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Los caminos hacia Santiago (2)

Luciano Castillo, 23 de julio de 2013

Para conseguirlo, los guionistas insertaron en el trayecto de Juan de Amberes en búsqueda de fortuna hacia la Tierra de Jauja, a personajes creados por el novelista en otras obras. En el conglomerado que profiere gritos e insultos contra los condenados en una plaza de Burgos, en medio de un acto de fe, la mirada del joven descubre a una religiosa, de frágil vocación, llamada Sofía (El Siglo de las Luces), quien luego reaparece entre los pasajeros del barco que les conduce a tierra americana. Seducida por la seguridad del joven, ella, trata de disuadirlo en su empeño, en esta secuencia, ubicada en la cubierta, tras el grito de «¡Tierra!» por el vigía:

P.C. de Juan que camina a pasos largos y decididos, seguido por Sofía, la cual le habla en un último y desesperado intento. Pasan por entre los grupos de viajeros alborozados que no les prestan la más mínima atención.
SOFÍA: América no es lo que te figuras... muchos han muerto en las selvas donde se dice que está El Dorado... ¡No existe!... ¡En América no hay portentos...
Han llegado junto al alcázar de popa, frente a un cofre de madera adosado al tabique; Juan alza la tapa del cofre y saca de él algo envuelto en una lona, mientras Sofía insiste. Están ahora totalmente solos.
SOFÍA: ¡El oro no madura en los árboles... hay que arrancárselo a la tierra y a los ríos!...
Juan la mira con sonrisa incrédula, obcecado, mientras desenvuelve la lona y saca de ella su tambor.
SOFÍA: ...¡Todo el precio de corromperse uno mismo, de esclavizar y asesinar!... Juan, existe la felicidad, pero hay que buscarla en otro camino...
Se miran; en Juan hay de nuevo una ligera vacilación, va a hablar, pero nuevos gritos y voces lo interrumpen. Juan se vuelve.
P.A. Los viajeros apiñados en la borda señalan, entusiasmados, hacia nuevos puntos.
P.G. (Desde cubierta). La tierra más cercana. Gaviotas y otras aves marinas vuelan alrededor del barco.
P.C. Más cercano de Juan y Sofía. Juan se vuelve hacia la mujer al sentir que Sofía pone su mano sobre la de él en un gesto dulce y amoroso.
SOFÍA: Podemos quedarnos en Cuba...
Juan, con gesto duro y cruel, aparta la mano de la de Sofía, mira inflexible, firme y tozudo.
JUAN: Yo no vine a cultivar la tierra, sino a buscar oro.
Y se echa a correr hacia el grupo apiñado en la borda. Lo seguimos.
P.M. de Sofía en medio de la cubierta. Las cuentas de su rosario, probablemente roto por un tirón de sus manos, ruedan libres sobre cubierta.
Comienza un redoble de tambor1.

La desilusión se apodera de Juan el Romero a su llegada a una pútrida San Cristóbal de La Habana, donde reinan comadreos y corrupciones con igual rango. A la estancia en una ciudad de tejados y chozas hacinados, con un calor envenenador de humores, según la describe Carpentier, los adaptadores conceden mayor espacio que en la propia narración a las gestiones del protagonista con un maestre por medio de un personaje llamado Carrizo, para abandonar la Isla en un bergantín a cualquier punto del Caribe, «con tal de salir de este infierno»; un absurdo incidente en la Calle de la Carnicería, donde una turbamulta se disputa una cabeza de puerco, en el que Juan, uno de los participantes, es capturado por dos guardias, por el hurto de la oreja del puerco de marras.

En el Castillo de la Fuerza es conducido a la Sala de Armas ante el Capitán Don Rodrigo Flores de Peñanegra, quien le reta a redoblar su tambor, «con fuerza y sin perder el compás», en la explanada de la fortaleza, de la mañana al ocaso. Admirado por tal tozudez, Don Rodrigo reclama los auxilios de una mujer india, Doña Francisca, para que ayude a recuperar con sus brebajes y compresas al desvanecido muchacho. Tras un acto violento —la cuchillada al genovés Jácome de Castellón por fullerías de dados en un bodegón—, Juan se ve obligado a convertirse en un fugitivo que huye hacia el monte y, enfermo, es acogido en un palenque de cimarrones. Los guionistas incorporan otra mujer a Doña Yolofa y Doña Mandinga para cuidar y velar sus delirios: es Rosario, la de Los pasos perdidos. Al interrogarla el joven sobre su procedencia, establecen este diálogo:

JUAN: ¿Cómo llegaste aquí?... ¿De dónde vienes?...
Una ligera sombra de tristeza aparece en los ojos de Rosario. Se levanta, sin dejar de mirar a Juan.
ROSARIO: Huyendo... todo el que llega aquí viene huyendo...
Juan la mira suspicaz, extrañado.
JUAN: ¿Tú?... ¿De qué huías?...
Rosario lo mira firme y seria, con dulzura.
ROSARIO: Vine con un hombre... Buscábamos algo mejor de lo que teníamos... Él se fue hace tiempo.
Juan la mira, dudando.
JUAN: ¿Y si volviera?
Rosario niega con la cabeza, segura. Sonríe tiernamente.
ROSARIO: ...Estoy sola...
Juan, ardiente y fascinado.
JUAN: Rosario...
P.A. de Rosario bajo el cobertizo, rodeada de flores y frutas2.

 

1Manuel Octavio Gómez, Antonio Benítez Rojo: guión inédito de Guerra del tiempo, pp. 56-57.
2Ibíd., pp. 103-104.