Ah, tú que escapes*
Esto es una variación, esto es una cosa que se parece a otra, esto es el principio, esto es sin lugar a dudas, lo que no está-allí.
Ante la pregunta al vacío —vacío convertido en asimilación— se comienza a establecer un sistema de alcance hacia la cosa. En ese sistema, todavía sin nodos, una línea que tiene principio y fin —es decir un vector— se esclarece. El punto de partida del vacío se transforma en el caos que vendrá.
La nada es lo existente antes de adquirir fronteras, por tanto el vacío tiene límites, una delgada franja, una membrana que establece para delinear, en dos primeras dimensiones, lo abstracto de la nada.
Si el poema está allí y solo requiere ser escrito por la necesidad de fondo de establecer una comunicación vital con la cosa-que-se-nos-escapa, y necesita mostrarse sobre un papel, que lo atrape y rivalice con otras voces, entonces el poema parece una asimilación del diálogo.
Esa nada palpable por su membrana, que está vacía, comienza a mostrar una estructura personal e introspectiva que viaja en círculos. Caer hacia el centro, es la descripción más cercana de una espiral que yace sobre la experiencia del que escribe eso que oye. La imagen se confunde con la música, esa otra forma inalcanzable.
Si el poema es una experiencia que se desplaza hacia algo tangible, travieso e inefable, también una forma alada vendrá con la nobleza de hallar algo único y bello. La sintonía de la vibración, que se muestra en ese erizamiento cuando damos por dicho una verdad, despierta la ausencia que estuvo; el regreso a esa nada que se transformó.
Al leer se intenta visitar razones y verdades ajenas que se enraízan en el cuerpo, consumando, con cada lectura, una sobre-experiencia. Se encona el paso. Se pregunta y la pregunta retorna como un juego, como un distraído y asombrado juego que no resuelve y que, dada nuestra ignota sapiencia, está destinado a cerrar el paso a cada avance.
La nada propuesta (membranófona) sobre la pregunta, se oculta cuando por acto divino se conmuta la salud del puente, sus pilares en pleno crecimiento destacan otra consecuencia del vacío. Otro matiz que está allí, a la orden; no negada a mostrarse si hundimos la imagen en su centro.
La primera dimensión de la nada es ese caos efervescente, donde recuerdos y figuras destripadas por la impresión plástica se conjugan, atrayendo un no-nato conflicto, obligado a escoger entre qué se hace frente a la nocturnidad de ese fluir y la croma que se juega la vida dentro y al centro de la espiral. Blandir los huecos del caos, que se agolpan por cada nuevo destino de lo-que-se-quiere-decir, es, alternativamente, montar el caballo de coral, atrapar el aleph, no arrojar el zahír, tener “lo que es estar y permanecer siempre y en todo momento vivo”.1 Pero eso que lo define (al caos), que es la angustia, destaca la fuerza del camino. Esa fuerza es inversamente proporcional a la longitud de la distancia entre el chispazo de la idea y el compacto mensaje de un poema.
En el caos, el arrecife que inspiró a un hombre puede alienarse y distinguirse; el borroso recuerdo del nacimiento puede deslumbrar al acto poético que es concebir una novela; la paradoja del alba puede desenlazar el grito, como un acto puro. De donde viene esa acción, viene también el estrés de la concepción, un clavo que barrena, una operación que busca agarrarse en todo y a todo.
Su primera descripción es la no-descripción, o mejor la imposible-descripción, puesto que de eso-que-bebemos, mana una semejanza. Y su individualidad asemejada se asoma en la frontera de la palabra, quizá el grito gutural y primigenio del llanto o el éxtasis. De su evolución hacia el orden, como acto puro de orden, se sacan los retazos, como de una bolsa de los vientos entregada a Ulises, astuto zorro, hacedor de puentes.
A esos retazos organizados, se le confiere el matiz de la coloratura. Se convierte en el animal que casi nace, la imagen del búfalo que cierra los ojos, la tundra asesina el agua del Niágara. Y la disposición deseada en la estructura planta su peso en la hoja de papel.
El caos que tanto magnifica, nacido del vacío y antes, de la nada, que tiene elementos ruidosos y otros accesibles para consumar el objeto que llaman poema, se dilata en la palabra.
Conectados caos y palabra, se resumen en otras significaciones, se trasmutan en símbolo, causante de los vectores que se relacionan; a partir de este punto conviene llamar árbol, árbol de símbolos, porque erige dudas y lo aleatorio del escoger sus frutos es una amenaza que a veces doblega ciertas luces. Pero el árbol no tiene sentido si las raíces (que se hunden en la nada), no fueron depositadas en una plataforma, entonces la plataforma (no simbólica, que es otra cosa) del símbolo, es una tierra fértil que no escapa; si escapan del árbol los frutos, por madurez, por gravedad, por consecuencia, los distintos nombres de los frutos de este árbol vectorial se diseminarán entre las manos del que escribe. Acto que “que quiere decir el secreto”.2
La otra dimensión es el tiempo, opaco señor —adúltero— que tiene como costumbre huir de lo pictórico —lo plástico le enerva, lo asusta, lo bifurca— y, en el otoño, besa el ocre de las hojas; el tiempo (que es lo decisivo), camina por un parque de estatuas que se mueven al ritmo de los días. Y luego de ordenar el caos, apura el cierre de esa ventana de luz, esa pequeña mueca iluminada, porque la luz que retrae parte del avance cuando impacta, reflexiona e inflexiona la dirección del objeto que llamamos poema.
En el punto que se alcanza la imagen y todo adquiere vida, una cresta natural sobreviene, y parece que alcanzar la verdad es solo el principio.
El poema en acción, el poema que cae, el poema que, absurdamente, consigue entablar el puente, no siempre besa la eternidad, no siempre alcanza los oídos, no siempre ejecuta y modifica la forma con la suavidad con que afina.
Como el futuro de la pregunta viene en cristales ambarinos, y el silencio ennoblece el acto puro de sentir la plataforma, una secuencia gustativa reseca la operación mimética. Espejo que huye, el poema, devolviendo la escapatoria.
En el juego de cazar el “poeta es el hombre devorado por la nostalgia”3, sale a decir eso que le ha nacido y tiene que saltar por encima de la muralla. Los ladrillos de la muralla, hechos de la angustia del escucha, llueven en imágenes, que se transforman a su uso y semejanza; así lo que fue, es de otro sabor en otros paladares.
Repica esa nostalgia y se aleja por entre los oídos sentados y expectantes, listos para seducir a la palabra y destronar el resultado. Eso que se ha dicho frente a los filosos ojos de la lengua y que viene a preguntar: ¿qué coño es la nada?, exigiendo respuesta, se destruye cuando la armonía es un puente y todo el festival regresa entre luces multicolores.
La angustia de la respuesta padece de criterios que se nutren del dragón, del tigre, del venado, de un elefante que tropieza. La fuerza que se distingue entroniza a la belleza. Donde lo bello es la expectativa. Se entrega una astuta rivalidad de categorías.
El azar de lo no-extraño, único remedio a los puentes, es posible que diera un carácter de acero a la palabra no dicha y un carácter de agua quieta e inamovible al discurso en versos del poeta, que fue el animal nacido en el encuentro. Y aún más adentro, las no-categorías —que en Estética ahora sugieren destinos prístinos de sus niveles permeados—, impactan como una bola de fuego en la organicidad plástica del poema; recortan en detalle la sombra, impregnando el aliento y el vuelo; estallan (a veces) en golpes blasonados y recuerdan lejanas aventuras de otras voces que ayudaron a pisar fuerte sobre la ceniza.
1 Zambrano, María: Hacia un saber del alma, Alianza Editorial, 2000.
2 Ibid.
3 Ibid.
* Variación de “Ah, que tú escapes”, de Lezama Lima.