Una atípica historia de amor con osos de Kamchatka
Andrés, la actual pareja de Karla, vomita sangre y tiene que ser ingresado con urgencia en un hospital. Nesty, un ex amante de Karla y ahora amigo, la acompaña. En espera del dictamen del médico, hablan todo el tiempo de Andrés y sus vómitos, de sus conocimientos sobre de los osos de Kamchatka, de abejas y avispas. Un pasado reciente los une: once meses atrás andaban juntos, pero ella un día se acostó con Andrés porque no pudo contenerse; en realidad a ella le cuesta mucho trabajo contenerse cuando le gusta un hombre y, él, Nesty, era un hombre demasiado bueno, demasiado bondadoso, cosa que de cierta forma empaña siempre el encanto, la magia, de la relación. Pero Nesty no puede superar ese pasado y siente una irrefrenable atracción por Karla. Desde el inicio revela su renovada y nunca extinguida atracción sexual hacia ella. Se lo confiesa una y otra vez a sí mismo cuando percibe su olor —un perfume dulzón que lo enloquece— y observa las puntas afiladas de los senos de Karla bajo la ropa, su pelo empapado por la lluvia. Andrés agoniza y un médico, con aires de primate, les dice que hay que esperar el diagnóstico final. De alguna manera siempre estamos esperando un final, parece decirnos el autor. Nesty invita a Karla pasar la noche en su apartamento. Caminan bajo un terrible aguacero y duermen en la misma cama, pero sin tocarse. Ella le ha revelado su absoluta fidelidad a Andrés, a pasar de que once meses atrás le fue infiel a Nesty, el hombre que siempre acude en su ayuda como el Onán de la Biblia. Nesty se masturbar en el baño para no encimársele a su antigua amante. Ella lo intuye y lo entiende, incluso se lo agradece. Como personajes de fondo, una vieja y un gordo. Ambos, también, tienen seres queridos muy graves en el hospital y esperan un resultado.
En síntesis, he aquí la trama de este cuento del reconocido narrador Rafael de Águila (La Habana, 1962). Sin embargo, la historia tiene un aliento, un trasfondo, que un lector perspicaz captará sin mucho esfuerzo. El amor, el sexo, la muerte, la fidelidad, la angustia de la espera, los avatares del vivir, las infinitas tentaciones, el dolor, la antipatía, la bondad, las oscuras contradicciones del ser, los nexos de una realidad con otra. Todos estos temas, y muchos más, están esbozados o sugeridos en esta narración fluida, bien estructurada, con un lenguaje que embelesa, absorbe y eleva como un torbellino. Rafael sabe contar y lo hace siempre con inteligencia y un amplio espectro de referencias, sin alardes de erudición, pero tampoco con las banalidades y ligerezas de cierta prosa contemporánea, con un cuño que lo singulariza entre los narradores del país.
Su obra narrativa ha recibido múltiples reconocimientos y abarca títulos como Último viaje con Adriana (premio Pinos Nuevos, 1996), Ellos orinan de pie (Letras Cubanas, 2006), Del otro lado (premio Alejo Carpentier de cuento, 2010). En el 2011 obtuvo el premio de La Gaceta de Cuba con el cuento «Patas al aire», publicado en este espacio.
Alberto Marrero
El Amor o los osos de Kamchatka
Rafael de Águila
Karla estaba sentada en el extremo más alejado, me miró y fue como el paradigma de la tristeza del mundo. Nos abrazamos. Olía a perfume raro, a algo muy fuerte y pegajoso. En el salón había además otras dos personas; una vieja con los ojos muy rojos y un hombre gordo. La vieja comenzó a llorar. El marido se le muere, explicó Karla, llevaban como siglo y medio juntos. Después dijo que Andrés también estaba mal. El sitio reventaba de tristeza pero ella era muy sexy. ¿Qué tiene?, quise saber. Empujó los hombros arriba y el rostro mudó a ser el paradigma del desconcierto: no sé, habíamos terminado de comer, Andrés me explicaba algo sobre unos osos. ¿Unos qué? Karla no se inmutó: osos, unos que viven en Kamchatka. Andrés era un imbécil; lograba una muchacha como Karla y la aburría hablando de osos. Para colmo, de unos que vivían en Kamchatka. Yo no sabía un coño de esas bestias. Solo les recordaba del zoológico, de la TV y el cine; bichos grandes y peludos, algo lentos, para atacar a un humano solían pararse siempre en dos patas, entonces eran mucho más grandes. Pensé un poco mas no logré ubicar en el mapa a la tal Kamchatka. La vieja lloraba cada vez más alto, era muy deprimente, quizá por eso el gordo fue a consolarla. Al señor se le está muriendo un hijo, el muchacho tiene mi edad. Yo no podía asegurarlo pero creía saber que Karla tenía veinticuatro años. No era una edad como para morirse. En realidad no hay edad para eso, uno no debería morirse, nunca, hay seres que uno mira y no cree que lleguen a morirse, Karla, por ejemplo, entorna los ojos y yo dudo que logre morirse alguna vez. Andrés hablaba de los osos de Kamchatka, yo le pregunté si ahí también tomaban miel, si buscaban colmenas, y Andrés me llamó estúpida, claro, yo no sabía que no existieran colmenas en Kamchatka, ¿tú sabías eso? La tristeza la hace más bella, más sexy, una muchacha genial que cree poder encontrar colmenas en Kamchatka, en verdad tampoco yo comprendía muy bien por qué no podría haberlas, se lo dije y Karla siguió explicando: yo me molesté, a veces Andrés cree que debo saberlo todo, y al final, ¿por qué no habrían de existir abejas allá? Yo asentí, para no contrariarla, de alguna manera intuía que Andrés podía tener razón. Karla plegó el labio inferior y fue una lástima que no tuviera yo una cámara para dejar constancia del gesto. El gordo y la vieja se habían asomado a la ventana. Me pareció que ahora era el hombre quien lloraba y la vieja trataba de calmarlo. Le dije a Karla que también yo votaba a favor de la existencia de abejas en aquel sitio. Bueno, somos dos, pero Andrés está seguro de que no hay abejas en Kamchatka, y si no hay abejas, pues lo que te imaginas, no hay colmenas. Quedó seria un instante antes de preguntar: ¿tú sabes si las avispas también producen miel? No, no lo sabía, una vez me picó una en el brazo, un dolor que no deseaba recordar. Ojalá no existieran avispas en la Kamchatka esa, podrían picar a los osos, los osos se enfurecerían, se pararían en dos patas, para los kamchatkianos eso podría ser una catástrofe. Bueno, dijo Karla, puede que existan avispas en Kamchatka, eso no se lo pregunté a Andrés. Karla se animó de pronto: si existen y hacen colmenas pues entonces hay colmenas en Kamchatka, ¿tú sabías que a los osos se les llama úrsidos, que son casi vegetarianos y las avispas carnívoras? Una suerte para el mundo que así resultaran las cosas, Andrés estaba loco, mira de lo que le hablaba a la pobre muchacha. Osos úrsidos vegetarianos, avispas carnívoras. Me atreví a sonreír y ella continuó explicando lo ocurrido con Andrés: habíamos comido bastante, entonces Andrés quiso salir a caminar y ahí fue cuando tuvo el primer vómito. El gordo y la vieja seguían en lo suyo. Bueno, un vómito no es grave, la animé. Karla que éste sí lo era. Volví a negar: los vómitos no son graves, Karla, uno tiene una indigestión y llegan, a mí me horroriza vomitar, es molestísimo, pero nadie se pone grave por eso, inyectan gravinol y listo, a la casa, a conferenciar sobre todos los osos kamchatkianos. Karla me abrazó, y yo no sabía si era por lo del gravinol o por lo de los osos, estuvo gimoteando un rato, la cabeza encima de mi hombro derecho. El perfume era un asco de penetrante y dulzón. Nunca me han gustado los perfumes dulzones. Hacía casi once meses que no tenía a Karla tan cerca, entonces no olía así. No me importaba, podía oler a mierda, era Karla. El gordo y la vieja nos miraban. Nesty, dijo Karla, Andrés vomitó sangre. No recordé que alguien hubiese vomitado sangre alguna vez, salvo en las películas, introducen espadas en algún abdomen o alguien recibe un tiro, el agredido cae al suelo y siempre le brota un poco de sangre de la boca, después se muere. Al menos en el cine, cuando alguien vomita sangre siempre se muere. Pregunté a Karla sobre el color, se puso seria: ¿qué te pasa, Nesty?, ¿de qué color va a ser?, roja. Me miraba como si yo llegara de Kamchatka. Expliqué que recordaba haber leído en algún lugar que a veces la gente vomita sangre negra, entonces se sabía que era sangre vieja: si la sangre es negra es vieja, si es roja, pues nada, es reciente. Karla parecía asombrada: ¿cómo sabes eso? Lo leí. ¿Dónde? No sé, en una revista. ¿Qué quiere decir eso de que sea sangre vieja? No quería desencantar a Karla mas eso tampoco yo alcanzaba a explicármelo muy bien. Karla se sentó: esta era roja, dijo, rojísima. El gordo y la vieja volvieron a mirar por la ventana. Después Andrés vomitó varias veces, yo pasaba un trapo por el piso porque no me gusta ver sangre, trataba de limpiarla, pero Andrés vomitaba y volvía a teñirlo todo de rojo, yo estaba asustada, le dije que debíamos venir acá, se vistió como pudo, antes de llegar vomitó un montón de veces, creo que llegó vacío. El gordo y la vieja se pusieron a fumar, eso sin hacer el menor caso del letrero en rojo que lo prohibía. Quise saber si le dolía algo. Karla pareció desconcertada: Andrés nunca habló de dolores, sólo vomitaba, ¿cuando uno vomita sangre puede dolerle algo? Yo no sabía, aseguré que en semejantes casos cualquier órgano podría doler. Me molestaba no poder explicar a derechas todo aquello a Karla, me habría gustado, por ejemplo, saber ahora mismo mucho sobre osos, mucho sobre colmenas, avispas y Kamchatka, tal vez con eso podría volver a seducirla. Llegamos y se desmayó, siguió Karla, se lo llevaron y ya no pude volver a verlo. ¿Y cómo sabes que está mal?, quise enterarme. Karla que se lo había explicado un médico. ¿Qué más dijo? ¿Quién? El médico. Ella volvió a empujar arriba los hombros, aquel también era un gesto nuevo. Nada, que Andrés estaba muy mal. Respiré profundo, la medicina era una mierda, inconcebible que alguien pudiera confiar en ella, por dentro me grité que lo mejor sería poderse dar una perra meada en los médicos, en todos los médicos: ¿no te explicó qué mierda le estaba pasando? Karla se extendió otra vez sobre los vómitos de sangre, sobre la ropa de Andrés que al llegar al hospital estaba toda manchada. Era un médico alto como demonio, debía medir dos metros, Nesty, sólo explicó que Andrés estaba mal. Eso no es explicar, sostuve. Karla volvió a lanzar los hombros arriba. ¿Cuando llegaron? A las nueve. Miré el reloj, ahora eran pasadas las doce. Comenzaba a hacer frío. Mira, ahí viene el enorme de los dos metros. El tipo podría haber llegado de Kamchatka; era verdaderamente enorme, un úrsido, caminaba y era un movimiento oscilante, como los osos, como el orangután blanco, pensé. La vieja y el calvo corrieron hacia él. El orangután habló a la vieja, la mujer al inicio prestó atención, después comenzó a llorar, cada vez con mayor fuerza, el orangután habló al calvo, que aliviado por mejores noticias pudo alentar con mayor brío a la vieja. Karla dejó que el orangután hablara: su esposo está mal, dijo. Realmente los médicos eran unos imbéciles. Lo primero era que Andrés no era el esposo de Karla. Pero, ¿qué tiene?, quise saber. El orangután explicó que no podían decirlo todavía. Tuvo una hematemesis, estamos haciendo algunas pruebas, cuando tengamos los resultados estaremos más seguros. No quise preguntar por la palabra rara; a los médicos les gusta usarlas, reírse del desconocimiento de la gente, no le daría el gusto de preguntar. ¿Seguros de qué?, quise saber. El de Kamchatka comenzó a molestarse; los médicos son enemigos de que el vulgo indague precisamente sobre lo que ellos no saben. Hay que esperar, repitió, por ahora el hemograma es muy bajo. Era un imbécil total, para eso no había que estudiar medicina; hasta Karla había dicho que Andrés llegó aquí casi vacío. Indagué acerca de si conocían ya la causa de los vómitos. No sabían un carajo, habían hecho radiografías pero no estaban seguros, quiso saber si Andrés padecía de úlceras, si le dolía el estómago, si vomitaba con regularidad, si tosía o le sangraba la nariz. Karla lo negó todo: Andrés nunca padece de nada. El orangután insistió, dolores; en el estómago, en la espalda, si dificultades para respirar, si fumaba, bebía alcohol o solía tomar aspirinas. Nada, negó Karla, Andrés es sano, abstemio, fuerte como un oso. Eso, pensé yo, de Kamchatka. Mañana, en posesión de los análisis, ya podrían ofrecer un diagnóstico, anunció el orangután. Quise saber cuán mal estaba. Bastante, dijo él, lo hemos transfundido, se le ha medicado y ha dejado de vomitar, pero está mal. ¿Grave? Sí, grave. Karla comenzó a llorar, se cubría la cara con las manos y el orangután se disculpó. Yo volví a abrazar a Karla, aspiré aquel perfume que otra vez me pareció bastante raro, sin embargo ya no me molestó tanto; uno acaba acostumbrándose a cualquier olor por raro que sea, y si el olor llega desde una muchacha como Karla pues termina uno contento. La vieja seguía llorando cerca de la ventana y el gordo estaba ahí, a un lado, fumando. Se cansó, pensé, yo nunca me cansaría de consolar a Karla. Estuve seguro de que acá no haríamos ya algo útil. Podríamos ir a mi casa, afortunadamente era muy cerca, ella dormiría, debía descansar, quizá ahora comenzara lo más duro, una espera de meses, quizá Andrés necesitara de ella, de su fuerza, ella debía descansar. Karla siguió llorando, después estuvo de acuerdo. Afuera llovía despacio; el agua parecía quedar colgada de la noche, levitar en cada porción de aire, cada gota pedía los miles de permisos necesarios para caer. Era reconfortante caminar bajo la lluvia, hacerlo con Karla. Antes de salir me enseñó una mancha escarlata: mira, sangre de Andrés, lo llenó todo, la lluvia lo ha ido borrando. Era inteligente la lluvia, pensé. Pregunté si Andrés había estado acobardado. No lo estuvo, al menos eso aseguró Karla: vomitaba y me miraba, asombrado, eso, estaba asombrado, no podía creerlo, ya acá, en el hospital, sobre la camilla, me dijo: oye, Kar, creo que voy a desmayarme, y se desmayó. ¿Cómo te decía? Kar, Andrés siempre le quita algo al nombre de todo el mundo. Le decía Kar, era un imbécil, mucho más que el orangután de Kamchatka, también era un sabio; podía darse el lujo de saber hasta el momento en que iba a desmayarse. Por eso conferenciaba sobre osos. Por eso sabía que se llamaban úrsidos, que eran vegetarianos. No me avergoncé de preguntar a Karla si sabía dónde estaba Kamchatka. Otra vez los hombros fueron arriba: no tuve tiempo de preguntarle a Andrés, empezó a vomitar, pensé que tú me dirías. La lluvia arreció un poco y fue todavía mejor. Habría que esperar a que Andrés mejorara para preguntarle, preguntarle también sobre lo del vómito, la sangre vieja que es negra y la sangre nueva que es roja. Seguro que también podría explicarlo. Cuando llegamos a la casa las ropas estaban muy mojadas y Karla era mil veces más sexy. El agua hace que las mujeres se pongan muy sexys y los osos parezcan de peluche. Los hospitales también, porque los ojos se ponen tristes y los ojos tristes son muy bellos, Karla los tenía muy tristes. Mojada y con ojos tristes. Y el pelo. Ufff, mejor no hablar del pelo. Era mucho más sexy que once meses atrás, y Andrés le hablaba de osos, eso para terminar vomitando sangre, de la roja, y ponerse muy grave. No era justo con una muchacha como Karla. Abrí la puerta y lo primero que hice fue buscar una toalla, mientras Karla se secaba el pelo busqué un short y un pulóver, que se cambiara, dije que pondría la ropa en la ventana, la colgaría en un perchero y el viento la secaría. Karla fue al baño y yo me puse a calentar agua, un chocolate bien caliente le haría bien, ahora que Andrés vomitaba sangre ella no podía resfriarse, cuando salió del baño tenía el pelo todo revuelto y los ojos más tristes que un oso sin colmenas, un úrsido del sitio del que hablara el sangrante. ¿Cómo pude haber perdido a esta mujer?, si le gustaban los tipos del National Geographic, yo estaba dispuesto a leer todos los libros de geografía, todos, hasta vomitar sangre o dejarme picar por miles de avispas, también existía la posibilidad de hacerme experto en osos o declararme vegetariano. Ella se frotaba la cabeza con la toalla, preguntó si no tenía yo por algún sitio una secadora de pelo. No, nunca he tenido una. ¿No tienes ahora a alguien? No, estoy solo, después de Arlenis, cero, más solo que los osos. Tuvo un amago de risa: ¿estabas enamorado de Arlenis? Dije la verdad: no, nunca me hubiera enamorado de ella. Dejó de secarse la cabeza y se tapó la cara con la toalla. Quiso saber por qué. No sé, uno nunca sabe por qué se enamora o no se enamora de alguien. Me miró, tristísima: yo estoy enamorada como una loca de Andrés. Otra vez volvió a frotarse el pelo con la toalla, el cabello se le arremolinaba y era un espectáculo de los más exclusivos, entonces comenzó a llorar. Yo fui a buscar el chocolate: toma, está caliente, es bueno para no resfriarse. Nunca he sabido muy bien qué hacer cuando las mujeres lloran; es desconcertante, lloran y es como si el mundo se ladeara todo, a la derecha o a la izquierda pero ladeado. Karla tomaba a sorbos el chocolate y yo deseaba que mi vida fuera uno de esos sorbos, uno con ella dentro, ella llorando, frotándose el cabello, hablando de osos o colmenas, pero dentro, haciendo lo que le viniera en ganas pero ella, en mi sorbo, o yo en el de ella, donde no llegara jamás Andrés, no esta vez. Está rico, dijo. Puedes ponerte a vender chocolate, te ganarías la vida, facilísimo. Detrás del pulóver se le marcaban los pezones, oscuros, grandes, una punta afilada que parecía quebrar la tela, pezones que harían a cualquier hembra del mundo ganarse la vida, facilísimo. ¿Quieres ver qué hay en la televisión? Dijo que no. ¿Sabes por qué te abandoné por Andrés? Nunca me lo había explicado. Hasta hoy aquello resultaba un enigma, ahora comenzaba a pensar que podría estar relacionado con aquella capacidad del tipo para conferenciar sobre osos y saber el momento exacto en que iba a desmayarse. Porque tú eres demasiado bueno. Me miraba fijo, los ojos un tanto bajos, como suele ocurrir en las grandes confesiones. Algunas mujeres llegaban a ser más estúpidas que los médicos. Esta me abandonó porque soy bueno. A veces entender a una mujer es más difícil que entender de física cuántica. O de osos úrsidos. Estaba dispuesto a pasar un curso de maldad que me regresara a Karla. Quizá podría encontrar alguno de los que hoy se pasan por correspondencia. Abundan hoy cursos de cualquier mierda, de maldad no faltarían. Un curso en el infierno, en Kamchatka, un profesorado de lujo en el que figurarían los más sanguinarios osos, las avispas más carnívoras, Satanás en persona, cuarenta diablillos aullantes cargarían todos los tridentes. No se deja a un hombre por ser bueno, Karla, ¿sabes la cantidad de mujeres que buscan ahora mismo un hombre bueno? Seguía mirándome, los ojos bajos, el pelo ensortijado, una odalisca, yo no sabía muy bien lo que era una odalisca, lo que fuera quedaba pequeñito frente a Karla. Andrés es bueno, Nesty, pero tú eres demasiado bueno, una mujer nunca quiere a un hombre demasiado bueno, una se aburre. Ella nunca me había dejado saber que se aburría, yo nunca lo intuí. Yo no creía ser nada bueno, la prueba concluyente era que Andrés estaba en el hospital, vomitaba sangre y yo le miraba los pezones a Karla. Bueno, le dije, nada, son hechos del pasado, olvidemos eso, también tú eres buena. Ella que no, que había tenido muchas relaciones con hombres mientras estuvo conmigo. A la mierda los osos y las avispas. Pedí no me dijera más, no deseaba saber. No era nada sexual, Nesty. Bueno, qué suerte, dije. ¿Tú crees que le pase algo malo a Andrés? No podría decirte, ya escuchaste el discurso del tipo enorme; hay que esperar. Karla se extendió explicando acerca de su enamoramiento, que si Andrés y Andrés, ella nunca no le había sido infiel, nunca, toda una sinfonía sobre Andrés, un tipo que hablaba de osos y vomitaba el último resquicio ahora mismo en un hospital. Yo creo que si le pasa algo a Andrés yo me mato. Estuve seguro de que por mí no se mataría jamás y la envidia me subió a chorros desde el estómago, la envidia llegaba como uno de esos vómitos. Peor un vómito de envidia que de sangre. Uno puede morirse de eso. Bueno, la animé, ya verás que no le va a pasar nada, quizá sea una úlcera, como piensa el enorme. Karla volvió a llorar un poco, otra vez no supe qué hacer, los hombres tampoco nos enamoramos de las mejores muchachas. A Karla comenzó a salirle algo de líquido por la nariz y fui a buscar un pañuelo. Vamos a dormir, pidió. Le dije que podía ir a mi cuarto, yo dormiría en el otro, ella se opuso; sabía que el otro cuarto estaba siempre lleno de polvo, dormiríamos juntos, yo era como su hermano, por eso me había llamado desde el hospital, en los malos momentos siempre pensaba en mí. Tuve curiosidad de saber por qué solo en los malos. Me abrazó y los pezones se me metieron, dentro como flechas. Pezones punzones. Nos acostamos. Karla lloraba y la consolé a distancia, sabía que no me era posible abrazarla; todas las veces en las que ella lo había hecho algo se me encimaba dentro, Andrés vomitaba sangre en el hospital, ella estaba enamorada y yo no podía aparecerme con la vulgaridad de una erección. ¿Te acuerdas de Irene?, ¿la tipa que vivía a mitad de cuadra? Karla dejó de llorar: ¿qué le pasó?, me acuerdo, una mulata. Asentí: esa, una tarde se me insinuó, aquí, en la casa, le expliqué que estábamos enamorados, que era muy linda, que cualquier hombre que la rechazara estaba loco, le expliqué todo eso y le pedí que me disculpara. Karla estaba asombradísima: no te creo. Estuve seguro de que Andrés nunca sería capaz de hacer algo así. No te creo una palabra, repitió ella. Karla, yo estaba enamorado, tú misma has dicho que le has sido fiel a Andrés porque estás enamorada. Karla lloró otra vez un poco, yo le acariciaba el pelo que todavía estaba húmedo, se lo dije. Claro, no tienes secador, con un secador habría quedado bien. Afuera seguía lloviendo. Nesty, discúlpame. Le pregunté por qué debía disculparla. Por todos los tipos con que me fui antes de irme de verdad con Andrés. Dije que lo mejor era no hablar de eso a estas horas. Ella estaba imparable y siguió hablando: el mismo día que conocí a Andrés no me pude contener, tú estabas aquí, esperándome, y yo con él, ese día tuvimos mucho sexo. Conmigo fue lo mismo. Karla sonrió: es que me cuesta mucho contenerme. Yo no quería que hablara más, quería que se quedara dormida, mirarla, hacer regresar el tiempo, a empujones, con una soga, como fuera, desde la imposibilidad de contenerse conmigo habían transcurrido dos años, casi, fue a inicios de marzo, Karla no se había desnudado totalmente, quedó en ajustadores, los recuerdo rosados, nunca había visto ajustadores rosados, un dibujito al costado, el blúmer aún metido en una de las piernas, ella encima de mí, los ojos cerrados, el pelo suelto, cayendo sobre los hombros, nunca olvidaría aquello, nunca, ni aunque el tiempo la emprendiera a empujones conmigo. O un día me pusiera a vomitar sangre. Quedamos en silencio, escuchábamos caer la lluvia, el ruido del agua al deslizarse desde el techo al pasillo. Uno extraña los ruidos, admitió Karla. Apagué la luz y Karla comenzó una vez más a llorar: ¿tú crees que esté bien que durmamos aquí? Ofrecí irme otra vez al otro cuarto, Karla negó que se refiriera a dormir juntos; le preocupaba lo que podría suceder a Andrés allá en el hospital. Nosotros aquí, dormidos, sanos, tranquilos, y Andrés allá, muriéndose. La calmé como pude. Karla se durmió muy pronto, yo quedé ahí, mirándola, pensándola, regresándola en el tiempo, advirtiendo que apenas habían sido once los meses y ya exhibía unas arruguitas en el borde de los ojos, que dormida era menos sexy pero mucho más linda, que el pezón estaba inequívocamente debajo de la sábana, debajo del pulóver, debajo del tiempo, ahí, sobre la piel, expectante pezón punzón. Ella respiraba y los osos allá en Kamchatka se morían de la envidia, yo sentía que el mundo se hacía pequeñito, apenas un bulto para meterse dentro de aquella mujer, yo hacía del bulto un sorbo y me lo tragaba, me lo tragaba y acababan importándome muy poco las infidelidades, Andrés, los osos, el tiempo que no obstante todas las maniobras no retrocedía, me tragaba ese bulto y eso hacía que me importara Karla más que cualquier prejuicio de mierda. La miré respirar bastante rato, el pelo, el ruido de la lluvia sobre el pasillo, nadie respira más sexy que Karla, de pronto me percaté, a medio cuerpo me molestaba una erección. Me levanté con cuidado, fui al baño y me masturbé. Traté de deslastrarme de Andrés y de todos los cubos de sangre que había perdido. Me deslastré de los osos y del médico enorme, sólo Karla, Karla encima de mí, el cuerpo y el cabello mojados, una toalla a un lado, el blúmer aún metido en una de las piernas, los ajustadores rosados, Karla que cuando tenía un orgasmo gritaba, tensaba el cuerpo como un arco, se erizaba toda, se mordía el labio inferior, a veces hasta que saliera sangre. Después me lavé y volví a la cama. Karla tenía los ojos abiertos, se tapaba con la sábana hasta la boca. Las dos manos juntas, parecía un niña. Quiso saber si había ido a masturbarme. No le oculté la verdad. Ella me besó, en la frente, como solía hacerlo mi abuela, y pidió volver al hospital. Karla, está lloviendo. No importa. Karla, discúlpame, por favor, los hombres somos como animales, tuve que hacerlo, fue un instinto, no sé, discúlpame. Ella volvió a abrazarme, aseguró no importarle lo de la masturbación: bobo, eso es normal, admitió, es que no voy a poder dormir pensando en lo que pueda pasarle a Andrés, y tú eres tan tan que no vas a poder dormir mirándome. Nos levantamos. Busqué una capa y obligué a Karla a ponérsela, no quería que volviera a mojarse, ella se resistía. Mira, tuve que masturbarme por culpa de tu pelo mojado, te vuelves a mojar el pelo y tendría que hacerlo otra vez, en el baño del hospital. Se puso la capa. Regresamos caminando rápido, la calle vacía, tan vacía como el cuerpo de Andrés después de vomitar toda la sangre. Karla quiso saber si después de masturbarme me sentía más tranquilo. Ella deseaba que dijera que sí y lo dije. Masturbarse lo deja a uno tan vacío como cuando se vomita sangre. Ahora podría mirarla y decir: Kar, creo que voy a desmayarme. Eran casi las cuatro de la madrugada y la lluvia seguía cayendo, lenta, como colgada del techo de la noche, a algunas gotas se les negaban los permisos y no caían nunca. Antes de entrar volvimos a encontrar la mancha escarlata, no se borra la sangre con agua, por eso siempre atrapan a los asesinos. En la sala de espera, mirando por la ventana, estaban todavía la vieja y el gordo. Karla fue a preguntarles por los suyos. El viejo está muy mal, puede que no llegue a mañana, el muchacho está mejor, me dijo al regreso. Los viejos se mueren, los jóvenes mejoran, toda una desgracia si ocurriera lo contrario. De cualquier manera era una desgracia. Karla se sentó, la capa ya estaba dentro de la mochila, no se le había mojado el pelo. Faltan tres horas para saber de Andrés, ¿tú crees que sepan entonces el resultado de los análisis? Yo no quería arriesgarme a asegurar algo; en un hospital los únicos sapientes son los médicos, y esos, pues ya ves, Karla, esos no suelen saber mucho. Nesty, yo estoy muy enamorada de Andrés, volvió a decir Karla, esta vez muy solemne. Bueno, confirmé, eso sucede. Sobre todo con tipos que suelen impartir conferencias sobre osos. Karla me agarró una mano. Jugaba a contarme los dedos y claro, siempre eran cinco. Ojalá me hubiera enamorado así de ti. Le insinué que no debía preocuparse, el amor era como la ruleta rusa: uno daba vueltas y vueltas a la masa del revólver, apretaba el gatillo año tras año y nada, la cabeza en su sitio, un día, sin embargo, uno hacía girar la masa, dentro todo igual; una bala lo mismo, uno apretaba el gatillo y la cabeza volaba por los aires, la pared quedaba manchada con el rojo del cerebro, así también era el amor. Se me antojaba que el gordo y la vieja querían escuchar lo que hablábamos. Tú eres buenísimo, volvió a decir Karla. Pensé que ahora explicaría con claridad aquello de los tipos buenísimos que no agradan a las mujeres mas quedó callada. Le recordé que me había masturbado mientras ella dormía y Andrés vomitaba sangre. Eso es normal, repitió. Volvió a agarrarme la mano, a contarme los dedos. ¿Todavía te gusto?, ¿verdad? Claro, todavía. Ah, pues por eso te fuiste al baño. Era brillante en sus deducciones. Claro, por eso. Por tus pezones punzones, tu pelo húmedo, tu Kamchatka y tus osos, por todas las avispas que me picaban dentro, por todo eso, y también porque te quiero mucho. Ella me miró con los ojos entornados, esos que llenarían de envidia a toda la población de osos úrsidos y avispas carnívoras del planeta. Bobo, uno no se masturba porque quiera a alguien. Nadie sabe, aclaré yo. La vieja y el gordo abandonaron la ventana y se acomodaron en los bancos, la vieja parecía muy cansada. Ojalá a Andrés no le pase nada, ojalá mañana podamos volver a la casa. La miré y estaba más bella y sexy que nunca. Karla, te extraño, me grité, por dentro, nunca he vomitado más sangre que en estos once meses, sería capaz de vomitar toda la sangre y todos los osos del mundo para que volvieras. Ella colocó la cabeza sobre mi hombro y le aseguré que a las siete nos dirían que Andrés estaba recuperado, un campeón Andrés, fuerte como los osos, medalla de oro en vómitos de sangre pero sin problemas. Karla me abrazó, juraba una vez y otra que yo era muy bueno. Buenísimo. Afuera seguía lloviendo, la vieja y el gordo fumaban otra vez sin respetar el letrero. Karla volvió a besarme en la frente. Explicó que antes de desmayarse Andrés había dicho que los osos en Kamchatka solían comer arándanos. Yo no supe explicarle qué mierda era un arándano, desde su cabello me llegaba aquel olor que ya no me parecía tan dulzón. Karla te quiero, me grité, otra vez por dentro, ella me abrazó, yo quedé ahí, sosteniéndole el abrazo, gritándome miles de palabras, por dentro. La vieja y el gordo fumaban, Karla regresó a contarme los dedos. Los osos úrsidos, pensé. Miré a Karla. Lloraba, el mundo estaba bastante ladeado, muy jodido el mundo, escorado, a Karla sin embargo la humedad le brillaba, eterna, rotunda en el cabello.