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La palabra a través de los siglos y los credos

Fernando Padilla González, 24 de julio de 2013

El carácter efímero de la palabra es desde los tiempos de la ilustración un tema polémico. Fuente de infinita sabiduría, la tradición oral fue el medio expedito que encontraron los hombres de la antigüedad para trasmitir experiencias y perpetuar costumbres, que en el devenir de la humanidad arraigaron como esencias de las diferentes culturas en el orbe.

La creación de la imprenta moderna por Johannes Gutenberg a mediados del siglo XV, y mucho antes las representaciones pictográficas conocidas como arte rupestre, practicadas en los abrigos rocosos o sistemas de espeluncas, la escritura de caracteres sobre tablillas de barro, papiro o papel de arroz, intentaron capturar los saberes antiguos y plasmarlos en soportes más duraderos que permitieran legar a las generaciones venideras los valores cognoscitivos atesorados durante los primeros siglos de la historia de la civilización, o simplemente, diversificar su acceso a los privilegiados del período clásico, medieval y renacentista que sabían leer.

La transmisión de los dogmas de la fe, en el caso de la religión cristiana, o de la cosmovisión de los filósofos orientales fueron temáticas recurrentes que influenciaron o se impusieron por los más diversos intereses a grandes masas poblacionales, a quienes se les trasmitían a partir de la prédica o la representación iconográfica de la escritura o la palabra.

Precisamente, la confluencia o el intento de encontrar paralelismos entre dos obras de la antigüedad, el Tao Te King y La Biblia, fue el propósito de la narradora crítica y poeta guantanamera Mireya Piñeiro Ortigosa al plantearse la concepción de la obra Tao Te King, versión comparada con La Biblia, editada recientemente por el sello del guaso El Mar y la Montaña.

Desde una óptica de estudio filosófico, inscrita en las nuevas corrientes de enfoques analíticos de las Ciencias Sociales y Humanísticas, la autora se propuso en primera instancia la realización de un compendio de las diferentes versiones existentes de la obra de Lao Tsé, con el objetivo de ofrecer al lector cubano un acercamiento lo más completo posible, del clásico de la cosmología china a veinticinco siglos de su concepción.

Tras consultar y poner a dialogar los textos Tao Te King publicados en 1994 por el Centro Provincial del Libro y la Literatura de La Habana, la versión compendiada en Sabiduría China de Lin Yutang, que vio la luz en la colección bonaerense Academus de 1945 y finalmente, una primera edición madrileña de 1982 al cuidado de Luis Cárcamo, la artífice del presente volumen decidió añadirle un detalle diferenciador al libro, que si bien no garantizaba un aspecto de originalidad en sí mismo, sí la comprometía al adentrarse en un terreno sumamente escabroso, sobre la base de establecer ciertas analogías entre la obra de Lao Tsé y la Sagrada Escritura del Cristianismo, en apariencias antagónicas.

En tal sentido, afirma Mireya Piñeiro en el prólogo a la edición:

Como soy una lectora desordenada y más bien emocional de La Biblia, le pedí auxilio a algunos amigos, conocedores profusos de la misma por su filiación con algunas denominaciones cristianas que apelan constantemente a sus referencias. Sin dejar de agradecerles la buena disposición ante mi solicitud, debo admitir que sus gestiones no se ajustaron al sentido último de mis propósitos, porque en la mayoría de los casos se impuso un espíritu de refutación, probablemente obligados por su comprometimiento con los enfoques teológicos de sus respectivos credos. Y como en mi ánimo no estaba polemizar ni poner en evidencia contradicciones o disonancias, sino todo lo contrario, advertir sobre las pulsaciones comunes, sobre las evidentes sintonías que por momentos vibran en estos dos libros fundacionales, me quedé sola. Sola con mis insuficiencias, que en muchos casos no me permitieron considerar todos los ecos y establecer otros posibles reencuentros, inadvertidos por obra y desgracia de mi desconocimiento.

La autora es del criterio que al presentar la obra en toda su magnitud, el lector no solo gozará del disfrute lectivo, sino que también podrá comprender la cosmovisión de la filosofía china y la sabiduría atesorada por Lao Tsé, quien vivió y retrató en palabras el enigma y la belleza de los tiempos en que el milenario pueblo oriental avanzaba en el campo de la ciencia y el humanismo, a través de la invención del fuelle, la pólvora y el timón, a la par que descubría las sensualísimas texturas de la seda o la posibilidad de consumir nidos de golondrinas como un delicado manjar, características o circunstancias que modelaron una cultura ajena al concepto de oposición, erigida sobre la cimiente de que la vida se rige por el flujo del cambio.

Cuenta la tradición que Lao Tsé concibió el Tao Te King, cuya traducción podría significar “el camino de la virtud y el poder”, al arribar al puesto fronterizo de Han Kú, donde el oficial a cargo le solicitó como obsequio un libro, donde relatase la esencia de su doctrina. Tan solo una centena de jornadas necesitó el sabio para acopiar en cinco mil caracteres los postulados de su filosofía o como plantea la autora:

…cinco mil poemas dibujados que representan cinco mil atisbos para la mente occidental, por que los caracteres chinos son figuras que representan palabras completas —enorme reto para los sinólogos europeos que realizaron las primeras traducciones del libro—. Para imaginarlo, basta pensar, por ejemplo, que el signo que refleja a un hombre mirando caer las hojas sobre las aguas de un estanque representa la palabra melancolía.

La presentación del Tao Te King con anotaciones o referencias al pie de versículos o pasajes bíblicos, que pudieran guardar similitud con el discurso del texto clásico chino, va mas allá de la simple analogía o recurrencia a la similitud del lenguaje o enseñanzas en ambas obras, y abre un amplio camino —controvertido— sobre las percepciones filosóficas entre ese línea imaginaria, en ocasiones endeble, que demarca la corriente de pensamiento oriental de su homóloga occidental.

Para finalizar, la autora recurre a una frase de Frei Betto que minimiza los dilemas entre las diferentes concepciones de vida: “Todos estamos hechos, literalmente, de polvo de estrellas”. A la que hace acompañar de una anécdota recogida por el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal en Vida perdida, cuando un norteamericano de culto católico, al participar en una sesión iniciática religiosa de los pieles rojas, le comentó al oficiante indio su deseo de abandonar sus creencias anteriores para profesar el culto de la población nativa, a lo que el chamán  contestó, argumentando que nada debía cambiar, porque el Dios de los católicos y el de los pieles rojas y el de todas las religiones es el mismo.