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"Calle 21”, un cuento de Ariel Sánchez

Alberto Marrero, 24 de junio de 2013

Un barrendero limpia la calle 21 del Vedado. Es un ser atormentado por sucesivas humillaciones que desde niño ha sufrido. Huérfano, desamparado y negro,  una nube blanca ciega su ojo derecho producto de un borrador que le lanzó en la niñez una inclemente profesora. Con los años, afloró en él un sentimiento de venganza que poco a poco se convirtió en odio profundo hacia los otros, en un deseo de poseer y matar a sus víctimas, todas mujeres. Así, cada noche empuja su carrito de basurero y mientras barre evoca su tragedia, convencido de que nació para esta mierda de oficio, pero dispuesto a asesinar, sin la más mínima piedad, a las mujeres con las que tropiece como compensación por todo lo soportado. La impía  profesora que lo dejó tuerto, sin que pagara por ello, fue su primera víctima. 

Esto y muchas cosas más suceden en este cuento del joven narrador Ariel Sánchez (La Habana, 1974) y que hoy pongo a consideración de nuestros lectores. Como no soy muy dado a calificativos o etiquetas, dejo en sus manos el juicio de si estamos ante un relato de horror o policial. Para mí es una historia muy bien narrada, que sabe crear la atmosfera necesaria, con el lenguaje adecuado y cierto regodeo en lo escatológico y marginal, una tendencia visible y persistente en la narrativa cubana, desde la década de los 90. Sobre este tema han escrito prestigiosos críticos y ensayistas, razón más que suficiente para no detenerme en el asunto. Añadiría que el cuento de Ariel Sánchez ahonda en el lado humano, en la angustia de un ser que se siente vilipendiado e ignorado por las personas. El desprecio deja huellas profundas en el alma. El rechazo y la intolerancia, la falta de piedad en el trato cotidiano, la marginación y el agravio pueden llevarnos al límite. Y no se trata de justificar los actos de un asesino eso sería sencillamente inescrupuloso y, por demás, tonto, absurdo, sino de reflexionar en torno a ciertas conductas que a veces nos parecen normales y hasta graciosas en las llamadas relaciones interpersonales. El  racismo, por ejemplo, deja ver su nefasto perfil en no pocas ocasiones. 

Está claro que el relato de Ariel no pretende ser un texto de sicología o un  tratado de problemas sociológicos, pero la literatura tiene la magia de despertar no solo emociones, sino también pensamientos que van más allá de la historia que el autor hilvana con destreza.  

Ariel Sánchez es un narrador hábil y lúcido, cuya obra va ganando en resonancia y solidez. Es graduado del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” en 2010. Miembro del Grupo de Creación Literaria Expedición. Su obra ha sido recogida en varias antologías de narrativa como Vértice (Concurso Nacional de Cuentos Breves 2004-2008, Ediciones Bayamo 2009.); Gallina y otros minicuentos (Concurso Internacional de Minicuentos El Dinosaurio 2008, Editorial Cajachina 2011); Instantes como islas (Haiku, Grupo Expedición, Ediciones Latin Heritage Foundation, 2012); Certamen Internacional de Relato Breve sobre vida Universitaria (Servicio de Publicaciones, Universidad de Córdoba, 2012, España). Ha recibido premios en concursos nacionales e internacionales.

 

Calle 21                   

Ariel Sánchez

 

Nací para esta mierda, estoy convencido –piensa Hilario, mientras pasea el escobillón sobre la furiosa hojarasca. La noche amenaza con humedecer las calles. Las escasas luces reflejan con saña en su rostro, más años de los que tiene en realidad. Su fornida complexión ahuyenta a los malhechores nocturnos que deambulan por los contenes citadinos en busca de carne fresca para emprender el nuevo día. La madrugada se traga los suspiros de Hilario, que todavía se lamenta del nombre que le pusiera su madre. Una madre tan distante como la luna que pende sobre su cabeza. Una urbe que nunca le dirá cuáles fueron las razones que llevaron a su padre a abandonarlo desde tan temprano a la buena de Dios y que para colmo le negara con el filo de una navaja, el privilegio divino de conocer a su madre.  

Hilario se detiene, algo lo detiene. Unos pasos escurridizos aguzan sus sentidos. El ojo izquierdo acecha la silueta.    

-¿Eres de por aquí? –le pregunta una muchacha de mediana estatura.  

-No –dice Hilario. Su mirada se posa en cada uno de los finos encajes que componen la blusa de la muchacha.

Ella prende un cigarro, la fina llama de la fosforera ilumina un rostro joven y desmaquillado, a todas luces por el bregar de la mala vida. Hilario se aferra al escobillón como si fuese un apéndice indispensable. Ella guarda la fosforera mientras una risa sarcástica escapa de sus labios. Hilario se muestra algo confundido, empuja levemente el carretón unos metros adelante, hasta donde comienza la luz del poste de la esquina. Regresa cauteloso, sin levantar la mirada, como si estuviese en presencia de una reina. Ella se frota los pechos. Desafiando a la noche y al peligro que asecha voraz en cada encuentro desconocido, ella se le insinúa y rehúye. Aún proliferan los malos ratos que él pasó a la sombra del orfanato. La señora Inés, como todos le decían, nunca tuvo en cuenta sus inocentes llamados. ¿Cómo iba a enfrentar los volátiles pensamientos de un niño mediocre contra la bien ganada reputación de Francisco? Un veterano de Girón que los visitaba de semana en semana y cubría con sus sermones el apetito carnal, que le castró la infancia a Hilario. La muchacha le suelta una bocanada en pleno rostro, detrás de la nebulosa surge un semblante taurino que le agrieta el pómulo derecho. Ella desvaría, el cigarro se desvanece entre los adoquines. Hilario lanza el escobillón como si se tratase de un guerrero medieval: una, dos, tres veces sobre su pecho, quebrándole mortalmente el esternón. Una última estocada le desorbita el ojo derecho. El viento arrecia. La hojarasca se arremolina. Un hilillo de sangre se abre paso entre los vericuetos de la calle adoquinada. Hilario se arrodilla ante el cuerpo exánime y lo voltea. Camina hacia el carretón y toma un ladrillo. Regresa presuroso, su olfato se torna perruno. Amparado por las interminables sombras de los jardines la despoja de la indumentaria. Ubica el ladrillo debajo de la pelvis. Desenfunda su falo macizo y desanda sus cavidades, resuelto. La lluvia se desata sobre la humeante espalda de Hilario, mientras un placentero aliento escapa de sus fauces. El barrio duerme, nadie repara en el bramido de Hilario cuando sus caldos corporales se precipitan sobre los indiferentes glúteos de la muchacha.  

La lluvia ha hecho de las suyas con la sangre, llevándosela con rumbo incierto a las profundidades de la alcantarilla. Hilario cubre su dorso prusia y carga con el cuerpo ultrajado. Lo deposita en uno de los vagones de su carromato y emprende la marcha calle abajo. Antes de que la noche se desvanezca en el horizonte, se las arregla para cavar un hoyo. Valiéndose de una filosa hacha vierte en su interior el torso, los brazos, las piernas y la cabeza, no sin antes mirarle a los ojos por última vez. Ahora serás polvo, le dice, viéndola en el fondo del hoyo.  

Hilario se marcha a su guarida, una vieja casucha remendada con tablones de embalajes desechables. En su interior, malvive con una hornilla eléctrica, una vieja nevera que aún perdura gracias a su inventiva y un canapé donde reposa durante el día. Para bañarse va tres veces por semana a un baño público que está dos cuadras, antes de llegar a su humilde morada. Hilario se las arregla para esconder sus pertenencias de las sigilosas miradas de los vecinos de la zona, que no son mucho más adinerados que él.  

Las luces artificiales se adueñan de las cuadras de la calle 21 del Vedado habanero e Hilario emerge como un espectro que solo mira al contén. Somos tú y yo, se dice. Pasea el escobillón con sutileza, como si se tratase de una damisela. La luna se refleja en la opacidad de su ojo derecho. Detiene la barredura y se apoya en el escobajo: “Ven acá negro de mierda, ¿adónde piensas que vas?”, le gritó Aurelia, la afamada maestra de educación laboral, antes de lanzarle el borrador que le cegaría para siempre el ojo derecho. ¿Quién va a querer a un tuerto? pensaba Hilario, en el hospital. La justicia no llegó nunca para un adolescente como él: huérfano y negro. Años más tarde, con la conciencia marcada por el trágico suceso, Aurelia pasaría a ser la primera de sus víctimas. No tuve opción, piensa, todos me viraron la cara. No podía dejar que la maldita siguiera así, tan campante.  

Hilario armó su plan con la paciencia de un consagrado. Esa noche eludió la vigilancia de la casona donde dormían y no paró hasta llegar a la casa de la maestra. La exaltación citadina ahogó los gritos de Aurelia, cuando Hilario apareció ante ella con la determinación de hacerla suya mientras durara la noche. El falo de Hilario le mancilló ufano su más preciada flor. En vano le suplicó por su integridad, antes que él embistiera taurinamente su grupa, arrancándole un grito mudo que solo se hizo visible en sus lágrimas. Toda la noche estuvo Hilario sobre Aurelia. La maratónica jornada terminó desfalleciéndola en sus brazos, que impregnados de venganza no titubearon antes de quebrarle el cuello. Hacia el amanecer, Hilario se las había arreglado para limpiar las posibles huellas y enterrar el cuerpo en tierra de nadie. Estaba convencido que en el orfanato nadie dudaría de su bondad. ¿Quién no tendría lástima de un tuerto? pensaba.  

-Mira lo que haces –dice una muchacha. 

Hilario se sobresalta. Sus memorias terminaron arruinándole el vestido a una muchacha de cabellos áureos que no tarda en insultarlo cuando éste va en su ayuda:  

-Tenías que ser negro –le dice.  

La ira enluta el rostro de Hilario. Las dilatadas pupilas de la muchacha se tiñen con el flujo sanguíneo que estalla dentro de ellas. Sus fuerzas expiran, su aliento le sigue, sus manos ceden ante la estrangulación forzosa. Hilario no se detiene; preso de una fuerza ancestral, hunde sus pulgares en el ojo derecho de la muchacha, llevándolo hasta el seno craneal.  

Se pierde en la densidad de las calles del Vedado habanero llevando consigo el cuerpo exánime. Llega a su retiro, carga el cuerpo, lo tiende sobre el pasto húmedo y lo desviste como si se tratase de una rutina religiosa. Hilario se desprende de sus ropas, su falo embiste bravío las desprotegidas nalgas de la muchacha. Un torrente de goce lo embarga, aúlla, sus caderas danzan frenéticas. Hilario pierde la razón y cae sobre la muchacha mientras el falo se desprende de la presión acumulada.  

Vuelve en sí, toma una vieja pala y cava con premura, agarra el cuerpo de la chica y lo tira a la fosa, encima de otros dos. Antes de recubrir el hoyo, apedrea los cuerpos desanimados: conmigo nadie jode coño, piensa. Un vendaval se acerca, Hilario asegura el sitio a como da lugar y se marcha a la quietud de su casucha, que minutos más tarde se torna un jolgorio producto del golpeteo constante de la lluvia.  

 

Las sombras comienzan a alargarse dentro de la urbe habanera, poniéndole fin a la jornada de muchos, para Hilario, recién comienza. Sus brazos mecen el escobillón sobre el asfalto de la calle 21 como si se tratase de un baile nupcial. Piensa que pasa inadvertido a los ojos de los vecinos, que solo están pendientes de sus glamorosos pisos; que para ellos, él no pasa de ser un simple negro barrendero. Danza con la hojarasca que enturbia la calle y disipa los charcos que encuentra en su camino. Una música interior se adueña de sus pasos. El carromato cede ante los cortejos y se mezcla en la velada. Hilario está más allá de la calle 21, solo sus pies se aferran al firmamento. Se convierte en una presa de sus sueños. La función concluye con los llamados de un público inesperado:  

-Buenas noches, muchacho –dice un policía desde el carro patrullero-, ¿no has visto nada extraño por aquí? 

El pequeño reflector que el policía sostiene en su mano, nubla la visión de Hilario, que antes de contestar se hace a un lado de la calle.  

-Acá nada cambia, agente –dice Hilario, tratando de convencerlo.

La delatora luz vuelve a proyectarse incómoda en el rostro de Hilario.  

-¿Por dónde tú vives, muchacho? –dice el policía. El tono de su voz comienza a martillar los tímpanos de Hilario.  

-Cerca del río –dice Hilario, mientras se las arregla para escapar del perturbador destello.  

-Hoy descubrimos unos cuerpos por allá, gracias al aguacero –dice el policía. Su mirada descubre una opacidad sintética en el ojo derecho de Hilario que le hace dudar. Pide por la radio la descripción que diera un testigo del posible homicida. El ronroneo del motor del auto mantiene a Hilario ajeno. -Parece que tenemos un asesino suelto.  

-No debe haber sido fácil para esas mujeres –dice Hilario.  

El policía restringe el ceño, apaga el auto y acaricia la funda de su pistola:  

-Yo nunca dije que fueran mujeres -le aclara.

 

 

 

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