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La Gaceta de Cuba, de autores y editores

Fernando Padilla González, 07 de junio de 2013

¿Podría imaginar aquel joven colmado de inquietudes cognoscitivas en los días que escribía su primera novela, Fiebre de caballos, que a la vuelta de unos años la agotadora traza de la purificación del estilo literario, ante la palabra escrita transformada en extensos reportajes sobre hechos culturales e históricos, los mismos que tributarían a los más insospechados pasajes protagonizados por Mario Conde, que pasada la primera década del siglo XXI sería merecedor del Premio Nacional de Literatura?

Sondear una posible respuesta a la interrogante es uno de los propósitos de la más reciente edición de La Gaceta de Cuba, correspondiente a marzo y abril del año en curso, que en esta ocasión consagra un amplio dossier dedicado al reconocido periodista y escritor cubano Leonardo Padura Fuentes. Según refieren las palabras del editorial:

"El otorgamiento del Premio Nacional de Literatura 2012 al narrador y ensayista Leonardo Padura fue cálidamente acogido en los medios intelectuales, en la vastísima comunidad de lectores y, como es natural, en La Gaceta de Cuba, revista de la que fue jefe de redacción durante seis años. Es conocido que la formación de Padura se cumplió, además de en la que fue en sus años de estudiante, Facultad de Filología de la Universidad de La Habana, en tres publicaciones periódicas: cronológicamente, El Caimán Barbudo, Juventud Rebelde y La Gaceta… Aquí, además de ser fundamental en la concepción misma de la revista, y de publicar valiosos ensayos, dio a conocer algunas de sus principales entrevistas, muchas de ellas con importantes músicos (las que pasaron luego a su libro Los rostros de la salsa), y también con notables escritores o pintores como Gunter Grass, Ambrosio Fornet, Zaida del Río, Roberto González Echeverría, entre otros. En más de una oportunidad hemos reconocido que el perfil de las entrevistas que caracterizan a La Gaceta se debe, entre otros, a Padura".

En sus palabras de gratitud al recibir el mencionado premio expresó la importancia que para él tuvo la experiencia de La Gaceta de Cuba, donde trabajamos para adecuarla a los tiempos que corrían y llegar a convertirla en la publicación cultural de referencia en aquellos años oscuros y sudados del Período Especial.

”Por fortuna, el Premio Nacional llega a él en un momento en que su obra, tan abarcadora como espléndida, ha alcanzado una madurez y un reconocimiento notables y, al mismo tiempo, se encuentra aun en crecimiento”.

Las grandes pasiones de Leonardo Padura no son en lo absoluto un misterio, menos aun para sus lectores asiduos, quienes entre líneas pueden figurar a un hombre consagrado y sin medidas al noble ejercicio literario, al disfrute de compartir con su familia y amigos, a la nostalgia renegada por su natal Mantilla, a la admiración por Alejo Carpentier, José María Heredia e indiscutiblemente por el deporte nacional de la Mayor de las Antillas, el beisbol.

No en vano, La Gaceta de Cuba reproduce en sus pliegos iníciales dos trabajos del propio Padura. El primero de los textos es un fragmento de Herejes, novela inédita de indudables resonancias carpenterianas de próxima publicación en nuestro país. El segundo de los artículos, “La pelota en Cuba: cultura e identidad en trance”, es una transcripción de la conferencia leída el 23 de octubre de 2012 como parte del ciclo “Se complica el inning: deporte y cultura en Cuba”, organizado por la Fundación Alejo Carpentier.

A Sara Hernández-Catá, a quien la escritora y docente universitaria Uva de Aragón describe de “exótica, liberada, valiente, voluptuosa y tierna” está dedicado el trabajo “La alegría de vivir”. A la sombra de su padre, el destacado intelectual y diplomático Alfonso Hernández-Catá, creció esta mujer en los años iniciales de una existencia que le depararía el ser diferente en todos los órdenes y sentidos.

La oportunidad de compartir al interior del seno hogareño con los escritores de mayor resonancia de la Edad de Plata de la literatura española, entre ellos Alberto Insua; el haber asistido a las exequias de Benito Pérez Galdós a su muerte en 1920 entre una multitud de intelectuales que desbordaban la Puerta del Sol y sus inmediaciones o de la mano de su padre —la que pronto soltaba para lanzarse a la siempre seductora experiencia de fomentar nuevas relaciones sociales—, mientras en Cuba polemizaban sobre si la escritura de Alfonso pertenecía a la Isla o no, la niña primero y la joven mujer después desandaba espacios e intercambiaba criterios en igualdad de condiciones en el Ateneo de Madrid, en las tertulias de café, en las funciones teatrales, en las redacciones de los periódicos mientras se “codeaba con la flor y nata de la intelectualidad española como Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, los hermanos Machado, Rafael Marquina, Rafael Alberti y Federico García Lorca.

La habitual sección de entrevistas en esta ocasión presenta el diálogo “Rogelio Martínez Furé: Soy Agustín, soy mi infancia” sostenido entre el destacado intelectual cubano y Dainerys Machado Vento, periodista y editora de la Casa Editorial Tablas-Alarcos, quien afirma: “Donde unas y otros escriben folclorista, dramaturgo, poeta, cantante, compositor, coreógrafo, profesor, escribo yo: matancero, cubano, cimarrón, rellollo… folclorista”. No tengo 'el monte de Lydia Cabrera' que él mismo se sembró de helechos en el balcón de su casa para, meciéndose sobre su hamaca brasileña, recordar los más de cuarenta países que ha visitado en sus setentaicinco años de vida. Pero me siento en cualquier lugar y escribo: Rogelio Martínez Furé, hágase tu palabra entre los campos de chamico y la cimarronería de tus palabras cultas, populares, cubanas, caribeñas. Hágase tu poesía, como tu prodigiosa memoria que ha impedido que el mundo, incluso invadido por las nieblas del tiempo, sea un lugar de silencios y soledades”.

Al cierre de la publicación aparece una interesante reflexión del ensayista y crítico literario Ambrosio Fornet, quien en la propia cuerda de desandar los espacios aun vírgenes del movimiento editorial cubano, en esta oportunidad se remonta a los inicios de la pasada centuria, justo con el nacimiento de la República, para ir al encuentro de poetas, cuentistas y ensayistas que, como esforzados artistas sin mecenas, arrastraban el lastre de ser meros productores de una mercancía sin mercado.

Bajo el título “De autores y editores: la equívoca prudencia del poeta”, el texto rememora los intentos de creación de una Imprenta Nacional a raíz del 20 de mayo, esfuerzos que tan solo un mes después mostraban su verdadera realidad efímera ante el reclamo de los impresores habaneros, quienes el 30 de julio de 1902 “dirigieron al Gobierno un documento en el que demostraban, con cálculos sospechosamente irrefutables, que se trataba de una pésima idea que, de llevarse a la práctica, le haría perder al Gobierno unos cinco mil pesos mensuales. El presunto afectado le creyó o simuló creerles. Las pérdidas que generó esa actitud no pueden medirse en pesos y centavos”. Más adelante, Fornet abunda como las revistas literarias de la primera mitad de siglo —Cuba Contemporánea, Avance y Orígenes— trataron de compensar ese vacío asumiendo funciones editoriales.