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El pan de la guerra

Alina Iglesias Regueyra, 14 de julio de 2013

Cuando la guerra se hace cotidiana, las personas que la viven comienzan a considerarla como algo normal, un estatus inamovible al cual hay que adaptarse para sobrevivir. Esta es la tristísima óptica de la canadiense Deborah Ellis en El pan de la guerra, primera parte de una trilogía aterradora y espiritualmente nutritiva, centrada en el conflicto afgano desatado a partir de la toma del poder por las milicias talibanes.

Es una verdadera pena que la edición de 2009 en la Colección 21 de Gente Nueva tenga un papel de tan baja calidad. Las hojas del volumen que adquirí, justo en el momento de su salida a la luz, se han amarillado y oscurecido notablemente apenas cuatro años después.

El prólogo del reconocido profesor Reynaldo Sánchez Porro constituye, en sí mismo, una vasta lección de historia de Afganistán que nos permite comprender la naturaleza y los entresijos del conflicto. El profundo análisis nos sitúa en una realidad donde:

Los talibanes no son una fatalidad que inexorablemente debía ocurrir sino un salto atrás provocado por la interrupción de un proceso que, en todos estos campos, apuntaba en dirección contraria. Debido a ello, en el Afganistán actual las mujeres viven menos que los hombres, 46 años contra 47 sus varones, y en conjunto hay solo un 36 % de alfabetizados. Pero si cruzamos la frontera norte, hacia las repúblicas que fueron socialistas, las cifras resultan concluyentes. En Tadzikistán, Uzbekistán y Turkmenistán la relación entre lo que vive una mujer y lo que vive un hombre es de 71 a 65, 72 a 66 y 70 a 63 respectivamente. O sea, que las mujeres viven 6 o 7 años más que sus parejas masculinas, y entre 24 y 26 años más que las afganas. Y en cuanto a la alfabetización, entre los tadzhikos alcanza el 99,4 %, entre ls uzbekos el 99,3 % y el 100 % para los turkmenos, según The World Almanac, New York, 2004. Los hechos, evidentemente, siguen siendo testarudos.

Así nos habla el doctor Sánchez Porro antes de comenzar la desgarradora novela que narra la historia de Parvana, una adolescente de 11 años, hija de dos profesores desempleados. El padre, que impartía Historia —los talibanes consideran absurda la profesión—, ha sido mutilado por la tortura y lamenta la pérdida en la guerra de su hijo mayor. Este cabeza de familia será capturado por la milicia en el poder, apaleado delante de su familia (escena tan horrorosa como dolorosamente descrita) y secuestrado en un lugar desconocido, por lo cual deviene uno de los tantos desaparecidos que su prole sueña con rescatar.

Para mantener a su familia, compuesta de dos hermanas más, un bebé y la madre, la heroica Parvana tendrá que disfrazarse con la ropa de su hermano muerto en combate para procurar el alimento fuera de casa, pues a las mujeres les está prohibido andar solas por la calle, a rostro descubierto, según la extremista facción del Islam que gobierna el país. La niña devenida varoncito ocultará sus nacientes atributos femeninos entre paños, aun cuando no sean muy evidentes debido a la delgadez y debilidad que afecta a toda la familia por la pésima alimentación y las condiciones de hacinamiento en que viven todos, en una sola habitación con un solo acceso, si es que puede llamársele así a la escalera de peldaños salteados del viejo edificio donde se encuentran refugiados.

La jovencita deberá trabajar en el mercado cercano vendiendo sus recuerdos familiares y ropa adquirida cuando la civilización reinaba en su patria y un profesor de historia era necesario y bien considerado. También se dedica a cobrar por leer, un hecho sorprendente en pleno siglo XXI. Conmovedora es la escena donde se le aproxima un soldado talibán para requerir la lectura de una carta de su esposa, y Parvana trueca su miedo en conmiseración y asombro, al ver las lágrimas del hombre brotar ante las palabras que le dedica la mujer. Es en este momento de puro existencialismo cuando la niña se pregunta: ¿cómo es que pueden amar y, a la vez, comportarse tan cruelmente?

Más emocionante es la escena donde los talibanes agrupan a varias personas en un estadio y, cual espectáculo macabro, mutilan a espada limpia a un grupo de prisioneros, remedo de aquellas peleas de gladiadores donde constituía un placer ver sufrir y morir a los semejantes.

Sus esperanzas de volver a estudiar, de casarse con un hombre bueno como su padre, que le permita trabajar y emplear su brillante inteligencia, y de salir descubierta a pasear con su familia, son sueños recurrentes en la adolescente y sus amigas, quienes mutuamente se ayudan en la diaria supervivencia a que las somete una sociedad donde el absurdo, cual pesadilla inacabable, marca la cotidianidad.

Sentimientos de identificación psicológica y dolor entrañable logra provocar la autora en estas páginas, aconsejadas para educar a esa adolescencia torpe y superficial que pulula en la actualidad y que en modo alguno podrá construir un futuro y apreciar los dones de la vida civilizada sin conocer los males del mundo cuando reina la injusticia. Exigente misión cumplida por Deborah Ellis, quien vuelca en su novela sus propias experiencias como colaboradora en campos de refugiados en Pakistán.

Este libro se publicó en Cuba con el auspicio del IBBY (International Board on Books for Young People) y contó con la excelente edición y corrección de Alberto R. Roque, las interesantes, expresivas y sintéticas imágenes de cubierta e interiores de Yahilín Pérez, y el diseño de cubierta de Armando Quintana. Un volumen que proponemos para padres, maestros y adolescentes, con el fin de sembrar la semilla de la justicia y la paz en todos los corazones.