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En el centenario del escritor cubano Raúl Aparicio

Leonardo Depestre Catony, 27 de mayo de 2013

Cien años se cumplen ahora del nacimiento en el pueblo de Cruces, hoy provincia de Cienfuegos, del escritor e historiador Raúl Aparicio. Ocurrió el 29 de mayo de 1913, la fecha amenaza pasar inadvertida y no debe permitirse que así sea, porque la bibliografía cubana en torno a la figura del Lugarteniente General de nuestras guerras por la independencia, aunque abundante, tuvo en él a un destacado contribuyente con el volumen titulado Hombradía de Antonio Maceo, ganador en 1966 del premio de biografía de la UNEAC.

Otro notable historiador y también biógrafo de Maceo, nos referimos a José Luciano Franco, señaló de este libro su capacidad de “revelar al lector las profundidades del carácter y sentimiento revolucionario en la heroica y ejemplar vida de Antonio Maceo”.

Desde joven, se insertó Aparicio en el panorama intelectual de las ciudades de Santa Clara y de Cienfuegos, en el mundillo de los autores jóvenes de entonces, soñadores y rebeldes, entusiastas creadores de publicaciones. Se licenció en Derecho Diplomático y Consular y se doctoró en  Derecho Público y Ciencias Sociales, Políticas y Económicas en la Universidad de La Habana, ejerció la docencia en instituciones educacionales privadas, impartiendo Historia, Literatura y Gramática, las mismas disciplinas que apuntalarían posteriormente su desempeño autoral. Pero también desempeñó otros oficios, y en Estados Unidos, durante la década del 40,  se ganó la vida como agente publicitario.

De su manejo del lenguaje y de la habilidad para escribir da prueba —además de las numerosas publicaciones periódicas que recogen sus colaboraciones, artículos, crónicas y reportajes sobre disímiles temas—  este fragmento del libro ya citado:

La hazaña increíble ha tenido cabal realización; no solo se ha invadido el occidente, sino que Maceo ha regresado de Pinar del Río. [El General Máximo] Gómez sabe aquilatar la magnitud de la obra realizada por su hermano de armas, y por eso la emoción lo domina. Cuando puede hablar, dice sencillamente: Ya, después de todo, es solo cuestión de esperar.

La relación de los libros de Raúl Aparicio incluye Diez pintores del  mundo, 1945; Frutos del azote, 1961;   Hijos del tiempo, 1964;  Espejos de Alinde, 1968,  Chipojo, 1977, y  Oficios de pecar y otras narraciones, 1981, pues también el cuento, la novela y la literatura para niños, que le ocuparon, revelan su amplia cultura, su conocimiento de las costumbres y tradiciones cubanas y de otras latitudes por las cuales se movió durante sus funciones diplomáticas en América Latina y en Europa después del triunfo de la Revolución. 

Perteneció al consejo de redacción de La Gaceta de Cuba. Aparicio murió el 3 de enero de 1970. El tiempo transcurrido y la poca divulgación actual de su obra, que no se encuentra en librerías y a la cual solo podemos acceder en las bibliotecas o en las estanterías familiares, amén del torbellino de los tiempos, que envuelve los sucesos del pasado (aun de aquel reciente), en una nube de escasa visibilidad, tiende una capa de polvo y olvido sobre algunas personalidades de la cultura a quienes los cubanos debemos respeto y agradecimiento.

Humanista por excelencia, lector en varias lenguas, sencillo y docto al mismo tiempo, Raúl Aparicio dejó una obra sobre la cual podemos y debemos volver en el perenne propósito de conocernos mejor. Ojalá el suceso de su centenario promueva una relectura de sus libros, la promoción de estos y la aventura siempre incitante de adentrarnos en la vida de Antonio Maceo, su insigne biografiado.