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Un buen rato con Miguel de Marcos, escritor humorístico y veraz

Leonardo Depestre Catony, 12 de agosto de 2013

Miguel de Marcos es uno de los escritores cubanos más “perfectamente” olvidados. No porque su obra, en particular sus dos novelas principales, no esté en las bibliotecas o haya sido reeditada, sino porque apenas se le cita, a pesar de ser uno de los autores que con mayor acierto trabajó el relato de humor en un país donde el género siempre es bien recibido.

Cierta parte de la crítica le ha imputado que escribió con demasiada prisa, algo de improvisación, y que su obra careció de una revisión cuidadosa. Aun así, el talento aflora y ello es confirmación de la verdadera madera del escritor y de la muy fértil corriente de humor que circulaba pro sus venas.

Nació en La Habana el 7 de octubre de 1894, se graduó en Derecho Civil y ejerció como abogado por poco tiempo,  como para decir a los demás “yo también soy doctor”. Entonces enfiló definitivamente hacia el periodismo. Se le consideró un excelente editorialista, comentarista y entrevistador temible, y fue muy conocido en la primera mitad del siglo XX, época en que se enmarca su quehacer profesional.

De Marcos conformó un estilo basado en la agudeza, el humor y la utilización del lenguaje popular ajustado a las circunstancias, por lo que no es para nada difícil identificar su prosa. Colaboró en publicaciones muy leídas, utilizó diversos seudónimos: Héctor Abril, Teodorico Raposo, Tirso Ans...

Periodista y escritor ameno, siguió paso a paso la situación de la Cuba de entonces, desde un punto de vista de observador, de crítico, y para ello utilizó la palabra, el toque de ironía salpicado de gracia.

El autor mismo calificó su estilo de pantuflar, por su informalidad intencional, la falta de etiqueta, la naturalidad, atributos todos que parecen fáciles de lograr y en modo alguno lo son. De su narrativa descuellan Cuentos nefandos, de 1914; y las novelas Papaíto Mayarí (1946) y Fotuto (1948), editadas ambas por el Instituto Cubano del Libro. Dejó también un libro inédito, San Regodeo, fechado en 1954, año de su muerte.

Del estilo de Miguel de Marcos ofrecemos como muestra el inicio de su novela Fotuto, de manera que el lector aprecie por sí mismo: "Succionaba un pirulí. Absorto, silencioso, una lumbre de codicia y de euforia en el agua estancada de sus ojos, parecía extraer todos los éxtasis y todos los jugos de aquel empeño de su lengua y de sus labios, con el cual redondeaba el vasto caramelo insertado en una varilla".

Y he aquí otro fragmento del mismo texto, igualmente ilustrativo del carácter de la prosa en Miguel de Marcos:

Entre un asalto de ráfagas indómitas, entre los desgarradores aullidos del viento, Fotuto, desde su refugio, del otro lado de la pared medianera del patio, creyó escuchar estas palabras: »Cállate, Tolete… no dejas dormir a Pipo con tu cháchara estúpida«. Pero no. Era una alucinación... Era el loro de elocuencia arisca, de memoria impar, muy propicio a las tercas repeticiones y a las escolias obstinadas.

Suerte de picaresca la suya, creador de neologismos, se percibe el deleite al escribir, el cuidado en la invención de los nombres de los personajes, el doble sentido y la frase cuya significación el lector de entonces y de ahora puede identificar sin esfuerzo.

La madurez narrativa la alcanzó en el período de los gobiernos de Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás. La pluma y la sátira del escritor recogen momentos de gracia y fuerte crítica. En Papaíto Mayarí (recordemos la fecha: 1946), se lee: “Eres grande, Papaíto. Puesto que en Cuba empieza a no darse pie en la mierda, te has construido un intestino gótico”.

Son constantes en su obra las alusiones al desorden institucional, a la ausencia de seriedad en las autoridades, a la demagogia. En cierto momento de esta novela, apunta: “...Claro, usted no ha oído a Grau imitando a Cantinflas”.

Quizá el lector de hoy, carente de un contexto referencial, no perciba cuánto de humor político extraído de la situación social destila la prosa de este autor, que también escribió ensayos y destacó por su oratoria. Pero no hay dudas de que fue el humorismo lo que lo hizo popular entre los lectores.

A manera de broma macabra, Miguel de Marcos murió el 30 de diciembre de 1954, una fecha en la que “no se suele estar para entierros y malas noticias”. Fue aquella, la suya, una mala pasada que quiso correr a las letras cubanas y a quienes disfrutaron y aún disfrutan con su prosa llena de gracia y de verdades.