Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 4:37 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 527 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Hacedora de la bandera cubana

Fernando Padilla González, 13 de agosto de 2013

La enseña nacional ha inspirado a bardos y aedas en el devenir histórico de la Mayor de las Antillas. La nostalgia desde el exilio y la exaltación patria en los campos insurrectos de la Cuba oprimida arrancaron no pocos versos de lo más hondo de la sensibilidad humana. Quizás por ser mujer y oriunda de la misma tierra que acogió de cuna a la artífice del pabellón tricolor, la matancera Carilda Oliver Labra reflejó con su acostumbrada pasión sin límites la esencia genésica en “Canto a la bandera”:

“En noches muy largas naciste de Emilia Teurbe de Tolón
—sagrada vigilia—
te puso las puntas de su corazón,
y a tu tela suave, febril, libertaria,
prendió con su mano
una interminable lumbre solitaria,
un beso extrahumano…”

Mucho sabemos sobre la concepción inicial de Narciso López, al menos en ideas, de cómo soñaba, anhelaba e imaginaba la bandera que guiaría la gesta libertaria cubana. Acompañaría a los colores blanco, rojo y azul, cinco franjas y un triángulo equilátero, símbolo de la fraternidad masónica y de los postulados revolucionarios: “libertad, igualdad y fraternidad” que, como oleada renovadora, inundaba los fervientes corazones de quienes sentían el suelo caribeño como patria soberana.

Bandera que sería enarbolada en tiempos difíciles, cuando aún las supremas aspiraciones independentistas en el seno de la insularidad criolla no habían madurado lo necesario y no pocos hincaban su rodilla en tierra ante la nefasta aspiración de que la estrella solitaria fuese una más en el desenfreno voraz de la constelación Norteamericana.

Pese a ello, poco conocemos sobre la mujer artífice de la metamorfosis del sueño, el anhelo y la imaginación en genuina obra al servicio de los más excelsos ideales. Noble dama de peculiar sensibilidad, quien reprodujo amorosamente en seda el modelo prístino de la bandera cubana, para luego guarnecerla al interior de un cojín en su hogar y garantizar así que no cayera en las infames garras del colonialismo.

Despajar las sombras que por espacio prolongado opacaron su luz ante la historia es el propósito de la investigadora —la también matancera— Clara Emma Chávez Álvarez en el volumen de reciente edición Emilia Margarita Teurbe Tolón y Otero, Hacedora de la bandera cubana.

En el prólogo de la obra, la autora relata como al iniciar la búsqueda bibliográfica comprobó “con asombro que no existía un estudio biográfico fundamentado de Emilia Margarita Teurbe Tolón y Otero. Representó una dificultad para la indagación el hecho de haber estado casada Emilia con su primo hermano Miguel Teurbe de Tolón y de la Guardia, patriota y notable poeta, atributos que la relegaron a ella a segundo lugar y a ser mencionada en función de su cónyuge. Años más tarde, al separarse Emilia de él, la historiografía o la trató con una severidad que sobresale entre líneas, o la desconoció. Cuando regresó a Cuba con su segundo esposo, se radicó en La Habana y se alejó de sus antiguas amistades y familiares, lo cual hizo aún más difícil encontrar información sobre ella en los círculos sociales de la Matanzas de la época”1.

Antes las desalentadoras circunstancias, la investigadora no cejó en su empeño y recurrió al valorado caudal cognoscitivo atesorado en una misiva rubricada por Cirilo Villaverde, cursada al director del rotativo neoyorkino La Revolución de Cuba, publicada por el propio diario en la edición del 15 de febrero de 1873 y luego reproducida por Francisco Ponte Domínguez en su libro Simbolismo y significación histórica de la bandera cubana.

El nudo gordiano de la incertidumbre histórica fue cediendo y la pesquisa encontró nuevo influjo a la luz de los fondos Asuntos Políticos, Comisión Militar y Gobierno Superior Civil del Archivo Nacional de Cuba; la papelería de José Augusto Escoto de la Biblioteca Nacional José Martí; el Fondo Moliner del Museo Provincial Palacio de Junco; los fondos Gobierno Provincial, Anotaduría de Hipotecas, Negociado de Hacienda y las Actas Capitulares de Matanzas, así como los libros de bautismos, matrimonios y enterramientos de blancos en los archivos de la Iglesia Parroquial de la Ciudad de los Puentes.

La investigación y posterior publicación de Emilia Margarita Teurbe Tolón y Otero, Hacedora de la bandera cubana no solo reveló aspectos desconocidos de la vida de Emilia, matizados por sus matrimonios con Miguel Teurbe de Tolón, Juan Luis Rey D'Perrault y Juan de Dios Estrada Companioni, o las estancias en los Estados Unidos y España, sino que aparejada a la labor de recabar información sobre su existencia fecunda, se desarrolló la ardua pesquisa de intentar localizar los restos mortuorios de la patriota en los más de veinte cementerios de la ciudad madrileña y el resto de los localizados en las comunidades periféricas.

La tenacidad de quienes desde Cuba abrazaban con esperanza el noble empeño y de quienes en España no escatimaban esfuerzos rindió el resultado anhelado, la sepultura de Emilia Teurbe habían sido localizada en el campo santo de Nuestra Señora de la Almudena de Madrid, en una parcela olvidada donde el tiempo y olvido apenas dejaban descifrar la inscripción sobre la lápida remitida, seis años después de la muerte, y dedicada a su memoria por la Sociedad Económica de Amigos del País, sobre la cual se encontraba la inscripción: “La señora D. Emilia Teurbe y Tolón falleció el 23 de agosto de 1902”. Tras la exhumación de los restos el 18 de marzo de 2010 en la ciudad madrileña, el féretro arribó a La Habana y en ceremonia con honores militares se procedió a su inhumación en la Necrópolis Cristóbal Colón.

Editado por el sello Boloña de la Oficina del Historiador de La Habana, Emilia Margarita Teurbe Tolón y Otero, Hacedora de la bandera cubana se estructura en dos extensos capítulos y un enriquecedor anexo que no solo muestra en imágenes pasajes de la vida de la insigne patriota, sino también reproducciones de documentos sobre la genealogía de la familia Teurbe Tolón, la partida y certificación de bautismo de Emilia, las certificaciones de matrimonio con Miguel Teurbe Tolón y Juan de Dios Estrada Companioni, la nota de despedida escrita por el primero antes de su partida a los Estados Unidos y la certificación de defunción de Emilia, la cual sitúa su muerte en la calle Carmen 14, Madrid, a causa de carditis degenerativa o fiebre reumática.

En el primer capítulo, Clara Emma Chávez —autora del volumen— relata  como la monotonía que pesaba sobre la ciudad quedó interrumpida aquel miércoles 9 de enero de 1828. “En la vivienda de una de las familias más selectas de la sociedad matancera, los Teurbe Tolón-Otero, en la calle Ricla, el llanto de una niña quebraba el silencio. Había nacido Emilia Margarita en la casa del padre, Ignacio Francisco Teurbe Tolón y Blandino, localizada en una de las vías más céntricas de la próspera Matanzas. El amor, comprensión, perdón y abrigo de la madre, María Dolores Otero y González de la Barrera —procedente de una familia acaudalada e ilustre—, acompañarían a Emilia mientras ella conservó el aliento de la vida.

La niña —y la adolescente después— creció en el vórtice de una ciudad dormida que pujaba por despertar acunada por la caña y el azúcar. En la década de 1830 Matanzas se encontraba abocada al esplendor económico que le concedería en los años 40 del siglo XIX, entre otros, el sobrenombre de la Atenas de Cuba”2.

En tanto, la casa de Emilia era el ágora de los miembros de la familia, en especial de los primos, y entre estos Miguel Teurbe de Tolón, a quien la cándida Emilia pronto profesaría un profundo sentimiento de amor. Tanto para la joven como a los ojos de la sociedad, Miguel poseía sobrados valores que enaltecían su espíritu: apasionado por las letras, hombre de infinita erudición, cultivador de los estudios de filosofía, retórica, latín, francés, alemán, inglés e italiano; magister de vocación vinculado al colegio La Empresa, centro docente aglutinador de excelsos intelectuales como Cirilo Villaverde, José María Heredia y Emilio Blanchet; catedrático de la Universidad de La Habana; promotor de tertulias artístico literarias y fundador de periódicos de reconocida notoriedad en la Mayor de las Antillas y en los Estados Unidos.

Tras un breve acercamiento a los pasajes iniciales de la vida de Emilia y conocer importantes detalles sobre la familia Teurbe Tolón —su llegada a la nación caribeña, el establecimiento de negocios y el reconocimiento social— el lector puede apreciar dos líneas discursivas que dialogan en todo momento: la relación sentimental entre la joven de apenas 11 años de edad y el bardo anticolonialista de 19 que culminaría en desenlace conyugal un lustro después, y los sucesos históricos suscitados a la llegada a Matanzas, en 1847, del ex general venezolano Narciso López.

Frustrada la conspiración de la Mina de la Rosa Cubana liderada por el propio Narciso López, el 4 de julio de 1848, este debió huir hacia Cienfuegos para posteriormente embarcarse rumbo a los Estados Unidos, destino compartido por Miguel Teurbe Tolón. Antes de su partida, el esposo dejó una nota en la que profetizaba el fin del enlace matrimonial: “¡Adiós, Emilia! ¿Quién sabe si va separarnos la Eternidad? ¡Adiós! Estoy pensando que esto no te arrancará una lágrima, pero las mías bañan este papel”3.

“Miguel Teurbe Tolón y de la Guardia, desde que llegó a Nueva York, entró en relación con el grupo de anexionistas unido en torno a Narciso López. De inmediato se integró —en 1848— al Consejo Cubano formado, entre otros, por los exiliados Gaspar Betancourt Cisneros (El Lugareño) y Cristóbal Madan. Ese propio año, el Consejo fundó el periódico La Verdad, del que Teurbe Tolón fue su director, editor y redactor principal. Precisamente su diseño del escudo, asumido luego como uno de los símbolos de la nación cubana, lo concibió para incorporarlo al machón identificativo del diario, que circulaba de modo gratuito en los Estados Unidos y Cuba. Dirigió el rotativo hasta 1852, cuando renunció y lo sustituyó el destacado novelista Cirilo Villaverde”4.

En la calle Warren, cerca del río Norte, entre las arteria de Church y Collene Place, Nueva York, donde se hospedaba Miguel, el anexionista venezolano le planteó la necesidad de contar con una bandera como distintivo de la lucha contra el poder colonial español en Cuba. López había gestado en su mente el posible diseño del pabellón desde la conspiración de la Mina de la Rosa Cubana, del cual le comentó a su anfitrión, quien realizó con rapidez un boceto atendiendo a la solicitud.

“Debía tener tres franjas azules en representación de los tres departamentos militares (occidental, central y oriental) en que estaba dividida la Isla desde 1829 y por su experiencia militar hizo que estas destacaran sobre campo blanco para una fácil visibilidad a distancia. Para completar con los tres colores republicanos, el rojo, solo faltaba representar un cuadrado o un cuadrilongo, según lo acostumbrado para los pabellones nacionales. Pero Narciso López, que era masón, al igual que el resto de los presentes, optó por el triángulo equilátero, símbolo de unión; y en recuerdo a la bandera primitiva de la efímera República de Texas, recién anexada a los Estados Unidos en 1845, decidió que en el centro del triángulo se distinguiera la estrella de Cuba, levantada sobre un campo de sangre. Después de amplia discusión sobre la forma y distribución de los colores que debía lucir la bandera cubana, Miguel Teurbe Tolón tuvo el honor de trazarla en un papel e iluminarla, en correspondencia con las ideas expuestas”5.

En Cuba, la realidad era bien compleja para quienes sostenía relación con los exiliados. La casa de Emilia, donde vivía con su madre enferma, sita en la calle Manzano esquina a Ayuntamiento fue registrada por el sargento mayor de la plaza de Matanzas el 3 de marzo de 1850, y tras revisar libros, papeles y guardarropas solo lograron hallar la nota de despedida de su esposo. A la mañana siguiente fue sometida a un interrogatorio y a fínales del citado mes, Emilia se convertía en la primera mujer expulsada de Cuba por conspiración.

El 12 de abril arribó a Nueva York donde se reunió con Miguel y Narciso López, quien le pidió que confeccionara la bandera cuyo boceto había dibujado el esposo un año antes, “y esta se dispuso a reproducirla para obsequiársela a su inspirador. Según el relato de Cirilo Villaverde, testigo del histórico acontecimiento, «… la grácil y activa dama, entusiasta y filibustera como su marido y sus demás patriotas…», hizo el modelo original del pabellón tricolor con cintas de seda blancas y azules, más un retazo de tela roja. La estrella también era de seda y tenía un ribete del mismo género, blanco y trenzado. El nacimiento de la bandera de la estrella solitaria fue cantado por Miguel Teurbe Tolón con un soneto que en su primera estrofa trasluce sus patrióticos ideales:

Galano pabellón, emblema santo
De gloria y Libertad, enseña y guía
Que de Cuba en los campos algún día
Saludado serás con libre canto.

Terminada su labor, Emilia le entregó la bandera a Narciso López, y está sirvió de modelo a la confeccionada por los jóvenes de Nueva Orleans, llevada a Cárdenas por el caudillo el 19 de mayo de 1850. Pero antes de esa fecha, en la que ondeó la bandera por primera vez en Cuba, fue izada una el 11 de mayo en el asta del edificio donde radicaban las oficinas del periódico The Sun de Nueva York, sito en el número 89 de la calle Nassau, esquina a Fulton, y por esos días flotó otra en la fachada de la redacción de The New Orleans Delta, en Poydras 112, propiedad de Lawrence J. Sigur”6.

Los siguientes pliegos de la obra Emilia Margarita Teurbe Tolón y Otero… están consagrados a nuevos amores e incentivos de lucha, acontecimientos que fuera o dentro de Cuba, jamás pudieron opacar su verdadera identidad: Hacedora de la bandera cubana.

Notas:

1. Clara Emma Chávez Álvarez. Emilia Margarita Teurbe Tolón y Otero, Hacedora de la bandera cubana. Ediciones Boloña, La Habana, 2010, p.7.
2. Ídem. Pp. 15 y 16.
3. Ídem. p. 26.
4. Ídem.
5. Ídem. p.28.
6. Ídem. pp. 32 y 33.