El ungüento de la Magdalena
Ricardo Riverón Rojas es escritor, poeta y periodista. Su labor como fundador de Ediciones Capiro de Santa Clara en 1990 es algo que los autores de la provincia le agradecen. Su condición de director actual de la revista Signos es otro “algo” que la cultura de la vasta región central del país tambien le agradece. Mas no es ni por lo primero ni por lo segundo que aquí está, sino por su condición de humorista, porque quiérase o no, existen los humoristas con intención y los que lo son por el resultado de su obra. Riverón Rojas pertenece a los segundos.
Cuando en un libro se integran el mito y el folclor, la idiosincrasia campesina, el habla de una región y la riqueza de sus historias, todo en torno a la inagotable vena de la medicina popular, de la mano todo de un narrador conductor experto en el manejo de la narrativa, el resultado arroja un libro de exquisita sencillez y originalidad como El ungüento de la Magdalena.
Y como lectura hace fe le transcribimos una:
“Felipe Guya todo lo habla con lenguaje de cocinero. Y de eso mismo trabaja en el comedor cañero de La Julia. Pero parece que el oficio se le fue para la cabeza. Tú repreguntas cómo anda y te dice: «Ahí, a medio salcochar todavía». Indagas luego por la mujer y te responde: «Término medio con papas». Y lo peor es cuando quieres saber de los hijos, que te suelta: «Con la salsa cuajada y sin ají». Es medio fato el hombre ese. A mí una vez me salió un golondrino y Márgaro Ramos me dijo que Felipe sabía curarlos. Entonces lo voy a ver, ¿y usted sabe lo que me recomendó?: «Hazlo fricasé: coge dos tomates bien maduros, pícalos a la mitad y duerme con ellos debajo del sobaco». Todavía no sé cómo no le solté un disparate. ¡Qué clase de comemierda!”
Una segunda, para que no haya casualidades:
“La carne de puerco, la de res, y el bacalao también, se salan y no se pudren, duran años. Esa misma lógica usted se la aplica a las personas y funciona. Porque la sal es divina para las quemaduras: sal de la tienda digo yo. Uno se pone agua en la quemadura, arriba le espolvorea sal y la carne quemada se diseca. Así fue como mejoró de unas quemadas que se hizo con voladores en la última parranda Arnaldo Ojos Bellos. Eso sí, la salación aquella lo cogió de a bueno, porque empezó a tener una mala suerte del diablo, sobre todo con las mujeres. Por esa fecha también lo botaron, por curda, de la banda de música, donde tocaba el clarinete. Dijo entonces: «¡Se acabó!», y nunca más se puso sal sobre el cuerpo para nada. La sustituyó por pasta de dientes, que es buena también, aunque no tanto como la sal”.
Y por último una tercera:
“A mí los riñones me dieron mucha guerra una pila de años. Ya yo había tomado todos los remedios y medicinas habidos y por haber, y nada… Un día me pongo a pensar y saco la cuenta de que las gallinas y las aves en general tienen unas mollejas que son molinos: hasta las piedras trituran. Y se me ocurrió una idea. Compré como diez gallinas y les saqué las mollejas, las sequé bien, las tosté y las hice polvo; entonces mezclé aquello con harina de pan y me hice como cuarenta pastillas de molleja; las tomé en ayunas y aquello fue una bendición. Más nunca me he sentido nada. A la gente que padece de los riñones yo les digo: «Tomen pastillas de molleja de gallina», y se echan a reír. ¡Mira que comen mierda!”
Por supuesto que ni el autor ni quien escribe estos apuntes propone seguir estas recetas, que deben ser leídas para el disfrute, aunque no sean todas absolutamente desdeñables pues la sabiduría popular y la medicina tradicional han demostrado sus aciertos cuando la ciencia las constata.
En El ungüento de la Magdalena se disfruta de una oralidad siempre presente, también de la agudeza de las apreciaciones de los testimoniantes y la fe que acompaña a sus asiertos, que le confieren al texto una amenidad para agradecer, de todo lo cual es “responsable” Riverón, quien con este libro de Ediciones La Memoria (Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2008) rinde un callado tributo y sigue el curso trazado por el insigne escritor Samuel Feijóo, otro que quisiéralo o no, hizo del humor una manera de hacer la lectura más amena e instructiva de llevar la vida.