para preguntarle sobre el accidente, pero va al encuentro de un par de bomberos que cargan un cuerpo calcinado sobre sus hombros.

Dejo caer el cigarro. Ahora soy yo quien se lleva las manos a la cabeza. Los sigo desesperada hasta la ambulancia que se anuncia con su sirena urgente.

No puedo dejar que se lo lleven, pienso. Me acuesto en la camilla. Aún siento deseos de saborear el café, pero cierro los ojos resignada.

                                                                                             

 

      

 

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