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Un par ordenado indisoluble

Alberto Marrero, 10 de junio de 2013

Hoy les propongo dos cuentos breves del narrador y poeta Lázaro Alfonso Díaz Cala (La Habana, 1970). Ambas historias abordan temas recurrentes en la literatura de todos los tiempos: el amor y la soledad, una suerte de binomio tenaz, cíclico, que encierra regocijo y angustia, júbilo y tormento, antídoto y veneno en una misma cápsula.  Algunos críticos y escritores consideran que en realidad, los temas siempre son los mismos, solo cambia el contexto y la forma que el autor utiliza para expresarse. Uno podría estar de acuerdo con semejante postulado, si redujéramos la literatura a un problema puramente formal o temático. Yo me aventuro a añadir y con ello no pretendo posar de original, que la literatura necesita también de una contemplación audaz y transgresora, no solo en la forma sino también en la manera de explorar al sujeto o al objeto desde distintos ángulos.  Esa mirada puede sacar a flote nuevas aristas sobre un tema aparentemente manido. Ya sabemos cuántas versiones puede dar un grupo de personas que presencia, por ejemplo, un accidente de tránsito. Cada cual describe el hecho desde su subjetividad y lo interpreta a partir de ella la historia misma está escrita y se escribe todavía con el sello indeleble de la subjetividad de sus protagonistas o intérpretes. Me he extendido más de lo habitual, porque a mi juicio el primer cuento de Lázaro, titulado “Mi bella durmiente”, enfoca el amor de una pareja con una perspectiva que rebasa el mero acto erótico entre dos mujeres. Uno percibe que cada personaje carga y oculta su propia tragedia, algo que las une y las distancia a la vez, pero ambas sienten pasión por la poesía y la necesitad de ahuyentar la asfixia y la desilusión en intensos momentos de placer, rompiendo  convenciones y  estereotipos que entorpecen el derecho a la libre elección de los seres humanos.

El segundo cuento es una historia muy bien conectada con la primera, donde un narrador personaje describe las zozobras que le provoca la soledad, sin una buena dosis de la cual, paradójicamente, asegura que no podría vivir, dada su condición de poeta. Otras veces, enervado por ese mismo aislamiento que necesita para leer y crear, o simplemente por el placer de estar solo, intenta mitigar su ansiedad en borracheras y frecuentes partidas de dominó con amigos. Una manera de auto engañarse o de aparentar compañía, cuando en el fondo vive en un absoluto estado de desesperación. ¿Quién no ha apostado su suerte alguna vez a una ficha de dominó, a  un dado o a una baraja? ¿Quién, en un momento de dudas o repentino misticismo,  no ha puesto en manos del azar su elección? Decidir siempre es difícil. Decidir qué hacer con la vida ha sido, es y será un acto libérrimo y de una asombrosa complejidad, aunque no lo parezca. No por repetida, la radiografía de los sentimientos humanos dejará de ser el gran tema de la literatura y de la vida. Amar y sufrir son caras de una misma moneda, un par ordenado indisoluble, ah, y con el doble nueve podemos ganar o perder, por qué no, aunque después nos acusen de bota gordas. Todo esto y mucho más  he pensado al leer con deleite los cuentos que hoy les propongo compartir en el espacio Fabulaciones.

Lázaro es un escritor con indiscutible talento que ha recibido justos reconocimientos a su obra, tanto  narrativa como poética. Narra con claridad, con cierto aire minimalista, sin excesos que atosiguen al lector y un soplo que le viene, sin dudas, de la poesía. Miembro de la UNEAC, fundador del Grupo de Creación Literaria Expedición, tiene publicados los títulos: En cada tiempo y en este lugar (Novela juvenil), Premio DAVID 2011, El acoso de mis fantasmas  (Ediciones Unión 2011, Poesía). Textos suyos aparecen en la antología Instantes como islas (Grupo Expedición,  Ediciones Latin Heritage Foundation 2012).

 

Mi bella durmiente

 

Lázaro Alfonso Díaz Cala

Primer Premio Farraluque 2011

 

 

La miro y la miro y no me atrevo a despertarla. Lucía es un ángel, a veces, hasta creo descubrir alitas creciendo en su espalda. La miro incrédula, me pellizco: duerme extasiada, hasta parece feliz; pero es imposible que lo sea junto a alguien como yo. Sé que no lo hace por dinero. Soy pobre. No tengo un buen empleo ni una casa elegante. Lo único que puedo ofrecerle es amor, protección, ternura. A lo mejor es lo que necesita y por eso me aceptó como amiga, novia, pareja, amante o lo que sea. Cuando despierte quizás se vista, salga a la calle y no regrese jamás. Estoy segura que puede hallar un montón de mujeres u hombres que también la colmen de amor y le ofrezcan mejor vida que yo.

Me siento en una esquina de la cama, con cuidado, para que no despierte. Contemplo sus cabellos rubios, los pechos firmes de aureolas intensas, el espeso monte del pubis y el perfecto bronceado de su piel.

 

 ...Advierto una sombra y alzo la vista. Ella camina a solas entre los cañones y yo sentada en el muro, leyendo poesía. A pesar de su belleza, sus facciones denotan desánimo o quizás se sienta abrumada por algún conflicto.

-¿Le sucede algo? -me arriesgo a preguntar.

Ella sigue de largo sin advertir mi presencia. Me pongo de pie y la alcanzo, antes de que avance unos diez metros.

-Disculpe -le digo.

Ella se detiene. Me reflejo en sus pupilas. Adivino, no sé si por el sexto o el séptimo sentido, que aceptará mi amistad.

-Si anda en busca de buena poesía –vuelvo a la carga-, puedo recomendarle este -le muestro la portada y libera una tímida sonrisa.

-Gracias –agrega, con tono débil.

Le extiendo la mano:

-Me llamo Alicia, Alicia del Monte Ruiz -vuelve a sonreír-. No vivo en el campo –especifico-. Ese es mi apellido, mi padre se llamaba Julio Oscar del Monte... ¿Puedo acompañarla o espera a alguien?

Ella demora unos segundos en responder.

-No, no espero a nadie... mi nombre es Lucía.  Se acerca al muro.

-¿Vienes siempre a la feria? –pregunto y no responde.

Apoya los codos en el concreto y sitúa las manos bajo el mentón. Sigo la dirección de su mirada: el mar, el faro, la espuma de las olas que se precipitan contra las rocas en la entrada de la bahía: testigo de las peripecias de piratas y filibusteros, siglos atrás.

-Me gusta escribir poesía -sus palabras me apartan de la historia.

-¿En verdad? -dudo. Observo de reojo su esculpida figura y las tiernas facciones de su rostro.

-Sí –afirma-.

Abre la mochila y extrae una agenda. Parece más animada.

-¿Quieres escuchar?

-Por supuesto -le digo y me acomodo, lo mejor que puede acomodarse alguien, de pie y recostada a un muro...

 

No me canso de explorar su anatomía. Tapiaré puertas y ventanas para que no escape y convertirla en mi esclava, dispuesta a mis caricias cada vez que se me antoje; pero no, el amor necesita libertad para mostrar su esbeltez. Ella no se imagina que sueño con sus besos en las madrugadas y en mis horas de aseo. Si accedí a leer y revisar sus poemas, fue un pretexto para atraerla a mi humilde morada, aceptara un té y permaneciera un par de horas, sentada frente a mí, muy cerca, porque no hay espacio para sentarse lejos. Ella cree que soy poeta de verdad, y aunque nunca he presumido serlo, su interés por mis versos, me hace sentir importante.

 

...Lucía entra, recorre los estantes y ojea un par de libros. Mira a todos lados, disimula, se acerca y me propone dar un paseo. Su timidez le impide conversar en público con otra mujer, por más que afirme preferir el aire puro o menos contaminado que este olor a papel húmedo.

-Sentémonos aquí -me dice, cuando atravesamos el parque.

Ella se acomoda en una esquina del banco y yo en la otra. Sonríe, recorre el entorno con la vista, se aproxima un poco más.

-No sé cómo puedes estar más de diez minutos entre tantos libros, yo no lo soportaría.

Ella habla sin prisa, con dulzura. Estremezco al escucharla.

-No sé vivir sin ellos –respondo-. Lo mismo en mi trabajo, que en casa.

Nos reímos de la gente que espera el autobús; echamos un pedazo de pan a los perros callejeros que merodean los alrededores; ella lee sus últimos versos, halago los avances; se queja de los más de tres años sin ver a sus padres ni recibir carta. Corto una rosa y se la regalo. Acaricio su mano. Permite que mis dedos se enreden entre los suyos. Ríe. Me gusta verla reír. Nunca preguntamos sobre nuestros amores pasados ni presentes. Siempre dejo inconcluso el análisis de algún texto, para que me busque nuevamente..

No tengo valor para despertarla. Quiero que no termine la noche, se detengan todos los relojes y no canten los gallos; para repetir tantas caricias y amor. Voy a proponerle que se quede a vivir conmigo, olvidemos todo y comencemos un presente sin respuestas ni fantasmas. Si teme a la gente, diremos que somos hermanas o primas. Jamás olvidaré su voz en mi oído, sus labios en los míos, su piel en mi piel. Fue mía. Lo será, al menos hasta que abra los ojos.

   

 ...Me saluda como siempre, un beso muy cerca de los labios y lanza la mochila a cualquier mueble. Advierto en su rostro las huellas del insomnio. Antes de entregarle el cuaderno la interrogo, luego de varios intentos me confiesa que pretende olvidar un amor imposible; que la ayude. No digo nada. No tengo la menor idea de cómo ayudarla. La invito a una limonada. Hablo de poesía, no escucha, quizás su cerebro viaja por no sé cuál galaxia. Cierro el manuscrito. Recuesta la cabeza a mi hombro y acaricio sus cabellos. Permanecemos en silencio algunos minutos. Percibo su pausada respiración. Lucía, le susurro al oído. Me mira a los ojos. La beso. Acepta el beso. Bebe un sorbo. Sonríe. Repito el beso, mis dedos rozan sus senos. Noto que se excita. Apenas puedo contenerme.

-Estoy cansada –dice-, hace tres noches no consigo dormir.

Me levanto. Le ofrezco mi brazo y la conduzco a la habitación, le muestro la cama:

 -Es tuya, descansa -vuelve a sonreír.

Desabrocha el pantalón y lo coloca sobre la cómoda, se quita el pulóver. Contemplo sus curvas, apenas protegidas por una prenda mínima, me seducen sus senos casi perfectos. Se acuesta, me invita:

-Ven, duerme conmigo.

Me acomodo a su lado.

-Sin ropas -ordena con una sonrisa en los labios y obedezco.

Nos abrazamos. Ella busca mi sexo, lo acaricia con sus manos, luego con los labios. Le correspondo. Viajo por las nubes. ¡Al diablo el qué dirán! El éxtasis inunda los minutos. Nos amamos pausada y repetidamente...

No suena el timbre del reloj. No cantan los gallos. No se escuchan gritos del exterior. No penetran rayos de sol, porque cerré bien la ventana; pero se esfuma el sueño. Voy al baño, lavo mis dientes, una ducha y regreso a la habitación. Ella, completamente desnuda, la cabeza ladeada y el cuerpo ligeramente inclinado a un lateral...

   

Abandono la habitación, muy despacio, camino de espaldas sin apartar la vista de su cuerpo. No tengo prisa, es domingo y no abre la librería. Voy a preparar el desayuno.

 

Percibo su olor y dejo de revolver el chocolate. Ella, parada junto a mí, vestida, mochila al hombro, despidiéndose.     

-Quédate los poemas –me dice, con la misma tristeza del primer día en la voz.

-Ven otro día a buscarlos y charlamos mejor –le digo, casi suplicante.

-No sé. A lo mejor... Gracias.

Permanezco en silencio. No sé qué decir. Ella se inclina y me besa los labios.

-Gracias –repite y se marcha.

 

 

 

 

Doble nueve

 

Premio de cuento Luisa Pérez de Zambrana 2011

 

No sé vivir sin una buena dosis de soledad, al menos veinticuatro horas cada día. Siempre estoy solo, a pesar de las decenas de visitantes que acuden a diario a comprar libros, indagar por algún ejemplar prehistórico o simplemente consumir varios minutos criticando la pésima calidad de algunas ediciones. Mis pupilas, persistentes, acechan la puerta del local, siempre a la espera de que en algún momento aparezca ella, como lo hacía antes, y salíamos a dar una vuelta; pero el tiempo no transcurre. El salón se sumerge en un silencio casi unánime. Y cuando marcho, camino despacio: la avenida oscura y en silencio; igual permanezco en mi apartamento al marcharse el último de los socios que acuden casi todas las noches a jugar dominó e inmortalizar desengaños, en las voces de Contreras, José José  o Feliciano. Saco mi agenda y escribo algún poema sobre instantes felices o infelices de mi ayer, porque en el presente, nada me inspira.

El agua depura mi piel, acaricio mi sexo erguido, solitario como yo; revivo momentos felices o al menos cuando gozaba el placer de la piel desnuda. Lucía: ¿adónde coño has ido? Adela: ¿acaso nunca vas a perdonarme? Alicia: ¿existes?, ¿exististe? Claudia: mándame un número, una dirección, una postal; corre el semen hacia el tragante de la bañera, mezclado con el agua enjabonada.

La soledad es una sombra inseparable.

La soledad: fiel bajo lluvia, eclipse o medio día. 

La soledad, susurra en mi oído frases desalentadoras, amargas: me entrego; alude recuerdos, aleja el sosiego y rememora efímeros instantes placenteros.

Cierro la puerta y las ventanas del cuarto. Me cubro hasta el cuello con la frazada. El ventilador gira: refresca la habitación, me envuelve en su chirrear. Siempre cubro mi cuerpo al acostarme, en verano o invierno, otoño o primavera. Intento dormir; digo intento porque no siempre lo consigo. La soledad me acecha; aguarda el instante en que intento apartar las desventuras diarias para rendirme al sosiego y lo impide. Resucita cada pincelada del día, detalle del mes o año anterior. Ese pormenor insignificante, a veces olvidado, pero existió y la soledad lo devuelve.

A veces, solo por unas horas, el sueño es vencedor.

 

Suena el despertador.

Una ducha y a la calle, aún bajo los destellos de la inminente amanecida. Un nuevo día de trabajo aguarda a quince cuadras del hogar. El saludo y las órdenes de rutina. Las chicas propician el roce de mis manos y responden al saludo con besos atrevidos. Siempre escuché decir que las chicas se discuten al jefe con la secretaria. No tengo secretaria. No se disputan por mí. Nadie enfrenta a mi soledad. Así es mejor. Necesito tiempo para leer, escribir y estudiar nuevas estrategias con mi pareja de dominó. No podemos perder la botella de cada domingo: Eso nunca.

Tras una interminable jornada, llega la hora de marchar a casa, donde esperan los socios de cada anochecer.

Hoy no puedo jugar, les digo. “Vamos, compadre, siempre estás en las mismas y al final jugamos”, dice Manolo. Hoy no, afirmo. “Tiene miedo, compa, traigo la derecha encendía”, me desafía un muchacho piel oriental, el más joven del grupo. Señores, tengo un fortísimo dolor de cabeza, voy a darme una ducha y acostarme, mañana jugamos, por favor, no se molesten, les presto el dominó y van a casa de Cundo o de Manolo. Parecen convencidos.

Es cierto que me duele un poco la cabeza y no estoy en condiciones de soportar bullicio, pero nada importante. Enciendo la grabadora: música instrumental, ingiero una pastilla para dormir.

 

Hombre nuevo al despertar.

Sábado por la mañana.

Jaba en mano.

A la calle.

Un hombre solitario emplea las mañanas de sábado en recorrer la bodega, el puesto de viandas y los mercados industriales. Me encuentro con Adela, quien fuera mi esposa años atrás. Le digo que se mantiene bien. “Gracias”, responde y prosigue su compra. “¿Qué te parecen estos frijoles?” pregunta, la asesoro en la elección. Me place ayudar, sentirme útil. Ayudo a todos y mucho más a una mujer como ella, nos fue bien en los casi seis años que compartimos cama y techo, al menos al principio. A veces siento deseos de proponerle reintentarlo, pero recuerdo que fue ella quién decidió terminar y un hombre no se rebaja. Callo. Prefiero dejar las cosas como están.

 

Es medio día y llegan los socios.

“Hoy no vas a negarte, compadre”, dice Manolo, con su tabaco apagado que apesta más que el carro de la basura. “Traigo cinco pollotas, compa”, agrega piel oriental. Habrá que verlo, respondo, les daré palos de todos los colores, amenazo, luego no se quejen.

Manolo descorcha la primera botella. Entre bromas, música, ron y pollonas, se escapa la tarde y el sol comienza su declive.

 

Sírveme un trago, le digo a Cundo. “Esta se acabó”, responde. Voy a buscar algo especial, anuncio a la tropa. “Ya es suficiente por hoy”, añade Manolo, “nos hemos tomado cuatro, es hora de bañarse y comer, que ahorita comienza la pelota”. Te estás poniendo viejo, amigo, le digo, no te pierdas este añejo. “Disfrútenla ustedes”. “¡Coño, Manolo! Si te vas se descompletan las parejas”, dice Cundo. “Oiga compa, si se pasa de trago aquí mimito lo bañamo”. “Hasta mañana, amigos”. Y se marcha, en realidad debe hacerlo. Su esposa está enferma y ya ha bebido suficiente. Cundo y piel oriental hacen pareja, mientras Diosdado se sienta con Leonel. Abro la botella, sirvo a todos y dejo que jueguen. Disfruto la música, el ron y los recuerdos que atraen: Adela... Lucía... Alicia... Claudia... La soledad...

Me siento detrás de Manolo, siempre critico jugadas, pero esta vez finjo para disimular mi enajenación. No quiero que comiencen a preguntar ni se empeñen en aconsejarme.

Sé lo que hago.

Escojo una de las quince fichas que reposan en las esquinas de la mesa; la volteo: el doble nueve, la más detestada por muchos, me incluyo. Quisiera rehacer mi vida con Adela. Ella también está sola hace algunos meses. Su hijo mayor se fue del país y el más chico ya tiene diez años. Algunos en el barrio dicen que es mío porque tiene los ojos claros, y por esa época ella era amiga de una vecina asidua a visitar a mi madre. No es así. Aún no tengo descendencia y ya es tarde: moriré solo, como llegué al mundo, como vivo desde hace varios años. No soy un niño para andar en enamoramientos. Mañana trataré de verla y le diré que quiero vivir con ella y punto. Difícil diga sí, quizás si le regalo uno de los poemas que le escribí en aquellos tiempos, consigo que recuerde los buenos momentos, olvide las diferencias y me acepte. Si dice no, insistiré hasta convencerla. La soledad me asfixia, apenas me permite caminar; pero qué puedo hacer, mi vida es así.

Me paso con ficha. Me viro con más de cien puntos. Soy el último en cualquier lista, en el amor, la poesía, en cada guerra que decida enfrentar. ¿Hasta cuándo? Es hora de imponerle a mis días la misma suerte que me acompaña en el juego. Soy el mejor. Eso dicen todos y hasta ahora bastaba. Hoy necesito más: amor, compañía. Solicitan la ficha, van a dar agua y debe nadar en el océano de la suerte, para ver si alguno de los jugadores tiene la desdicha de convertirse en su protector. La entrego.

Revuelven.

Cada uno se adueña de diez rojiblancas y yo acomodo las restantes. Elijo una y la aprisiono entre las manos, sin mirarla. Si es impar correré ahora mismo en busca de Adela, si es par, dejaré que transcurran los días como hasta ahora y continuaré divagando en mis sueños: lectura, escritura, soledad, clientes y luego soledad, dominó, unas cuantas botellas y más soledad. Pensar en Lucía, en Adela, en Claudia, en Alicia y más soledad. Abro la mano y la observo. No cambio la vista durante algunos segundos. La cierro. Doy la espalda a los muchachos y lanzo a la calle el doble nueve.

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