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A través del Atlántico

Fernando Padilla González, 16 de junio de 2013

La balsa de troncos asidos con fibras vegetales, la canoa fabricada de un grueso tronco hueco de árbol y la piragua constituyeron los medios que, vinculados al ingenio humano para trazar rutas marítimas al amparo de primarios cálculos algebraicos y guiados por el posicionamiento celeste de los astros, permitieron al hombre aventurarse más allá de los confines visibles en lontananza.

El “descubrimiento” de nuevas tierras, la conquista de riquezas en algunos casos y el intercambio cultural en otros, así como una intensa actividad comercial creciente propiciaron a su vez, que las primigenias embarcaciones se fueran complejizando en función de la necesidad de ir un poco más lejos con la garantía del tornaviaje. No solo el ingenio humano fue empleado para tales propósitos, sino también la fuerza muscular, que contribuyó a una mayor autonomía de movimiento a partir de la utilización de remos, cuando los argonautas se hallaban en zonas donde los vientos eran escasos o insuficientes para propulsar el velamen.

Desde épocas tempranas, aproximadamente en el siglo XVII antes de Cristo, los ingenieros y marineros de la vetusta Babilonia se lanzaron a la conquista de los mares a bordo de embarcaciones de remos, con el objetivo de fomentar el comercio entre las ciudades distantes o simplemente en funciones militares para proteger sus rutas comerciales marítimas. Las armadas y buques mercantes del Oriente también surcaron las aguas profundas, específicamente aquellas que comunicaban a la China imperial y dinástica con pueblos muy distantes. Más cercana en el tiempo, la tradición marinera fue acogida como una condición ineludible por las civilizaciones de Egipto, Grecia y Roma, en una época donde las unirremes, birremes y trirremes reclamaron la mayor porción oceánica y la victoria en múltiples confrontaciones bélicas. La historia de la navegación o “la creación de puentes en el gran azul” mucho le deben a la sagacidad de los habitantes nórdicos, en especial a los vikingos, quienes recorrieron los mares que bañan Europa, Asia y no dudaron en aventurarse hacia el oeste para encontrar una tierra rebosante de oportunidades, América, cuna del nacimiento e hibridación de poblaciones y culturas.

Sin embargo, la historia, al menos la que queda refrendada como testimonio escrito, solo reconoce la inauguración de la nueva ruta atlántica a partir de los cuatro viajes protagonizados por el “Almirante de la Mar Océana”, Cristóbal Colón, el primero de ellos ocurrido en 1492, cinco siglos después de la llegada de los vikingos al continente americano, por no citar las incursiones de navegantes chinos y de otras civilizaciones antiguas, hoy, al margen de toda duda razonable, a la luz de los estudios arqueológicos, antropológicos y de historia naval.

A la traza atlántica y las líneas oceánicas que se consagraron a su fomento y explotación se dedica el volumen A través del Atlántico, publicado por la Editorial Oriente y de la autoría del ingeniero en construcción y reparación naval Alipio Guzmán Pérez (Baracoa, 1967). Guzmán Pérez, quien además es máster en Ciencias (1992) por la Universidad Marítimo-Técnica de San Petersburgo, Rusia, ha desempeñado importantes labores en los Astilleros DAMEX Shipbuilding and Engineering, de Santiago de Cuba.

En el prólogo de A través del Atlántico el autor afirma:

He escrito esta historia casi siempre en las madrugadas, después de fatigosas jornadas laborales. Varias veces me he quedado dormido en medio de la escritura. Solo la fascinación ante estos grandes ingenios marinos, protagonistas del libro, me alimentó durante tanto tiempo, y gracias a esa fiebre he vaciado el fruto, después de lenta maduración. Mi labor ha sido la del modesto coleccionista: he reunido varios materiales, en su mayor parte desconocidos por el gran público, sobre los viajes marítimos entre América y Europa. En mí está la unidad del conjunto, el tono del lenguaje y la concepción estructural, además de algunas traducciones directas que han sido imprescindibles. La información ha sido tomada de las fuentes relacionadas al final de la obra. Espero que el lector disfrute, tanto como yo, este viaje marítimo a través de los siglos.

El volumen se estructura en poco más de 250 páginas y una decena de capítulos; una introducción previa, que abunda en detalles sobre las condicionantes que propiciaron el surgimiento y la evolución de las líneas transoceánicas; un anexo sobre las principales características de los trasatlánticos citados en el libro y la extensa bibliografía consultada por el autor, durante la investigación que a la postre tributó a la obra impresa.

Los primeros capítulos de A través del Atlántico, se refieren al origen de las líneas transoceánicas. Una de las curiosidades que el lector podrá hallar en estos pliegos iniciales es la etimología del vocablo inglés liner, acepción de la palabra line y que designa a los barcos que, bajo contrato, operan para una línea específica. Plantea además Alipio Guzmán que para que un buque sea considerado un liner debe poseer grandes dimensiones, alcanzar altas velocidades y cubrir extensas distancias, supeditadas a horarios o cronogramas de arribo y partida de los puertos de destino o de escala.

Los barcos Amiti, Courrier, Pacific y James Monroe fueron de los pioneros en cruzar el océano Atlántico bajo la operación de una sociedad anónima en 1817. Con el objetivo de asegurar un traslado regular de cargas y pasajeros se organizó la línea Nueva York-Liverpool. Dos embarcaciones —de 400 toneladas— saldrían los días 5 de cada mes de la ciudad neoyorkina, mientras las dos restantes lo harían los días primero del puerto de Liverpool.

La compañía que organizó los primeros viajes a través del Atlántico se llamó Black Ball Line, debido a que todos sus barcos llevaban una pelota negra colgada de sus palos. Esta dominó un lustro el traslado de pasajeros a ambos lados del océano, hasta que en 1822 surgió la Red Star Line y en ese propio año la Swallow Tail Line. La Black Ball Line comprendió lo que se avecinaba y encargó cuatro nuevas naves, lo que le permitió doblar el número de viajes. Comenzó entonces una competencia intensa entre las navieras, a la cual pronto se sumó otra más, la Dramatic Line, que tomó ese nombre debido a que sus buques llevaban nombres de famosos dramaturgos o de personajes de obra literarias, así, por ejemplo, aparecieron el Sheridan, Garrick, Cid, Shakespeare y Rossius.

El arribo de la navegación a vapor y su repercusión en las líneas transoceánicas, la figura del canadiense Samuel Cunard y el premio The Blue Ribbon of Atlantic, la introducción y masificación de los buques de hierro, las contribuciones del constructor naval Isambard Kingdom Brunel en la construcción del Great Eastern, la reutilización de los liner como buques de guerra durante la segunda confrontación mundial, la épica travesía y efímera existencia del Titanic, y la época de oro de los trasatlánticos son algunos de los atractivos que deparan al lector los capítulos siguientes de A través del Atlántico.