Noria: marginalidad, prostitución, corrupción

Noria, Premio Virgilio Piñera 2006, del novel autor Roberto Yeras, es el título del estreno universal que, con dirección y puesta en escena del escritor y dramaturgo Gerardo Fulleda León, la cincuentenaria compañía teatral Rita Montaner, que jerarquiza, llevara a las tablas de la capitalina sala El Sótano.
La trama de esa tragicomedia se desarrolla en un bar de mala muerte, a donde van a parar César (Esteban León/Orelves Flores) y Andrés (Ariel Gil), a festejar la partida del primero a la Península Ibérica, donde se encontraría con su cónyuge hispana.
Se trata de dos amigos que padecen las secuelas emocionales y espirituales que les dejara en la mente y en el alma su participación como combatientes en la guerra de liberación del cuerno africano; leitmotiv durante la hora y diez minutos que dura la representación de esa puesta en escena.
En ese sórdido lugar, conocen a las jineteras-prostitutas Ana (Yanell Gómez) y Yumel (Cinthia Rodríguez), cuyo proxeneta Raúl (Leonardo Nieto Remón), es un gastronómico corrupto que trabaja en dicho centro de perdición. Raul ha establecido un vínculo afectivo con el rechazado Arcadio (William Irsula), alias «Tabaco», abuelo de Yumel, quien lo detesta; y lo atiende para protegerlo de los malos tratos de que es objeto en el seno de su ¿hogar?. Arcadio sufre de toxicomanía alcohólica y un cuadro clínico que evoca la presencia de un proceso degenerativo del Sistema Nervioso Central.
Esa relación, que hoy puede parecer poco común entre personas que pertenecen a diferentes generaciones, le muestra al espectador que, en medio de un lodazal, puede nacer y crecer una hermosa flor.
Por otra parte, las jineteras-prostitutas, interpretadas —con indiscutible profesionalidad— por las actrices Yanell Gómez y Cinthia Rodríguez, tratan de conquistar a los dos clientes, quienes resisten con estoicismo los ataques eróticos de las dos mujeres hasta que Andrés cae en las redes de Ana… y fallece súbitamente en el intento, lo cual provoca un gran desconcierto o despelote (como dirían los argentinos).
En consecuencia, los involucrados (las dos mujeres y el amigo), en el deceso del —hasta ese momento— fiel esposo y padre ejemplar compran con dinero fuerte (euros incluidos) el silencio de Raúl y Miguel (Tomás Silverio), el administrador, tan corrupto como el subalterno, al cual acusa de «desvío de recursos» y otras fechorías ante la proximidad de una auditoría por parte de las autoridades competentes.
En esa obra, se funden en grotesco abrazo el ambiente marginal (violencia, agresividad, vocabulario soez), que nos circunda, no obstante el nivel de instrucción que posee la población cubana, la prostitución, la corrupción (males que golpean a la sociedad que venimos edificando desde hace más de medio siglo), la idea enfermiza alimentada por algunas personas de abandonar el país como una única vía de escape a la crisis socio-económica y de valores ético-morales que enfrentamos, como consecuencia directa de factores externos (el criminal bloqueo estadounidense) e internos (el «marabú mental» que frena el desarrollo de la nación desde todo punto de vista), así como las heridas psíquicas y espirituales que, después de veinticinco años, todavía no han cicatrizado del todo, y son las causantes de que quienes las presentan busquen en el alcohol (o en la drogodependencia) una salida falsa para borrar de su archivo mnémico los horrores de la guerra, y en última instancia, poder huir —aunque sea por unas horas— de sí mismos.
Las actuaciones de los actores y actrices que integran el elenco artístico tuvieron —como es natural— sus momentos de alto vuelo interpretativo y otros menos elevados, pero, en líneas generales, podrían calificarse de excelentes en unos casos, y de buenas, en otros. En ello influyen, como es lógico, la experiencia actoral, la forma en que cada artista se introduce en la piel y en el alma del personaje al que le da «vida» en las tablas, el dominio de la técnica dramatúrgica (lenguaje verbal y gestual, adecuada proyección escénica), entre otros indicadores metodológicos.
En síntesis, Noria es una pieza teatral que, a pesar de las zonas oscuras que refleja, hace reir de buena gana al auditorio, y a la vez, lo invita a reflexionar acerca de los tumores malignos (marginalidad, prostitución, corrupción) que interfieren con el normal desenvolvimiento de nuestra sociedad, aún imperfecta, pero perfectible.
La reacción del público fue satisfactoria en grado sumo y ovacionó con fervor a los actores y actrices que participaron en dicha puesta: el mejor premio al que puede y debe aspirar un profesional de las artes escénicas, en cualquier lugar del orbe.
No sé por qué asociación de ideas, acude a mi mente un sagaz planteamiento formulado por el poeta, escritor y dramaturgo cubano-americano Reynaldo Fernández Pavón, en un fraternal encuentro que sostuviera —hace solo unos días— con colegas y amigos en la cátedra de estudios culturales Vivarium:
«Los cubanos que vivimos aquí o allá no debemos estar hablando o lamentándonos constantemente de nuestras miserias ni carencias de todo tipo. Al contrario, debemos exaltar los sólidos valores en que se sustenta lo cubano, o mejor, la personalidad básica de ese mestizo único e irrepetible que vive, ama, crea y sueña en nuestra exuberante geografía insular. De acuerdo con esa línea de pensamiento, mi producción intelectual y espiritual trata de mostrar nuestras virtudes y no nuestros defectos».