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El viaje de Parvana

Alina Iglesias Regueyra, 16 de julio de 2013

—¡Otro niño muerto! (…) ¿Cuántos niños afganos muertos necesita el mundo? ¿Por qué ansía el mundo las vidas de nuestros hijos?

Expresiones como esta se incluyen en boca de los personajes adultos de El viaje de Parvana, segunda parte de la trilogía concebida por la canadiense Deborah Ellis como denuncia literaria de la guerra en Afganistán. La autora, nacida en 1960, se destaca como periodista comprometida y escritora responsable en esta encomiable obra que nos lleva hacia el corazón mismo del conflicto a través de ojos infantiles. En ellas están presentes las dolorosas vivencias conocidas en su labor solidaria en campos pakistaníes de refugiados afganos.

Si dijera que el libro es entretenido, no mentiría: la consabida excusa del viaje como hilo conductor de la diégesis vitaliza la novela de manera extraordinaria. Su discurso ligero, limpio, sencillo y directo, como el de un auténtico infante, hace que la lectura de tantas peripecias desventuradas no devenga travesía penosa, suficiente para deponer las armas.

La protagonista es una inteligente y cautelosa adolescente con nombre de montaña elegido por su padre a la vista de la más bella elevación de la capitalina ciudad de Kabul; un simbolismo para nada vano, pues la chica se yergue como fortaleza protectora, no solo de su vida, sino de otras vidas pequeñas que la rodean o se va encontrando por el camino.

El relato se inicia con el entierro de su padre, y enseguida vemos cómo la heroica joven ha debido continuar disfrazada de varón para sobrevivir a las imposiciones impuestas por el régimen talibán a la población femenina: sólo así puede conseguir el alimento para su familia, trabajar y andar por las calles.

Una obsesión la guía tras haber encontrado y perdido a su padre: hallar al resto de su familia, a sus hermanos y su madre. Una nueva familia la acoge, mas pronto descubre que pretenden entregarla a los guerreros a cambio de dinero, y nuevamente debe huir atravesando los inmensos desiertos afganos. Para no olvidar sus conocimientos, la vivaz mozuela repite las tablas de multiplicar mientras camina, recordando los ejercicios que su padre le aconsejara para ejercitar el cerebro, bajo la divisa: “Nuestra clase es el mundo”. Con estos pequeños detalles que salpican la narración, la autora nos ofrece, entre líneas, un interesante y peculiar manual de supervivencia, no solo material sino espiritual para inculcar a nuestros hijos, por muy difíciles y adversas que sean las condiciones externas.

Entre los personajes que marcan la existencia de Parvana en las muy lamentables condiciones del abandono en medio de una guerra, se encuentra la mujer gimiente, que ni siquiera la escucha, sola en la cima de una colina. Lo ha perdido todo, hasta la esperanza. Deborah Ellis describe este estado supremo de depauperación humana con caligrafía sensible y realista, firme y desgarradora.

El siguiente es un bebé semiaplastado por el cuerpo sin vida de su madre, quien intentaba protegerlo de un bombardeo. Él le hará compañía y se convertirá en su hermano de infortunios, juntos compartirán las escasas provisiones que encuentren en pueblos abandonados y la sorpresa de hallar a un tercer niño de la guerra, como llama la escritora a aquellos a quienes dedica su obra.

Tampoco Parvana deja de escribir: lo hace a diario, en su viejo cuaderno escolar, a su amiga Shauzia, y a través de este recurso de introspección de la figura protagónica se nos revelan importantes meditaciones existenciales en torno a la naturaleza de la contienda bélica, de la muerte provocada, de la infancia abandonada y sometida a situaciones extremas, de la importancia de conservar la calma, la lucidez y los sentimientos más nobles, como la camaradería, la solidaridad y la amistad, en situaciones harto difíciles en las cuales, por lógica, prima el instinto animal de supervivencia.

Credibilidad y verosimilitud son dos valores que ostenta la novela: niños sin juguetes y sin ánimo de juegos, que huyen constantemente de los campos minados con crueles y cínicos adornos multicolores, se entretienen apenas en entonar cantos infantiles y contar estrellas fugaces antes de dormirse con hambre y extrañando a sus padres. Tomando como premisas los recursos del reportaje, la autora nos describe el horror de un bombardeo en todos sus detalles, la riesgosa y desesperada acción de los hambrientos pequeñuelos al tomar alimentos lanzados sobre los campos de minas, y la proximidad latente y patente de la muerte, al ocurrir finalmente la desaparición del último integrante de la original tribu menuda: la pequeña Leila; un suceso que cierra la aventura y, a la vez, abre una puerta de esperanza al reencontrarse Parvana con su familia en el campo de refugiados de la frontera.

Recomendado por el IBBY (International Board on Books for Young People), el texto fue editado por Néstor Cabrera, con composición y diseño de cubierta de Armando Quintana. Las ilustraciones de la trilogía son de la autoría de Yahilín Pérez, quien ofrece un trazo ágil y sintético para resumir en viñetas y portada la esencia de lo narrado o descrito.

Por su valor hondamente humano y su impactante escritura, considero transcendental para la adolescencia de cualquier país civilizado, ajeno a contiendas bélicas y a todo tipo de sucesos violentos, el conocimiento y análisis de esta imponente obra. Recordemos al respecto esa frase lapidaria de otro grande de las letras universales: Ernest Hemingway, cuando alertaba en su monumental novela: “Nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”. Y esto es válido para seres humanos de todas las edades.