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Safo”: artículo crítico de Lafargue, inédito en español, sobre la novela homónima de Alfonso Daudet

Lourdes Arencibia Rodríguez (Selección, traducción y presentación), 07 de junio de 2013

He escogido la traducción de la crítica “Safo”, dedicada por Lafargue a la novela homónima de Alfonso Daudet, no solo porque ilustra convenientemente el estilo expositivo y analítico del autor cubano, sino porque es el más breve de los trabajos suyos que componen la muestra traducida hasta el presente, con lo cual, es el que mejor se presta para ser reproducido, como texto “salvado”, en este espacio de posibilidades acotadas. Durante años permaneció, como los otros, en el olvido; por eso no se había publicado antes en castellano, de manera que su divulgación en primera edición significa una contribución significativa al conocimiento del pensamiento y la obra de Pablo Lafargue en Cuba.

Safo

La novela de Daudet ha sido un éxito; se han vendido miles de ejemplares; el tema, adaptado para la escena, se exhibe a teatro lleno. La prensa lo ha elogiado, discutido, criticado con suavidad. La gente de letras, cuando hablan de él, citan con codicia el dinero que le ha reportado a su autor. El éxito monetario es la forma burguesa más elevada de la gloria, la que aprecian y prefieren los artistas y escritores modernos. Zola, en uno de sus artículos de crítica, tomaba, como medida literaria, la cantidad de ediciones vendidas, es decir, de piezas de veinte céntimos embolsilladas. Los burgueses de cualquier industria y de cualquier comercio comparten esta opinión: han proclamado a Victor Hugo el mayor poeta de los tiempos presentes y pasados; acaso no murió cinco veces millonario.

Antes, cuando el público comprador de libros aún no se había conformado, los escritores, incluso los de talento, eran pobres seres que vivían de favores señoriales y reales, lo cual no les impedía morir en la miseria. Muchos entraban en la servidumbre de los nobles como domésticos; vivían de su mesa, redactaban sus cartas y mensajitos galantes, les componían sus madrigales. La nobleza tenía hombres de letras para vestir galanamente su espíritu, y valets para cuidar del vestuario de su cuerpo.

Actualmente, la clientela literaria existe. Tan pronto se evadió del terror jacobino, la burguesía se lanzó a la novela; no se podía contener su bulimia, diariamente cantidades de novelas nuevas en dos y cuatro volúmenes se ponían a la venta en Palais-Royal que, por entonces, se llamaba Palais-Egalité. Las mujeres eran las infatigables gallinas ponedoras de las novelas de la época; los hombres, absortos por la política, la guerra, los vaivenes financieros y el robo de los bienes nacionales, no tenían tiempo ocioso para escribir. La novela es la forma literaria por excelencia de la burguesía, la que se puede decir que nació y se ha desarrollado con ella. El hecho histórico está ahí. No me cabe investigar sus causas en este artículo.

La burguesía y sus domésticos, los porteros y los cocineros, han proporcionado la gran masa de su clientela. Debo añadir, sin insistir, que en las grandes ciudades se creó una clientela popular para un determinado género de novelas atiborrada de crímenes, de aventuras policíacas y de peripecias dramáticas y fantasiosas. La burguesía alentó el desarrollo de esa literatura tonta y desmoralizante; ocupa la mente popular, la adormece, y al igual que los engorros políticos del radicalismo, la desvía del estudio de sus verdaderos intereses de clase. La Safo de Daudet no la leyó ni la adquirió aquella clientela, sino la burguesía con un barniz de literatura que se preciaba de su afición por los estudios psicológicos.

Daudet acomodó el plato literario que le convenía; le sirvió un estudio psicológico conforme a sus gustos y capacidades intelectuales. Safo, construida con piezas ensambladas, mal unidas y mal pegadas, se asemeja a esos maniquíes vertebrados y articulados que los pintores y escultores visten y colocan en poses heroicas. El libro se vende por los personajes episódicos, por los cotilleos sobre la vida de las mujeres ilegítimas de esos señores; los detalles, tomados de la realidad cruda, se expresan con un arte empalagoso, pero exquisito en sus melindres. La novela satisface a la burguesía que pide entretenimiento mediante reportajes picantes, bien tramados, pero que no choquen por sus prejuicios y que halaguen sus instintos, sentimientos y pasiones. Daudet ha cumplimentado esta última parte de la tarea que se le impone a todo escritor burgués a la perfección: hay pocos libros más burgueses que Safo.

La burguesía francesa es un ser razonable, que solo raras veces se deja arrastrar por la pasión; contrae matrimonio pasada la treintena, para realizar un fin, según suele decir, a menos que, por azar, encuentre más tempranamente una dote apetitosa, un buen negocio de dinero: entonces sacrifica su juventud a su mujer. Y puesto que no ha hecho votos de castidad ni se entrega a placeres solitarios o a la bebida, como los jóvenes burgueses de Inglaterra, retozan con el cuerpo de las vírgenes locas. En los tiempos prehistóricos de Paul de Kock y de Eugenio Sue, había un tipo de mujer obrera, laboriosa que se ganaba bastante bien la vida con la aguja, que era alocada, amante del placer, con el corazón en la mano, valerosa, que tomaba la vida como viniera, y a los amantes cuando había una regata de barcos en Saint Ouen, una cena en el Palais-Royal, una velada en el Ambigú. La modistilla era alegre, se contentaba con poco y quedó muerta y enterrada, liquidada por la explotación roñosa de las grandes tiendas por departamentos y los grandes talleres de alta costura, así como por la prostitución legal e ilegal.

El joven burgués, para gran disgusto de sus padres y de otros familiares más o menos naturales, tiene actualmente que gastar el dinero para matar el tiempo que transcurre entre la pubertad y el matrimonio. Como ya no encuentran modistillas que se entreguen al placer, tiene que contentarse con las tristes mujeres que la miseria y la explotación de sus padres y tíos obligan a venderse para vivir. Si tiene gustos refinados y caballerescos, toma una mujer que no sea de la calle. Pero la amante de nuestra época ya no se contenta con el flan y la galleta; cuando pesca al hijo de un burgués, exige sedas, abrigos de piel y palisandro. Cuesta mucho dinero, lo cual espanta al burgués. De suerte que se forma una sociedad anónima para mantener una mujer de conformidad con las exigencias actuales. La prostituta dedica el martes a uno de sus asociados; el sábado, a otro; a este, los mediodías; a aquel, las noches. Sucede que, en esas parejas empresariales, el joven burgués halla más de lo que esperaba; y como dice el viejo Mathurin Régnier, si pone el pescado, le suministran la salsa.

El ideal burgués sería encontrar una mujer que le garantizara los pies pequeñitos de Venus, le costara poco dinero y que, cuando acabara de exprimirle el jugo, pudiera tirarla como al hollejo de una naranja.

El héroe de Daudet, quien tuvo la dicha de dar con una mujer que llenaba todos esos requisitos del ideal burgués, se apura en empatarse con ella, y Safo, a quien le gusta el pelo rizado, se enamora de Gausin, un chico insípido y anodino; lejos de causarle gastos, le propicia un entorno tranquilo; le brinda los placeres más refinados de la alcoba sin que su pareja tenga necesidad de perder su tiempo y su dinero en correr detrás de los agasajos; saca a su tío de una situación embarazosa, adelantándole unos diez mil francos que se ha ganado Dios sabe cómo; y se desaparece, sin amenazas de vitriolo, sin pistoletazos, justo en el momento en que el joven burgués va a hacer su entrada en una carrera oficial y a aspirar a una dote seria.

Dumas padre, no el hijo, en uno de sus prefacios que resuman banalidad por su extensión, dice que es difícil, cuando no imposible, llevar a la escena las relaciones reales entre mujeres y hombres de la vida mundana, por el temor de ofender el pudor de esas damas que solo son castas por las orejas. Si hay que suavizar los tonos e idealizar la realidad para no ofender las queridas legítimas e ilegítimas del mundo de Dumas, también en las novelas hay que manejar los sentimientos de la burguesía. Daudet no podía, como psicólogo astuto, hundir el cráneo burgués y exhibir brutalmente, a los ojos de todos, su tipo de amante ideal; por demás, él también es demasiado profundamente burgués para exponer sin afeites ese ideal que es el suyo; tiene que encubrirlo.

Safo, la muchacha de vida alegre corrompida por la canalla del bello mundo, hace servicios a su amante, de amor y de otra índole, por el placer que le va en ello; no pide nada, ni siquiera agradecimiento. Gaussin, el amante, quien como un buey de establo se ceba tranquilamente en ese concubinato pegado con cola, que se deja mimar, que solo aporta un amor cobarde, se lamenta con Safo de los placeres que habría podido disfrutar en otra parte, se desespera por no haber aprovechado la oportunidad de hacer una boda construida demasiado novelescamente para no resultar una broma atroz, le reprocha la cólera de un padre ridículo y rococó hasta más no poder y ajeno al movimiento burgués. Es asombroso.

Pero lo que le agradó a la burguesía fue esa inversión de los papeles. Una de las nobles pasiones del alma burguesa es pagar lo menos caro posible cualquier servicio recibido. Al burgués le gusta alegrar su juventud con mujeres, pero siente un terror pánico a que las mujeres con las que ha vivido y a las que abandona a la primera ocasión vengan algún día a reclamarle su ayuda. Mucho antes de la separación, adopta poses de mártir; cuenta a aquellas que por desgracia se le acercan, que hace un sacrificio con tal de procurarles placer, que merecería por ello una recompensa, como un Alfonso; les paga por adelantado con vanas promesas.

Daudet pudo, con la aprobación de cualquier burgués honesto, dedicar su novela a los niños. Un joven artista que conozco, burgués hasta los entresijos, me decía: “Desearía para mí una Safo para llegar a mis treinta años”.

En el siglo pasado, el caballero Des Grieux amaba con locura a Manon Lescaut; para seguirla, vivir su vida, lanzó por la borda, sin pensarlo dos veces, conveniencias sociales, familia, porvenir, y solo pedía amor a la encantadora muchacha. Los hombres de la nobleza eran capaces de olvidar su interés personal; el burgués es un animal tan egoísta, que no puede ni siquiera suponer que se pueda esperar de él una acción que vaya en contra de sus intereses.

[Sin firma]
El Socialista, 9 de enero de 1886.

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