Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 2:45 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 241 | ver otros artículos en esta sección »
Página

La buena literatura de Carlos Esquivel 

Alberto Marrero, 17 de agosto de 2013

Creo que la buena literatura (de cualquier época, estilo o tendencia ideoestética) sustenta el espíritu, lo enriquece, le insufla un aliento revitalizador, aunque lo que describa sea un mundo degradado por la iniquidad, el egoísmo, la envidia y las eternas fluctuaciones de la existencia. El cuento que hoy les presento se titula «Los expulsados», y su autor es el reconocido poeta y narrador Carlos Esquivel (Las Tunas, 1968). 

   Los lectores notarán, sin mucho esfuerzo, la maestría narrativa de este escritor, cuya obra abarca numerosos volúmenes de cuentos, poesía y novela. Poseedor de un lenguaje muy peculiar, que oscila entre la frase erudita —ferozmente poética, casi siempre— y el habla coloquial, Carlos suele situar sus historias en un terreno convulso, en una zona de fermentaciones invisibles. Poeta hasta los huesos, tiene el poder de comprimir las imágenes y luego hacerlas estallar como una granada de guerra. El que lee con atención, de seguro recibirá el impacto de múltiples esquirlas, o mejor, de ideas —esquirlas que no lo dejarán en paz por mucho tiempo—. En esta expansión juega un papel decisivo el amplio  epectro referencial del autor, fruto de una cultura adquirida a golpe de constantes lecturas y, también, de una vida asumida con intensidad y desprendimiento. Los que gozamos de su amistad sabemos la clase de lector que es y su obsesiva, casi posesa, dedicación a la literatura.

      En un ómnibus viaja un grupo de escritores que se dirigen a un evento literario de ínfimo nivel en otra ciudad. Van bebiendo ron y conversando sobre otros escritores. El intercambio de criterios sube y baja de tono.  Como suele suceder en esos círculos, enseguida aparecen las antipatías humanas y estéticas, las opiniones suspicaces, los elogios desmedidos y el acido corrosivo de las lenguas. En un momento del viaje surgen dos personas en la carretera, uno de ellos yace herido. A partir de ahí la historia tomará un curso insospechado cuyo final no adelantaré. Solo me resta decir que la lectura de este texto me refirma el criterio de que Carlos Esquivel es uno de los narradores más consistentes de las últimas generaciones que escriben hoy en el país.  Y digo uno, sin menospreciar a otros narradores más jóvenes, incluso más viejos —no se trata de edades, sino de talento— que conforman el panorama literario actual.

      Ha logrado múltiples premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Iberoamericano de la Décima, Jara Carrillo (España), Ciudad de Oviedo (España), La lectora impaciente (España), El zorzal (Argentina), además de ser premiado en los certámenes: La Gaceta de Cuba, José María Heredia, Hermanos Loynaz, Oriente, Manuel Cofiño y Regino E. Boti, entre otros. Es autor de los libros Perros ladrándole a Dios (poesía, 1999, premio a la Mejor Ópera Prima del año, en el país); Balada de los perros oscuros (poesía, 2001); Tren de Oriente (México, poesía, 2001); Los animales del cuerpo (premio Oriente, 2000, cuento, 2001); El boulevard de los capuchinos (poesía, 2003), Bala de cañón (poesía, 2006); Matando a los pieles rojas (poesía, 2008); Los hijos del kamikaze (poesía, 2008), y Un lobo, una colina (novela, 2011).

Alberto Marrero

 

Los expulsados

Carlos Esquivel


El que sólo leía a Rilke dijo que nada había como el alcohol para escribir un poema.
    Todos en el ómnibus aprobaron.
    Siete de la mañana, fotos de escritores, alborozados, que se levantan de sus asientos para entreabrir un principio de palabras al viaje. Seis horas de aquí a cualquier lugar, seis horas reconocidas a un evento literario de ínfimo nivel en otra ciudad.
    El que se cree el mejor critica al que está ausente, su poesía le parece una facción de tambores eslavos, un anuncio lumínico apagado.
    El que sólo leía a Rilke estuvo de acuerdo, no marca influencias alemanas su poética.
    La rubia que fuma mucho aprovechó que los hombres del ómnibus miraban a una mujer afuera, para defender al que estaba ausente.
    Lo que tienen que hacer es leerlo de verdad, dijo, y enfiló una teta contra la mujer para que supiese, y supiesen, que es verdad aquello dicho por Platón de que las meretrices más grandes y espontáneas están en la literatura.
    Lo dirás por ti, casi le dice el que se cree el mejor. Y diciéndolo escuchó que la otra no decía nada o, peor, se puso a leer al que estaba ausente.
    El que no es jefe pero le gusta pronunció una obertura a un discurso sobre la cívica de los centuriones romanos, la ideología materialista de Thomas Hobbes, la enajenación literaria de las últimas promociones de poetas afroamericanos y la globalización. 
    La que habla como una argentina se fue al asiento contiguo del que también pinta imitando a Jasper Johns. Allí comenzaron a hablar de fantasmas porteños y de los encadenados del descendre inglés, de serrerías en Buenos Aires, manzanas vaginales cruzadas por una línea azul caótica, esa mezcla de hambre y determinismo nacionalista que era Mujica Lainez, la silueta de un espejo negro, la cabeza de pistola de Arlt, ese Rabbit instruido por la fatalidad del privilegio, una montaña dentro de un ojo. 
    Los escritores despreciarán a sus semejantes, sus semejantes que son una especie de microbios en una botella de Sauvignon blanc vacía. Esas palabras de irritación pertenecen el que se cree el mejor. Espera un torrente de aplausos, su vista recorre la impasibilidad de los otros. Los otros beben alcohol, un invento del diablo para unir y desunir a los hombres, lo que saca y exprime el ácido de las fuerzas, los condimentos de una complicidad cotidiana, lo que convierte en valiente hasta al escarabajo que vive en un huerto de legumbres en Guatemala. El alcohol lo inventó Dios para dominar al hombre y escalar a sus temores, pronuncia el que no es jefe pero le gusta. 

     Lo inventó Sócrates para que los hombres encontrasen un punto superior al conversar entre ellos, dijo el que se cree el mejor. El alcohol es obra de Madame de Sevigné, segura de una evasión del cuerpo menos íntima y artificial, dijo en la ruptura del silencio la rubia que fuma mucho.
     Lo inventó Rilke, en sus horas incoloras de Munich, devorado por la impaciencia de vaciar sus energías en un libro deprimido hacia naufragios, ahora mismo, incomprensibles, habló el que sólo leía a Rilke.  
   El alcohol hace que la que habla como una argentina bese al que también pinta imitando a Jasper Johns. Él le toca las teticas que ella luce sin sostenedores bajo la blusa con una foto de Eva Perón.
   La rubia que fuma mucho desnuda una de sus tetas y se la muestra al que también pinta imitando a Jasper Johns. Estas son mejores para modelar, más duras y menos manoseadas, tetas como las del badinage, iguales a las de Pamela Appia para esos baños de Diana, de Boucher, o las de Georgina Spelvin que los hombres se comían en Garganta profunda. La que habla como una argentina le grita a uno de ellos mirando al otro, o viceversa, que sus tetas sólo han sido estrujadas por quienes buscaron en ellas arte o escritura, no las de la otra, que sólo son amasijos de piedra y carne, si vale el símil.
   La rubia que fuma mucho observa que los demás en el ómnibus apuestan por una y otra, y se va a su asiento mostrando el trofeo de la carne: al que también pinta imitando a Jasper Johns, que la persigue para sentarse a su lado.
   Escritores, alcohólicos, partenaires de ellos mismos, de sus ignorancias, de sus fracasos, enfermos, asfixiantes, casi pintores, casi putas, casi argentinos, discuten, recitan, casi en la realidad, defecan por una ventana, y no ven cuando el ómnibus sigue de largo ante el grupo de personas que grita pidiendo auxilio.
   Hay un hombre en el suelo / ¿está herido? /  ¿Ahogado? /  El chofer no lo ha visto.
   El ómnibus de detiene ante la súplica de el que también pinta imitando a Jasper Johns. Los demás reclaman al hombre que jura no haber distinguido a nadie con problemas.
   ¿Y si es una estrategia para montarse en el ómnibus, ustedes saben cómo está el transporte, cómo todo eso puede ser perfectamente una puesta teatral, un engaño?
    El que sólo leía a Rilke apoya al chofer. Después dirán que se burlaron de unos escritores, retrato de escritores en las nubes. 
   Los escritores son inteligentes sólo cuando de libros se trata. Más allá, o más acá, nos encontramos a tipos rutinarios, a fieras de la depravación, a maîtres de una cocina sin sabor ni olor. (Richard Rice, periodista de The Guardian, en su libro La importancia de no llamarme Marcel Proust).
   La rubia que fuma mucho dijo hay que acercarse, provocarlos a una reacción, ¿y si hay un hombre herido de verdad, dónde iría a caer nuestra piedra de la conciencia?
   En las tetas, anunció con burla la que habla como una argentina, pero entendió que hasta el mismo Osvaldo Soriano se pondría solemne en esta situación.
   El  chofer se acercó un poco, el ómnibus a unos cincuenta metros. ¿Y si va uno de ustedes a confrontar los hechos, a comprobar si la verdad es verdad o si es embuste?     Quizás tomen represalias por no prestar auxilio a tiempo y aplastar el altruismo, incluso, pueden tomarnos como rehenes, dijo, botella en mano, en boca, el que sólo leía a Rilke.
   Se cierra el espacio escénico y el chofer se decide y acerca el ómnibus a unos quince metros. Mantiene la puerta cerrada, los demás cierran las ventanillas, los de abajo se acercan con un hombre a cuestas. Sangra, nadie sabe de qué lugar del cuerpo, pero la sangre se amontona, casi seca, en una camisa hecha jirones y sucia. Los otros también están sucios. Es un lugar de campo, no hay casas por allí, aunque el pueblo más cercano quedase sólo a unos cinco kilómetros. Se cayó de una mata de coco, le grita el que estaba más sucio. El chofer abre con cautela mientras mira con resignación a los otros ocupantes del ómnibus.
   El que estaba más sucio descargó al hombre en el pasillo. En estos casos, los choferes son unos hijos de puta del tamaño del ómnibus, ofendió mirando como los otros se iban hacia el fondo: huyendo de ver y no ver a un hombre mortalmente herido, inconsciente, revuelto por el dolor punzante en las costillas.
   En estos casos, los choferes tienen la desconsideración de no auxiliar a un hombre que se muere, impulsó con furia el que estaba más sucio.
   Yo no vi a nadie herido, no tengo que mirar a todos lados, se defendió el chofer.
   El alcohol, claro, dijo el que estaba más sucio, mirando una botella que caía del segundo asiento y rodaba hasta el hombre herido.
   Borracho, punzó hacia el otro, voy a tomar el número de chapa para denunciarte.
   El que no es jefe pero le gusta se atreve, desde el fondo del ómnibus, a gritar al que estaba más sucio que el chofer está limpio con las consecuencias, ese alcohol es nuestro, de la poesía.
   De la poesía no, dice el que estaba más sucio: de la muerte. El chofer detiene el ómnibus. 

  Estoy libre, no tengo culpas y ahora no quiero llevar a ese hombre, bájelo, dice declinando la voz para que la inexpresividad de su rostro sea más contundente.
   El que sólo leía a Rilke lo apoya casi en secreto, se lo confirma al que se cree el mejor. El chofer tiene que ser fuerte y no dejarse aplacar por un tipo harapiento, a lo mejor esos dos son actores de la calle, el otro no está herido y sólo finge para que lo llevemos cerca de su casa. No hay razón para que pague quien no debe pagar, dice la rubia que fuma mucho, señalando al hombre herido.
   El que estaba más sucio dijo yo no bajo a nadie, primero muerto. El chofer le anunció pues entonces bajamos nosotros dos, y vamos a ver quién es más fuerte. El que no es jefe pero le gusta se abrió paso por el pasillo y siguió a los dos que se impulsaban tras unos arbustos. Lo siguieron el que también pinta imitando a Jasper Johns y la rubia que fuma mucho.
   El hombre herido se quejaba, concurría a un grito torrentoso. Si le enseñas una teta y reacciona, ya sabes, puro truco. Habló el que sólo leía a Rilke, y la que habla como una argentina titiló la respuesta: esa proposición es con la otra.
   El que se cree el mejor se acercó silenciosamente al hombre herido. Llevaba un orden de precauciones y olfateó, a distancia, la suciedad adherida a la camisa. Parece sangre de verdad, les dijo a los del fondo. Recogió la botella y terminó un trago minúsculo, para arquear un poco y lanzarla entre la hilera de asientos. La botella volvió a rodar hacia el hombre herido.
   ¿Viste? Dijo la que hablaba como una argentina. Dios sabe lo que hace, es persistente y feroz, por eso nos da las claves, la botella hacia el hombre herido, habló la otra con las mismas alambradas lingüísticas de las actrices porteñas de los Teléfonos Blancos.
   Quieres decir que Dios nos sugiere que ese hombre juega y nos envuelve en su trampa, sugirió el que se cree el mejor.
   Claro, pero no aplastemos el eco de este sensacionalismo, aprovechémoslo, divirtámonos con él. Habrá tiempo para venganzas. 
   El que sólo lee a Rilke jadea ante un trago que le brinda el que se cree el mejor. Si no se muere se aburre de estar acostado, esperemos una de las dos, en cualquiera de los extremos nos vencerá. Vayamos donde está y levantémoslo, esperemos su reacción, le confirma el que se cree el mejor.
   Es viejo, debe tener sesenta. Setenta, intenta corregir con aproximaciones el que sólo lee a Rilke a la que habla como una argentina. Con esa edad, continúa, uno no puede subir en una mata de coco, aunque te sacuda jurándote que tiene necesidad de sobrevivir vendiendo dulces.
   El que se cree el mejor dice yo sé lo que hay que hacer, pero esperemos a que lleguen los otros. La tempestad de la muerte, la muerte de la tempestad, dibuja las palabras de su ídolo el que sólo leía a Rilke. ¿Y si lo bajamos, lo escondemos en algún matorral, y cuando llegue el otro, si es que llega, le decimos que este se cansó de esperarlo y se fue en  otro carro, así comprobamos las suposiciones, mirando la sinceridad con que actúa?
   Los otros aprueban, se dirigen a la parte delantera del ómnibus y llegan hasta el hombre herido. No se ponen de acuerdo para levantarlo. Huele mal, dice el que se cree el mejor, y pesa casi una tonelada. Trata de asirlo por los brazos, el otro por los pies, ella mira, sostiene la botella y abre la puerta. Los otros se esfuerzan, pero es imposible, sólo avanzan un par de metros hasta los escalones de salida.
   En ese momento los otros se acercan. El chofer delante, victorioso, escoltado por un opositor, más sucio que antes, y por los poetas. Los que estaban arriba anunciaron con precisión que mientras ellos conversaban el hombre herido se levantó para irse, pero al verlos a ustedes se volvió al suelo.
   Vamos a bajarlo para que engañe a otros, dijo con severidad el que se cree el mejor, y encuentra el modo de revelar de la duda un escarmiento rotundo y la confianza de sus compañeros.
   No perdemos nada con seguir el viaje con ellos, somos escritores, no ampulosos funcionarios que le niegan el transporte a los que no son de su categoría. Al fin y al cabo, como diría Koeman, el que mira la barriga del semejante sólo ve la suya. La rubia que fuma mucho compactó las palabras a una retreta casi filosófica.
   Sabes, le dice el que sólo leía a Rilke, yo no soy igual a un vendedor de turrones, y, por otro lado, Koeman fue una voluta estomacal de Rainer María. ¿Quién leyó Taberna Praga: el antro de los judíos pintores que no pueden ir a París y festejan con diatribas esos subversivos tiempos? Ustedes no saben.
   El chofer mira al que estaba más sucio. Se van conmigo, dice, luego sonríe ante el otro que se atreve a arrebatar la botella al que no es jefe pero le gusta. 
   Dile que no finja más, le dice el que también pinta imitando a Jasper Johns. 
   Él no finge, nadie finge, sólo escapa de la realidad y nos confunde, se apura en decir la rubia que fuma mucho. Exacto, dice con arrogancia, desde el alcohol, el que estaba más sucio.
   Vuelven al viaje, a la literatura, a las confidencias aromadas por autores que tientan con fulgor a cada uno. El que estaba más sucio se ha ido a la parte trasera del ómnibus para escuchar de literatura, de chorros poéticos milenarios, hogueras francesas, modelos sicalípticos en los trazos líricos de Anne Sexton o Ruth Fainlight. Olvidan al hombre herido,la rubia que fuma mucho introduce un poema del que está ausente para que los otros vuelvan a las apuestas de permanencia.
   El que estaba más sucio va hacia donde está el hombre herido y regresa con tres cocos y un cuchillo que ha extraído de un saco. Los abre aparatosamente y  brinda a los otros. 
   El que estaba más sucio separó la masa del agua, succionó con su lengua la parte blanca y mordió para aproximarlos a su convite. Ahora todos probaban la pulpa del coco, la olían, la devoraban como aceptación del hambre o el sortilegio de saborear esos escombros del prójimo. El chofer se atrevió a detener el ómnibus para enrolarse en la cofradía.
   Todos comenzaron a elogiar la ductilidad y el buen gusto de la fruta. En dulce es mejor, dijo el que estaba más sucio, nosotros mismos lo preparamos y después los vendemos.
   La que habla como una argentina se atreve a preguntarle si tienen necesidad de arriesgarse subiéndose a unos cocoteros. De algo hay que vivir, se jacta el que estaba más sucio, peor es el hambre.
   Prosiguieron.
   Están llegando al pueblo, atraviesan las calles a media velocidad. No es el mediodía, pero el que no es jefe pero le gusta anuncia bajarse en cualquier sitio para estirar los pies. El chofer detiene el ómnibus. Los demás siguen a el que no es jefe pero le gusta y casi derrumban al hombre herido al bajar del ómnibus. El que estaba más sucio también fue con ellos.
   La rubia que fuma mucho es la primera en regresar. Se detiene a observar al hombre herido, paraliza su vista en los ojos cerrados de este. Qué hay detrás de ellos, se pregunta, qué imaginan, qué esconden. Por fin se decide y va hacia el fondo. Como sus compañeros demoran se impulsa a echarle una ojeada más profunda al hombre herido. Toca con un pie el saco con algunos cocos, introduce una mano y lo comprueba. El rostro del hombre en el suelo está marcado por los avatares de una existencia en descenso, por una aguja que se impulsa hacia el ocaso.
   Es feo, se dice, y no quiere impedir mirar a un hombre que probablemente sabe que ella lo mira sin alguna sensación trascendente. Descubre que los otros regresan y ocupa el sitio de antes.
   Tiene mejor cara, dice el que sólo leía a Rilke, refiriéndose al hombre herido. Y lo más importante es que ya está en casa. El que se cree el mejor opina que, en estos tiempos, ser escritor es más difícil y menos recompensado que vender turrones de coco. Siendo lo segundo, ya se sabe que existe el coco, y más tarde se procesa y vende. La literatura no  existe hasta que no se crea, crearla es un proceso de implosión y explosión a la misma vez, y después publicar y vender es como acertar la entrada del agua al coco. Dirige sus palabras hacia el hombre herido, olfatea el sentido infamante de su silencio y agrega en la literatura no se puede fingir.
   Es verdad, dice el que sólo leía a Rilke. Concertamos que, después de esta, preferimos quedar como vendedores, es más productivo, además, a nosotros, qué nos ha dado la literatura: toneladas de humo, nada. Se pregunta y  responde el que no es jefe pero le gusta.
   Otra cosa, interrumpe la que habla como una argentina, la escritura es sin dulce, escurridiza, amarga más bien.
   Además, hay que viajar a lo imprevisible, creer y no creer, descubrir para que nos descubran (El que también pinta imitando a Jasper Johns).
   Hay que pender de una racionalidad más que todo falsa, de una morbidez que es más acústica que el espíritu interior (La rubia que fuma mucho).
   Me deja en el hospital, le grita el que estaba más sucio al chofer e interrumpe a los otros.
   ¿Hospital?
   El chofer detiene el ómnibus con brusquedad. Ese hombre está herido, le reclama el que estaba más sucio, y va hacia el cuerpo del hombre en el suelo. Lo olfatea, comienza a tantear encima de la ropa llena con manchas de sangre. Ambos complementan una única suciedad. El que estaba más sucio intenta levantar al otro, hace una mueca de impotencia y se resigna. Mira a los otros, nadie se incorpora, nadie lo ayuda, todos lo miran.
    Está muerto, dice con serenidad. Debió morir hace poco, todavía tiene el color de los vivos. Se afianza al cuerpo del otro y trata de empujarlo hacia el centro del ómnibus. Pesa más, ahora pesa más, se lamenta. Los demás continúan observando en silencio. El chofer no se ha puesto en marcha, el sol entra con fuerza por la ventanilla y, desde uno de los últimos asientos, la botella de alcohol rueda hasta el hombre en el suelo.

Elaine Vilar Madruga  , 2019-12-04
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-22
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-13
Alberto Marrero, 2016-08-15
Alberto Marrero  , 2016-07-04