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Una irrealidad germinadora

Alberto Marrero, 09 de julio de 2013

 

Nadie ─o muy pocos─ escapan de las llamadas fantasías eróticas. Mi afirmación podría parecer una verdad de Perogrullo, y en  realidad lo es, solo que esta joven narradora me salva del ridículo con su talento para retomar un tema conocido y construir una historia breve (un mini cuento según los estudiosos), pero de una energía cautivante. Con detalles precisos que iluminan el vigor del deseo, una persona siente los latidos del sexo frente al espejo. Mojada, acabada de salir del baño, percibe que unas manos le acarician los senos y las nalgas. Lúdica, su mente se abre al placer o una suerte de túnel resbaladizo. Narrado con elegancia y desenfado desde la segunda persona, con un lenguaje salpicado de poesía y erotismo, el lector comprende poco a poco, lo que sucede. No hay intentos de engañarlo ni de conducirlo por falsos derroteros. Todo se dice con claridad y belleza. El final tiene fuerza: la realidad irrumpe con un silbato, un llamado que, lejos de deshacer el ensueño lo multiplica y lo extiende hacia lo tangible.  Sin embargo, la hondura de esta historia radica en lo que no se dice y que la autora logra sugerir, gracias a la intensidad, al estallido de ese punto que Cortázar nombraba y a partir del cual la anécdota toma una dimensión digamos cósmica.

Aida Elizabeth Montanarro Torres es una joven narradora y poeta con innegable talento y una obra en ciernes que gradalmente irá encontrando una irradiación mayor.  Es licenciada en Cibernética Matemática y miembro del Grupo de Creación Literaria Expedición. Ha recibido premios y menciones como el Primer Premio 2012, Tercer Premio 2008 y Primera Mención 2007, en el género cuento del Concurso Luisa Pérez de Zambrana; así como mención, en cuento, en el Concurso de Literatura Erótica Farraluque. Su poesía ha sido publicada en Instantes como islas (haiku), por el Grupo Expedición, Ediciones Latin Heritage Foundation, 2012.

                                      

Reflejo

 

Elizabeth Montanarro.

Mención Farraluque 2009
 

Sales del baño y detienes la mirada ante la figura desnuda que devuelve el azogue. Liberas un intenso suspiro y notas que toda la habitación se empaña ante tus ojos. Adviertes unos pechos pequeños, casi planos, de aureolas minúsculas y rosadas. Cierras los ojos y lo sientes a él detrás, acariciando unos senos formidables, jugosos, de pezones oscuros y puntiagudos que se hinchan al tacto de la saliva tibia que les impregna la mítica lengua, hasta arrancarte un desesperado gemido que denota el deseo incontenible de su sexo. Adviertes los rayos de sol que penetran por la ventana y piensas si algún vecino esté parado tras la suya mirando al interior de tu habitación, pero apartas esos temores y reparas en tus caderas, bien lejos de parecer las de una auténtica criolla que se pasea por la acera del Malecón, al acecho de algún extranjero que la invite a pasear o la saque del país. Regresas al ensueño y es cuando él aferra las fuertes manos a esos voluminosos glúteos que crean tus instintos; los aprieta con furia, penetra en lo más profundo de tu caverna, disfruta la humedad y el calor que le ofreces… El sonido de un silbato proveniente de la calle, te apaga la fantasía.

 -¡El pan!...

Sientes el hambre golpeando las paredes de tu estómago, cubres con la toalla el sexo erguido y te asomas al balcón. 

-Acabo de salir del baño. Sube, que ahora mismo pensaba en ti.

 

 

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