El acompañamiento
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« […] Si soñás algo con mucha
intensidad, se hace realidad
Proverbio argentino
La agrupación argentina Teatro Independiente Mercedes, que jerarquiza su directora fundadora, Adriana Bazzano, llevó a las tablas de la capitalina sala El Sótano un clásico de las artes escénicas porteñas, El acompañamiento, cuyo autor es el dramaturgo Carlos Gorostiza.
La trama gira alrededor de una broma que le hace un conocido a Tuco (Carlos Ferreyra), y le hace creer que ha «heredado» la voz del inolvidable cantante de tangos, Carlos Gardel (¿1897?, ¿1890? – 1935). Tuco abandona el trabajo para dedicarse en cuerpo, mente y alma al canto, y se encierra en una habitación de su hogar, para ensayar y esperar a que llegue el acompañamiento musical… con el firme propósito de presentarse en un espacio estelar de la televisión argentina. Así le ha prometido el bromista y él lo ha creído «a pie juntilla». Tanto es así, que se aleja de la familia y pierde el contacto con la realidad que lo rodea.
Con apoyo en una lectura psicodinámica de la obra, Tuco padecía de un trastorno mental de nivel psicótico, caracterizado —en lo fundamental— por la ruptura con el medio circundante y la liberación de los deseos reprimidos o no satisfechos, expresados a través del principio del placer. Mecanismo que se desarrolla en el inconsciente freudiano y condiciona el comportamiento psicosocial del sujeto. Esa es —en apretada síntesis— la explicación psicopatogénica que tiene la conducta anormal de Tuco.
La familia, alarmada con ese comportamiento morboso, busca ayuda en Sebastián (Alberto Rodríguez), su amigo del alma, para tratar de que vuelva —de una vez y por todas— a la cordura, a la normalidad.
Sebastián trata de enfrentarlo a la realidad, pero percibe de inmediato que esa actitud no alcanzará los resultados esperados, y consecuentemente, lo conducirá a un desenlace impredecible e imprevisible. Entonces, opta por cambiar de táctica y seguirle la corriente hasta que —sin tener plena conciencia de ello— se involucra en el delirio que presenta su amigo, y que —al entrar en ese círculo enfermizo— lo hará partícipe de una folie e deux («locura de dos», según la psiquiatría clínica francesa).
Para poder diagnosticar esa entidad nosográfica en la práctica clínico-psicológica o psiquiátrica, es requisito indispensable que uno de los dos tenga una personalidad fuerte e impositiva (Tico) y el otro una personalidad dúctil e influenciable (Sebastián).
En la locura de Tuco, Sebastián ve reflejado su fracaso existencial, por lo que ambos perdedores (sin sospechar siquiera que, en un momento determinado, pueden revertir la «mala suerte» y convertirse en ganadores), se abrazan a un sueño, devenido pesadilla, y que —al parecer— nunca se hará realidad.
Profesionalidad e integralidad identifican a los actores del hermano país suramericano que protagonizan ese divertido diálogo, que —por otra parte— invita a la reflexión serena y profunda, porque incluye formulaciones filosófico-antropológicas que no admiten la más mínima duda, no obstante la falta de cordura que prevalece en los dos personajes. A veces, las personas que —supuesta o realmente— han perdido la razón dicen verdades irrefutables. Ese es el caso de Tuco y Sebastián.
Ferreyra y Rodríguez no solo actúan, o sea, les prestan piel y alma a los personajes a los cuales les insuflan «vida» en las tabas, sino también cantan y bailan una milonga. Dominan, al pie de la letra, la técnica teatral y la proyección escénica, así como el lenguaje verbal (con esa forma única e irrepetible de hablar el idioma español que identifica a los rioplatenses) y gestual (en el escenario, son dueños absolutos de los movimientos corporales).
Al finalizar la obra, el público cubano los premió con una cerrada ovación que le hizo exclamar a Carlos Ferreyra: « ¡Viva Cuba, viva el público habanero!».