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La Catedral de los Negros, una novela de savia amarga

Leonardo Depestre Catony, 22 de julio de 2013

Del libro La Catedral de los Negros puede decirse lo que del tamarindo: eriza la piel, provoca escalofríos, pero queda, inmediatamente después, la sensación de la fruta auténtica, porque produce el placer de las lecturas que lo dejan a uno haciéndose preguntas, queriendo conocer al autor, saber más.

Confieso algo: es el primer libro que leo de Marcial Gala, y hasta he rastreado en EcuRed para buscar sus datos, por cierto, inmerecidamente escuetos. Nació en Cienfuegos, algo esperado por el dominio que revela de la ciudad en su libro, y anda por los 50 años, lo cual también se colige del tratamiento del lenguaje, los temas, el entorno social y político. De interés descubro que tiene publicados alrededor de diez libros, y es uno de esos casos de autores de provincia que desde el terruño lanzan producciones capaces de estremecer la literatura actual.

Ya es hora de decir que La Catedral de los Negros ganó el Premio Alejo Carpentier de novela correspondiente a 2012, que está recién salido de imprenta (Editorial Letras Cubanas) y probablemente muchos lectores aún no lo han tenido en sus manos.

No es frecuente (al menos piensa así quien escribe este comentario) que los protagonistas de una historia escrita en Cuba sean asesinos implacables y que uno de ellos esté en una prisión norteamericana a la espera de la inyección letal. El tema, en otras literaturas, puede tal vez hasta ser recurrente, mas no en la nuestra.

El testimonio que cada personaje, cada carácter, nos entrega, da cuerpo a la obra, desarrolla la trama, y descubre un tenebroso recorrido que en algunos casos se prolonga extrafronteras.

El lenguaje es acre, marginal, proliferan lo que eufemísticamente llamamos "malas palabras" justificadas aquí en las voces de sus testimoniantes. No puede ser de otro modo. Diríase más: Gala, el autor, maneja con extremo acierto el habla, incluidos los sobrenombres asignados, al punto que el retrato de cada personaje se delinea a partir de su manera de hablar, más que por la de obrar. Pocas veces, confieso, es tan decisiva le presencia de un lenguaje duro y vulgar, de una jerga marginal y cruda, como en La Catedral de los Negros. La crueldad, la violencia, la deshumanización, la hipocresía, la avaricia, el desamor, la cobardía…también la ingenuidad, la esperanza, el sexo, la locura, la ignorancia… entrecruzan sus caminos. Pero además, un espíritu deambula por las páginas de este libro, las permea de un toque de fantasía, las nutre de un componente real-maravilloso, y por si fuera poco, algunos personajes reales se interpretan a sí mismos, incluido el autor,  de fugaz presencia, lo cual nos recuerda la técnica del cameo cinematográfico.

A la suma de los caracteres humanos se incorpora otro, la ciudad de Cienfuegos, transparente telón de fondo que acomoda las situaciones, aunque no sean privativas de la bella urbe sureña.

Esta es lectura que se disfruta, aviva el interés, se agradece. Aprieta la boca, como el marañón y el tamarindo, mas deja regusto. La catedral cuya construcción parece nunca terminar y por último se malogra es el sostén del andamiaje narrativo. Sus fisuras son las de sus armadores, las que la fiebre de la voracidad descubre entre testimonios que no desdeñan un humor tan sarcástico como eficaz.

“… entonces comprendimos que éramos una tribu, la tribu perdida y la catedral quedó sola, desafiando el viento, sirviéndole de gigantesco nido a los pájaros. Quedó sola como cohete que nunca despegó…” (p.151).

La foto de fondo de la cubierta del libro es elocuente. No revela sino lo que lógicamente ha de suceder al final. Y es que no se pretende el suspense, sino la búsqueda de una sucesión de conductas, alertas críticas, medulares para la sociedad.

Poco sabemos aún sobre Marcial Gala, el autor de este libro. Preguntará él para qué, si ahí está su obra. Sorprendente, madura, original. Y tiene razón. Ya habrá tiempo para leer otras obras suyas.

La Catedral de los Negros
, una excelente novela cubana con planos de tragedia griega, espera por los lectores. Sea en librerías, en bibliotecas o estanterías familiares. Aunque como se aconseja de algunas películas, no sea apta para menores.