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¡Vampiros en La Habana!: El libro de Juan Padron

Luciano Castillo, 08 de agosto de 2013

Está equivocado quien imagine que el libro de Juan Padrón ¡Vampiros en La Habana! (Ediciones ICAIC, 2012), es la reproducción en forma de historieta de ese filme de culto que devino el largometraje de animación para adultos realizado por el propio Padrón en 1985. Otro tanto ocurrirá a quien piensa que se trata solo de la «novelización» del divertido argumento de la película del mismo título, ubicado en nuestra capital en los años treinta del siglo xx, a donde llegan vampiros de todo el mundo en una carrera desenfrenada por apropiarse de la fórmula del Vampisol, el antisolar que les permitirá, ¡finalmente!, vivir a plena luz del día.

No tardó en agotarse la edición inicial de esta primera novela de Padroncito (nacido en Carlos Rojas, Matanzas, en 1947), publicada en el 2007 por la Casa Editorial Abril. La popularidad alcanzada por una cinta de la que muchos diálogos y frases han pasado al argot de la isla y el ingenio de su autor, ocasionaron ese inmediato fenómeno de comunicación. El conocidísimo creador de Elpidio Valdés la retomó, introdujo correcciones, añadió otros elementos y el resultado es esta nueva propuesta de Ediciones ICAIC con ilustraciones expresamente diseñadas para ella. Cinco capítulos la estructuran, complementados por un delicioso epílogo y una suerte de apéndice que explica, derroche imaginativo por medio, la historia del dialecto «Zarapunker», con bibliografía y todo. Los tres primeros pueden conceptuarse como lo que en el lenguaje del cine contemporáneo se denomina «precuela» por recrear una sucesión de hechos anteriores a los de ese clásico del cine criollo de animación. Parten desde las andanzas de los vampiros en las montañas de Transilvania —aludidas algunas en la sintética narración que sirve de prólogo al filme— y que culminan en el fiasco de la primera prueba del milagroso brebaje, calificado como «el fatídico Día de la Cagazón de los von Drácula» por Padrón con su inveterado humor, hasta los mismísimos nombres de los personajes.

Las peripecias conducen al inventor y a su sobrino Pepito rodeados por la tropa de «pasmati», el fiel Bruno y el sanguinario perro Adolf, a seleccionar por inexplicables razones, a La Habana para su destierro. Una casona cercana al mar, provista de un buen sótano para la forzosa siesta diurna es el refugio ideal. A partir de este momento el libro narra las correrías del niño a quien, ignorante de su condición, le repugnan los mangos y otras frutas tropicales, pero pronto se aclimata, ¡y de qué manera!, acompañado por su amigo Negro. Ya en el año 1929 son unos muchachotes que, sin dejar de disfrutar sus primeras escaramuzas sentimentales, no dudan en dar la cara ante los desmanes de la policía machadista. Con el cuarto capítulo se inician las conocidas aventuras, venturas y desventuras del trompetista Pepito-Joseph, que tanto disfrutan los espectadores de la delirante película una y otra y otra vez, sin dejar de reírse por las ocurrencias de un guion condimentado con chispeantes diálogos y divertidísimas situaciones.

Padrón cuenta que el editor Jorge Oliver Medina le incitó a escribir la novela, todo un reto para el cineasta, acostumbrado a los guiones de sus animados que no son literatura sino imágenes y diálogos, para ser realizados luego mediante dibujos. En un principio pensó en lo que llamó «cuentorieta», al estilo de Luis Lorenzo, con el texto mezclado con dibujos. El proceso de escritura llegó a entusiasmarle tanto que consagró no pocas madrugadas a redactar capítulos completos y diseñar viñetas.

Revisitar a través del libro un período histórico del que vive permanentemente enamorado fue otra motivación de Juan Padrón. Si la investigación preliminar en museos y documentos para otorgar rigor histórico a la serie sobre su emblemático Elpidio Valdés originó El libro del mambí, acerca del armamento de la época, tanto en esa magistral sátira del cine de horror que es ¡Vampiros en La Habana!, como en la novela homónima, se advierte la seriedad en el tratamiento de esta etapa por medio de las descripciones de la ropa, el ambiente, los tranvías, los vehículos, etcétera.

La experiencia divirtió mucho a este creador dotado de una inconmensurable dosis de humor negro, que comunicó primero allá por 1967 a sus numerosas tiras protagonizadas por verdugos y vampiros en las páginas de «El sable», suplemento humorístico del diario Juventud Rebelde. Muchos años después, revolotearon con picardía en los chistes de la serie de animación Filminutos, iniciada en 1980, y luego en esta primera incursión literaria. Más vampiros en La Habana (2003), esperada secuela del largometraje tardó ¡18 años! Su transcripción a la literatura, Vampirenkommando (2008), publicada originalmente también por la Casa Editorial Abril, desapareció de los estantes en las librerías con la misma rapidez que un vampiro chupa la sangre de una víctima en un mordisco. Ojalá que muy pronto Ediciones ICAIC incorpore a su cada vez más nutrido catálogo, una renovada edición.

¡Vampiros en La Habana!, con la primera edición, suscitó la misma reacción que la película originaria — que en su momento no tuvo siquiera première y el éxito lo provocaron los comentarios de boca en boca de los espectadores—, y estamos convencidos que volverá a ocurrir ahora con esta de tan atractivo diseño. Desde sus páginas resuena esa trompetita de Pepe que en sus serenatas nocturnas tanto molestara a los vecinos habaneros Solo a alguien como Juan Padrón pudo ocurrírsele trasladar a nuestro ámbito a esas criaturas que en su infancia le causaban más gracia y lástima que miedo porque, como confesó alguna vez: «Son unos pobres infelices que tienen que huirle al sol, no pueden oler ajo y, por demás, duermen en un ataúd».