La primera filmación de Cecilia Valdés (3)
En su revista Cinema, la más importante de su tipo en la isla en el período prerrevolucionario, Enrique Perdices califica de irreprochables el ambiente y la indumentaria ajustados a las exigencias del libro y algunos decorados que «sin ser obras maestras, disculpan sus defectos al reflejar el sentimiento artístico de quien los realizó»1. Las decepcionantes interpretaciones de la pareja protagónica Reina-Yáñez, contrastaban, a su juicio con la de Ignacio Valdés Sigler, que sacó el mayor partido a su personaje y la actriz Elena Diéguez en el papel de la hermana de Pimienta. El crítico, como acostumbraba en las reseñas-editoriales de su publicación semanal, agregó con el ánimo de no alejar al público de las salas, sin tener que recurrir a aquello de «nuestro vino…» que la Cecilia Valdés fílmica:
Debe merecer la atención de todos, esta nueva cinta nacional, pues a pesar de sus deficiencias, no deja de ser interesante y, sobre todo, fácilmente se adivina, que su director honradamente soñó ofrecer al público algo más grandioso que lo que su gran esfuerzo pudo lograr. Si la audacia hubiera animado a los productores a sorprender al consecuente espectador, aprovechándose de su tolerancia hacia nuestro producto, seríamos nosotros los primeros en sumarnos a los que no están dispuestos a que se les tome el pelo, pero la calidad disgregada a través del desarrollo de este film, nos muestra sin veladura alguna, que se trató sin reparar en gastos, de hacer algo sorprendente que no llegó a cristalizar. La indiferencia que otras producciones nacionales han merecido, no es aplicable en este caso, más merecedor de estímulo que de censura. […] Fe y adelante, la próxima, con más experiencia, será mejor2.
Surama Ferrer en el prólogo a la edición de la síntesis argumental opina que la película no demeritó la obra original por solo haber tomado de ella el tema amoroso porque «aún el gran público no tiene el paladar acostumbrado al plato fuerte de las grandes y aplastantes realidades sociales. Triste cosa es que aún protestemos del verismo en el arte y protejamos nuestra sensibilidad del anonadante realismo de una verdad que tiene siglos, como es la explotación del hombre por el hombre»3. La autora amplió sus consideraciones:
Cecilia Valdés no pasó al lienzo de plata, en todo su crudo esplendor de denuncia literaria de un régimen. El realismo de la esclavitud que enfrenta Villaverde, cae atenuado por las conveniencias de no herir la susceptibilidad de los públicos. El guión da preferencia a la trama amorosa de la novela y al morboso secreteo aldeano del desliz del blanco Cándido de Gamboa, influyente, casi omnipotente, con la híbrida belleza de Charo; después se complica el argumento con el intento de incesto de Leonardo y Cecilia, y la venganza de José Dolores Pimienta, matando a Leonardo Gamboa, no por blanco y opresor, sino por haber engañado a Cecilia, destruyendo su alegría, su amor y su belleza4.
No obstante afirmar ella que el vicepresidente de la RKO-Pictures al asistir a una exhibición privada de la película no pudo creer que fuera realizada por cubanos, el comentarista Manuel Fernández, en Juventud, periódico católico de efímera existencia, escribiría pocos días después del estreno:
La película no resiste la más benigna de las críticas. Mejor dicho, no ofrece materia para una crítica. Están ausentes en ella no solo los más rudimentarios elementos de la cinematografía, sino que aún los factores de orden artístico en general: escenografía, vestuario, música, actuación de los actores, etc., se hallan a muy bajo nivel. [...] Dícese que el gobierno cubano está subvencionando empresas de producción cinematográfica nacional. Esto está muy bien. Pero sería mucho más práctico que propiciara también el que estudiasen y experimentasen en algún país extranjero, aquellos que sientan una verdadera vocación para la cinematografía. Así se evitarían estos lamentables engendros de la improvisación5.
Según la rigurosa crítica Mirta Aguirre en la Revista Popular del Sábado del periódico comunista Hoy, el 7 de octubre, quien no hubiera leído la novela o tuviera fresco su argumento, apenas entendería la película, por mezclarse en ella «infinidad de escenas brevísimas sin culminación argumentística, sin acabado lógico; y personajes que no se presentan; y nudos de conflicto que ni siquiera se esbozan y que estallan de pronto —como, nada menos, los lazos consanguíneos que unen a la protagonista con su amante en un inesperado desenlace»6. Culpó de esas deficiencias a problemas en los cálculos de metraje que seguramente sobrepasó el tiempo previsto al rodarse y para reducirla a dimensiones normales, no quedó otra alternativa a los productores que cortar inmisericordemente sin tener en cuenta cuestiones relativas a la exposición del argumento.
En el rubro de las actuaciones grises, amorfas, insustanciales, apenas exceptuó la caracterización de Nemesia y, al respecto, precisó: «justo es decir, sin embargo, que los intérpretes han sido tratados en Cecilia Valdés con una implacable crueldad fotográfica. Nos gustaría saber qué sería, en poder de las lentes de Cecilia Valdés y bajo el azote de la pésima y cenital iluminación que tiene toda la cinta, una Joan Crawford, por ejemplo». Pese a todo lo señalado terminó por admitir la Aguirre que la película se apartaba «de las proyecciones barrioteras, radiofónicas, netamente mercachifles que parecen empeñadas en conducir por los peores derroteros este cine nacional que ahora empieza a crecernos entre las manos. En ese sentido, la película tiene que ser señalada como el primer esfuerzo digno, de aspiración genuinamente artística, brindado por la cinematografía cubana. Hecho que merece ser estimado en todo su valor»7.
Walfredo Piñera, en su crítica de una película promovida como «con todo el sabor de La Habana del siglo xix y que solo artistas, técnicos y músicos cubanos podían realizar», expresó:
Aquella Cecilia Valdés se recuerda —si es que se recuerda— como una de las más inadvertidas intentonas de hacer cine nacional, pues ofreció un espectáculo suficiente y precario y desprestigió aún más el hacer cinematográfico en Cuba. Había sido por años un filme varado que, de pronto, emergió penosamente y desapareció en el olvido, tras una bruma de penuria económica e ineficacia estética. Se demostraba por enésima ocasión que, aún sin objetivos tortuosos, no bastan en cine las buenas intenciones8.
Desde todos los puntos de vista resultaba negativa la experiencia de Cecilia Valdés en la cual invirtieron más de cien mil pesos en un proceso de realización demasiado prolongado, para que luego solo pudiera estrenarse en seis cines por espacio de una semana, aunque algunos afirman que no pasó de los tres días en cartelera. Todos pensaron que a los directivos de la empresa productora Habana Films no les quedarían más deseos de volver a realizar películas, y mucho menos a Jaime Sant-Andreu escarmentara de aquel fiasco para acudir a uno de sus seudónimos con el fin de filmar alguna nueva obra.
1Enrique Perdices: «Son cosas nuestras»: Cinema, Año XVI, No. 773, La Habana, 1º de octubre de 1950, p. 3
2Ibid.
3Surama Ferrer: Prólogo de Cecilia Valdés, guión cinematográfico de Jaime Sant-Andreu, Imprenta P. Fernández y Cía, S. en C., La Habana, 1950, p. 4
4Ibid
5Manuel Fernández: «Cecilia Valdés, una producción Habana Films»: Juventud (recorte sin fecha, La Habana, septiembre de 1950)
6Mirta Aguirre: «Cecilia Valdés»: ob. cit., ed. cit., Tomo II, p. 95
7 Ibid., p. 97
8Walfredo Piñera: «Datos sobre la versión cinematográfica de Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde, estrenada en Cuba en 1950» (inédito)