Salvador García Agüero, el más notable orador de las izquierdas
En el panorama histórico de la literatura cubana, e inmersos en los estudios sociales y políticos, varios fueron los intelectuales que descollaron durante las primeras décadas del período republicano en la Mayor de las Antillas.
Asidos a la herencia del pensamiento y la acción de ilustres cubanos que ofrendaron su vida a la justa causa patria, bien en el campo de las ideas o de la lucha armada, hombres como Raúl Roa consagraron parte de su quehacer literario sobre la base de los postulados martianos, empeño noble del que afloraron acuciosos ensayos como “Martí y el fascismo” (1937) y “José Martí y el destino americano” (1938).
Otras de las figuras cumbres adscrita a la corriente sociológica dentro de la literatura antillana lo es sin dudas Salvador García Agüero, a quien Max Henríquez Ureña cataloga como: “el más notable orador de las izquierdas, siendo muchos de sus discursos en torno a temas políticos, en rigor, ensayos, aunque aparezcan envueltos en los ropajes de la oratoria”.
Quizás, tras el velo de la consagración de su elocuente retórica, granjeada con sobrados méritos entre lo más excelso de su contemporaneidad, Agüero destaca por su laudable condición de apologista de la personalidad del Titán de Bronce.
En no pocas ocasiones, las disertaciones de Salvador García quedaron plasmadas en tinta impresa, entre ellas “Maceo: ciudadano perfecto” y “Maceo: cifra y carácter de la revolución cubana”, la primera de ellas pronunciada en el teatro Sauto el 7 de diciembre de 1936, en la velada lírico literaria en homenaje al General del Ejército Libertador Antonio Maceo y Grajales, mientras la segunda tuvo lugar en igual fecha, seis años más tarde, como parte de la sesión solemne de la Cámara de Representantes.
Tales fueron sus dotes en el ejercicio de la palabra enérgica e ilustrativa que al leer las conferencias publicadas no resulta difícil imaginar a aquel hombre de figura esbelta, posicionado de manera firme sobre la tribuna mientras enardecía los corazones de los revolucionarios que atentamente no dejaban escapar una sola frase de las pronunciadas con su peculiar timbre de voz y reafirmadas por sus ademanes bravíos, bien para recordar la vigencia del pensamiento y la acción del caudillo mambí o para enaltecer el derecho de justicia referente a las problemáticas de la racialidad e igualdad social en Cuba.
El acercamiento e inscripción como figura destacada de la literatura cubana no solo se sustenta en el hecho de la publicación de su inagotable condición tribunicia a manera de ensayos, sino que también descansa en sus recurrentes colaboraciones para la prensa republicana de inicios del siglo XX: El Mundo, Mediodía, Adelante, Hoy, Bohemia, Estudios Afrocubanos, Resumen y La Palabra, siendo además parte del colectivo de redacción de estas dos últimas.
Para hallar el comienzo de la vocación literaria de Agüero, indudablemente, hay que acudir a los tiempos de su juventud o etapa estudiantil, justo cuando se sintió atrapado por el arte de los aedas, quizás influenciado por la poesía de José Manuel Poveda, a quien conoció bien de cerca y profesó gran admiración. El párvulo Salvador García veía en el autor de “Sol de los humildes” a una personalidad inconfundible dentro de la lírica cubana, insigne exponente de la semilla renovadora posmodernista.
Al amparo de ese manojo de influencias que supone la obra de Poveda, la joven promesa se aventuró en la traza poética y varios fueron los versos que vieron la luz en las páginas de “Ideales de una raza”, habitual sección del Diario de La Marina.
En Agüero convergieron la oratoria, el ensayo y la poesía junto al carácter y la convicción de defensa social en favor de las causas justas. Destacó por su decidido apoyo y solidaridad con los movimientos internacionalistas de la década del treinta del pasado siglo, que abogaban por los derechos de los pueblos chino, soviético, español y abisinio.
El convencimiento tenaz de sus ideas y el uso de un verbo encendido le llevó a representar a la nación caribeña en múltiples escenarios internacionales como delegado de la Asamblea Constituyente de 1940 o portavoz del Comité Parlamentario del Partido Unión Revolucionaria Comunista, luego Partido Socialista Popular, de los cuales fue presidente y vicepresidente respectivamente. Su filiación política mucho tuvo que ver con su desempeño como senador de la República y tras el triunfo revolucionario del primero de enero de 1959, se le designó embajador de Cuba en Guinea y posteriormente en Bulgaria, nación en la que falleció el 13 de febrero de 1965 a la edad de 58 años.
Habanero de nacimiento y cubano universal sobre las tribunas del mundo, Salvador García Agüero nació el 6 de agosto de 1908. Una existencia corta pero vivida con la intensidad de su ideario político y social bastan para que a 105 años de su natalicio sea recordado como lo que fue, “el más notable orador de las izquierdas”.