Vertebración religiosa de Serafina Núñez
La poesía en cuanto dimensión de lo desconocido se revela sosia de la movilidad humana, cuya esencia se expresa en esas preguntas que apuntan hacia un sentido religioso. «Señor que lo quisiste: ¿Para qué habré nacido?»,1 se pregunta Dulce María Loynaz. «No sé cuándo las horas me abrirán la morada»,2 se cuestiona Serafina Núñez en unos versos que si bien no expresan el referente Dios, su preocupación alrededor de la muerte coincide con el drama del hombre frente al Misterio. «Secreto de la vida»,3 le llamó Fina García Marruz en su Hablar de la poesía a este arte que se hace «con lo que desconocemos».4
El eminente teólogo Luigi Giussani en su libro El sentido religioso manifiesta esta exigencia del hombre en la búsqueda del significado de todo:
Si solamente respondiendo a mil preguntas se agotara el sentido de la realidad, y el hombre encontrara respuesta a novecientas noventa y nueve de ellas, seguiría tan inquieto en insatisfecho como si estuviera al principio. Hay en el Evangelio una llamada interesante a recordar esta dimensión: “¿De qué le sirve al hombre poseer todo el mundo si pierde el significado de sí mismo? O ¿qué dará el hombre a cambio de sí mismo?”.5
Es la razón quien mueve a la indagación, siendo improbable agotar las preguntas. Por el carácter infinito de tales meandros, la poesía ha penetrado las puertas de lo invidente desde tiempos remotos y, asociada con lo sagrado, conmueve su agudeza en nuestra sensibilidad —ese algo inmortal del ser— puesto que, al decir de Marruz, es "la súbita captación de aquello que seguiría existiendo aún cuando yo no lo viese".6
Hay en el poema “Te converso, alma” una filiación a la trascendencia según la cual destrona las ataduras del mundo o «dioses de sombra».7 Más arriba a los clamores del desvelo, que la intelectual malagueña María Zambrano llama «oscuridad intrascendente»,8 Núñez se abandona adonde no habitan las penas y su corazón gana honduras de luz. Por eso, el hablante lírico, vuelto de espaldas a la oscuridad, dice: "miserere cantemos, alma mía".9
En “Viniendo de la luz”, el dolor por el «incitante ausente»10 trae pérdida de la armonía, sobreabundancia de la tristeza. Este corolario se sugiere a partir del pasaje cuyo nexo intertextual apunta a la realidad del Calvario: "y como corza de costado herido /gimiendo por su gloria en la espesura, /se entrega el alma al sueño diferente".11 El vuelo de las hojas por la brisa otoñal deja ver el drama de una existencia que, sin la dependencia a Otro, al origen de todo, se expone a una brumosa lamentación en la visión total de la vida.
La idea de la muerte merece atención en la obra de Serafina Núñez. Atraída por las elegías, con las que expresa su angustia, en ocasiones adquiere identificación con la luminosidad, como en “Elegía de una niña”: «Ya estás en esa esquina de la luz».12 Y en “Elegía de su muerte”: «Luz de tarde cansada te dibuja el perfil»;13 o desde la “Elegía por los niños de España”, con una presencia celeste: «La luna roja, fría, se levanta / desde miles y miles de ojos niños / ya para siempre sorprendidos.»14 Pero siempre con zozobra, como en “Palabras a la muerte”: «Tú llegas despertando un acoso de tigres»15 y en “Epitafio”: «duerme ya en su tranquila desnudez sin presencia».16 Al reflexionar sobre su experiencia en torno a esta inspiración, no cabe duda de que la percepción de Núñez tiene esa vertebración religiosa, donde se descubre una certeza en la confianza por el Eterno.17
Ahora bien, el erotismo en los versos de Serafina es energía que permanece y se acrisola desde la experiencia del amor que aguarda. La crítica, en su afán de ubicar grupos poéticos dentro de tendencias establecidas por las voces de sus autores, colocó a Núñez por el tono de intimidad que se percibe en una parte de sus textos, en la vertiente neorromántica de la que habían sido cultivadores, entre otros, Mirta Aguirre con sus “Cantares de mal de amores” o Emilio Ballagas con su “Elegía sin nombre”. Pero en su discurso poético, nuestra poetisa escribe paralelamente textos con una percepción del yo colectivo que funciona en el contexto social: “Canción desesperada de la armonía presentida”,18 “Elegía por los niños de España” y “Oda a Federico en el cielo de Granada”, son títulos que enrumban hacia la mirada encaminista de la cantora, que reflexiona y condensa sus imágenes filosóficas, mediante las cuales figura esa proyección del sufrido instante que trasciende.
Quizás debamos repasar el tratamiento del Eros para valer la insatisfacción serafiniana en su discurso poético: «ojos de brisa y primavera»19 y «remero de la dicha»20 son epítomes metafóricos que presencian un aire enamorado, el que pronto se convierte en huésped perseguido con su “Cancioncilla del dulce azar”. Pues así dice en el titulado “Motivo”:
¡Ah, hombre de mis tormentas! ¡Hombre de mis auroras!
de mis gritos de piedra, de mis cuchillos ácidos:
por ti atravieso el mundo herida de palomas.21
Hallamos en Serafina la angustia emergida de su espíritu bondadoso. Es una mujer que asevera el amor cual motivo de alegría, sin embargo, lo reconoce portador de esos cuchillos que atraviesan el pecho anegándola de dolor, el signo más fiel para objetivar su existencia.
Si bien es cierta la presencia de un sujeto lírico que difiere de la personalidad del autor también encontramos autores a los que resulta difícil separar del sujeto lírico. Este es el caso de Serafina Núñez, quien aprendió a amar, a reconocerse casi invisible al descubrir su sentimiento, cuyo reflejo encontramos en los diversos volúmenes que acompañaran la vida de la poeta.
En “Soneto sin nombre” se advierte la inquietud por ese amor que dona y no alcanza a recibir con igual medida. «Porque tu amor no es siempre lo que siento»,22 dice en un endecasílabo, dando muestras de lamento por la desproporción que hay entre su amor y el de su ser amado. Pero en “Del amor” se siente una voz profética: «Señor adusto que olvidó el cayado».23 Tal vez ese olvido conlleva a una perenne búsqueda, clave dentro de la lírica de Serafina, cuya esencia gana estatura en los tercetos:
Luna y rocío inscriben sin apuro
el destino en tu códice secreto
que es del vivir el único amuleto.24
Probablemente Núñez —como los hombres de la antigüedad, es decir, aquellos que tuvieron la responsabilidad de construir los signos lingüísticos—, comprendió la importancia de afirmar a un «Tú». Desde otrora es una regla ortográfica acentuar la segunda persona del singular, contrario de lo que ocurre con la primera persona gramatical. Por eso, Serafina desdeñó la relevancia al ego —que tanto auge recibe por las sociedades modernas y vuelve a los hombres estériles—. Y es que la vida cobra sentido, se hace fértil, si se ama a ese «Tú» que acompaña nuestro camino.
Sería tal vez necesario tensar la cuerda que procura asir la belleza: el indigente interior que perpetúa un ansia inabarcable; es decir, la del corazón humano que, frente a lo bello, acaso es afectado sin notarlo: un framboyán florecido, la sonrisa de un niño con su madre, la luna que va siendo imperceptible en el alba nueva… Ese natural sentido de la belleza despierta en Núñez una intuición, se le revela en el instante que le precede a la creación. Por eso sueña con ojos de verde lluvia tibia, duendes y dragones, un río que busca en su sangre destino para sus estrellas, etcétera.
Misterio insepulto es esa «luz altiva»25 que recorre parajes bajo “apacible” desnudez. «¡Oh delirio inaudito en las fronteras de lo hermoso!»,26 exclama en su “Canción de la belleza”, develando un callado grito en estampida, el mismo que late del reclamo que escucha desde su indigente interior. Conmueven la intimidad del asombro y de la bruma cuando los ojos se detienen a «los secretos recintos de la rosa».27 He ahí el vacío que anhela colmar la carencia de la que se está lleno «recorriendo las costas aureolares»,28 como presentimos tras leer su “Segunda canción a la belleza”, en franca muestra de lo inabordable: «Llegas, en silabeo, / ofreciéndote, hurtándote, en tu lejana luz».29 Una relación disyuntiva, con apariencias de conjunción, envuelve su presencia «para siempre llegando».30
¿Quién no ha visto a la belleza convidándose, qué truncado dique podría inundarnos con su existencia, aun solo mostrándose? Su esencia es poco entendida por el hombre, pues su condición trascendente es apenas perceptible en su totalidad si no se descubre al Origen.
Desde luego, Serafina Núñez fue una mujer interesada por esas preocupaciones que rodean al ser y comprendía el universo no desde lo cristiano, sino desde lo religioso cual fundamento ontológico. A veces intuitiva, pero siempre aguda, en su poesía se observa la red de pensamiento que concierne a la adhesión al Infinito. En muy escasas ocasiones nombra a Dios, sin embargo, abundan los referentes que clarean su sacra existencia. Además, sus planteamientos apuntan hacia el Alfa, como la muerte, el alma, la belleza, entre otros motivos, donde la sensibilidad despierta la consistencia de su experiencia en relación con Él.
Pero, distendidos sobre ciertas virtudes de su poética, y casi sin percatarnos, vislumbramos un conjunto de la creación de Serafina Núñez. Entonces, no sería ocioso citar el soneto “Sin corceles de estrellas va la vida”. Titulado “Remota en huella errante” en un libro anterior, Vitral del tiempo, alcanza, sin embargo, en El herido diamante una puntuación más acabada. Téngase en cuenta que el poema corresponde a la etapa en que Núñez escribe un número amplio de sonetos y se observa su madurez creativa. Sin duda, los cambios obedecen a criterios estéticos que fluctúan entre un ascendente ritmo melódico (otorgando un efecto sosegado) y el contenido de los versos escritos bajo una vertiente meditabunda, que denota aceptación de una voluntad ajena a sí misma:
Remota en huella errante, perseguida,
no pretendo, Señor, darte reproche
sino intentar refugio en esta noche.
Sin corceles de estrellas va la vida.
Consagra mi caudal, cerca la ida;
mi entraña muerde el inefable broche
que con su mano leve desabroche
el duende oculto en la pupila herida.31
En los cuartetos se aprecia el recogimiento del sujeto lírico preso de olvidos y distracciones que le apartan de esos corceles de estrellas, cuyos jinetes no son los de la muerte, sino los de la vida. Desandando la noche, como en la actitud del hijo que regresa al Padre, busca refugio en el Señor, y desnudo de amor, su alma herida reconoce ante Él la propia culpa. Pero en los tercetos, sus preguntas son expresión de entusiasmo por la adhesión que ennoblece el destino:
¿Qué testimonio de celeste viaje
dibuja desgarrado mi paisaje
en el quemante rosicler que amo?
¿Qué dulzura en mil lenguas dividida
me enamora la sangre y da la vida?
Rapsodia soy, cautiva a su reclamo.32
Tal aceptación se formula en la actitud de amar, de la perenne búsqueda y constatación de ese amor recíproco y que es impulso para la escritura, incluso, como método de indagación con el Infinito Dulzor mil veces defraudado: «testimonio de celeste viaje»33 y «dulzura en mil lenguas dividida»34 son elucidaciones líricas concernientes a Aquel que obró con inigualable justicia de amor. Es este un soneto, quizás el único, donde el vocablo Señor, relativo a Dios, se hace explícito. Su autora parece compungida por las escasas evidencias amorosas de su amado, desde luego, muy desproporcionales a su verificación; de ahí que acuda a la Gran Presencia, quien ha sido recipiente de una mayor desproporción y cuyo tema ha sido cantado por los poetas Lope de Vega y Rabindranath. Tagore. La diferencia del poema que nos ocupa con los textos de los mencionados autores consiste en la inclinación hacia lo profano, sin olvidar el vínculo sacro que les une.
Por último, en “Sin corceles de estrellas va la vida” se señala la esperanza de la creadora, su delicada interpretación que, con cálido acento, alcanza luminosa expresividad, sustantivando su fino espíritu de mujer.
En una tarde sideral, desde la montaña de la cruz, bajo la soledad y el silencio perfectos, he descubierto cómo Serafina Núñez me acercaba al aire de la cima y este descorría las orlas de su soplo, en tanto, un verso rezumaba la poesía de la sonetista cubana: «Yo la miro en los brazos del viento».35
Notas
1 Dulce María Loynaz: “Señor que lo quisiste…”, en Poesía, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2002, p. 8.
2 Serafina Núñez: “No sé cuándo las horas”, en Antología de la poesía oral traumática y cósmica de Serafina Núñez, Frente de Afirmación Hispanista, A. C., México, 2007.p. 131.
3 ina García Marruz: “Hablar de la poesía”, en Hablar de la poesía, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1986, p. 436.
4 Ídem.
5 Luigi Giussani: El sentido religioso, Ediciones Encuentro y Editorial Sudamericana, S. A., Buenos Aires, 1998, p. 74.
6 Fina García Marruz: “Hablar de la poesía”, en ob. cit., p. 436.
7 Serafina Núñez: “Te converso, alma”, en Antología de la poesía oral traumática y cósmica de Serafina Núñez, p. 157.
8 María Zambrano: “Método”, en María Zambrano, 1904-1991, Alcaldía de Vélez Málaga y Fundación María Zambrano, Diputación provincial de Málaga, p. 76.
9 Serafina Núñez: “Te converso, alma”, en Antología de la poesía oral traumática y cósmica de Serafina Núñez, p. 157.
10 Serafina Núñez: “Viniendo de la luz”, en Sonetos escogidos, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2009, p. 45.
11 Ídem.
12 Serafina Núñez: “Elegía de una niña”, en Antología de la poesía oral traumática y cósmica de Serafina Núñez, p. 84.
13 Serafina Núñez: “Elegía de su muerte”, en ob. cit., p. 97.
14 Serafina Núñez: “Elegía por los niños de España” en ob. cit., p. 114.
15 Serafina Núñez: “Palabras a la muerte”, en ob. cit., p. 218.
16 Serafina Núñez: “Palabras a la muerte”, en ob. cit., p. 218.
17 Osmany Pérez Avilés: “Vivir soñando”, en Palabra Nueva. Año XI No.116, La Habana, febrero, 2003, pp.56-57.
18 Se trata de uno de aquellos poemas que Serafina Núñez leyera en el Teatro Campoamor en presencia de Juan Ramón Jiménez y que resonara por la ya gradual toma de conciencia de la realidad nacional, cuya economía cedía a la injerencia externa norteamericana.
19 Serafina Núñez: “Cancioncilla del dulce azar”, en Antología de la poesía oral traumática y cósmica de Serafina Núñez, p. 279.
20 Ídem.
21 Serafina Núñez: “Motivo”, en ob. cit., p. 34.
22 Serafina Núñez: “Soneto sin nombre”, en ob. cit., p. 273.
23 Serafina Núñez: “Del amor”, en ob. cit., p. 208.
24 Ídem.
25 Serafina Núñez: “Canción de la belleza”, en ob. cit., p. 167.
26 Ídem.
27 Ídem.
28 Serafina Núñez: “Segunda canción a la belleza”, en ob. cit., p. 263.
29 Ídem.
30 Serafina Núñez: “Canción de la belleza”, en ob. cit., 167.
31 Serafina Núñez: “Sin corceles de estrellas va la vida”, en ob. cit., p. 274.
32 Ídem.
33 Ídem.
34 Ídem.