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El gran poema de la memoria

Teresa Fornaris, 26 de agosto de 2013

Un buen amigo me ha dicho que los “gustos” —esos deleites en los que nos dejamos envolver— vienen siempre de la infancia, o del instante prístino en que fueron descubiertos ante nuestros ojos, o nuestros sentidos, despiertos y ávidos de todos los estímulos. Doy a mi amigo el beneficio, no de la duda sino el que explica el sitio del recuerdo que no está en la memoria. Me aseguro de encontrarme allí hombres como mi abuelo, un guajiro de Banes, decimista por naturaleza, que completó letras y números en la luz verde-miel de los ojos de una santiaguera. Y en las extrañas confluencias mentales escucho la voz de mi abuela diciendo: “me desperté sobresaltada, sabía que eran bombas…” y la angustia por la niña —mi madre— dejada en otro sitio… y él a presentarse para ser movilizado… y la gente corriendo a ver dónde eran útiles… Era el 15 de abril del 61, el ataque al aeropuerto de Santiago de Cuba, uno de los destinos de la mordida que se quería anticipar.

Lejanas mis fechas de aquellas duras vivencias, la huella púrpura dejada sobre el eje cársico del centro sur de Zapata, volvió a repetirse en otro entorno. Con devoción de escolar, declamé veces incontables  lo que muchos llamaban “el poema de los zapaticos blancos” y años después la vida me colmó al decirlo ante su autor, nuestro querido Jesús Orta Ruiz, quien había percibido ese dolor de lirio agujereado, primero en la historia de esa niña —Nemesia—, y luego en la voz que entonces recordaba sus versos.

Esta oportunidad es nuevamente especial. El poeta, narrador, guionista, director cinematográfico y periodista, Víctor Casaus, autor de Girón en la memoria, me ha pedido un comentario, unas breves palabras de presentación que sirvan de motivo a la lectura: un trabajo difícil, acaso de quien quiere colocar el mundo en un frágil papel.

A poco más de medio siglo de esas realidades, habiendo obtenido importantes reconocimientos (entre ellos la Primera Mención del Premio Casa de las Américas), con la custodia de los más destacados escritores e intelectuales cubanos (Ambrosio Fornet, Eduardo Heras León, Raúl Roa), anunciado desde un certero prólogo del Premio Nacional de Ciencias Sociales Pedro Pablo Rodríguez, con las voces vivas —y no— de quienes fueron sus actores —reales mas no actuados—: milicianos, pilotos, gente de ayer como cualquiera de los que hoy seguimos aquí … ¿Qué podría decir?

Conocí a Víctor por El libro de María, un ejemplar de tamaño singular, publicado por Sed de Belleza, con edición de Alpidio Alonso e ilustraciones de Fabelo. Y aunque comenzaba a entrever su quehacer y su obra, mi respeto cristalizó al saberlo tan cercano de Luis Rogelio Nogueras, uno de los poetas que admiro casi con vehemencia.

El azar concurrente hace coincidir, en espacio, nuestros centros (Casa de la Poesía y Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau), otra confluencia que acojo con agrado, por las marcas que deja en el bien que hace por otros, por ese proyecto que ha diversificado y engrandecido.

Entiendo el agradecimiento de sus muchos colegas con la cuarta edición de este libro, que alguno antes que yo calificó como un gran poema, un poema coral. Y coincido con cierta preocupación de Pedro Pablo, expresada en su prólogo, sobre el modo en que se pierde, entre muchos jóvenes, la memoria histórica de esos días, repetida hasta el cansancio en escuelas y centros, vaciada de sus significados por los que carecen de vocación. Ahora, nuevamente, Víctor la salva para todos sumando, a sus múltiples profesiones la de traductor de una emoción nacional.

Esencialmente cinematográfico, el hecho que testimonia este libro se completa en las experiencias particulares, vívidas, de hombres que estaban dispuestos a morir y de otros que lo hicieron. Una constelación de voces que Casaus fue colocando sabiamente como quien anuda con fuerza una red que luego lanza con hondura al pecho de quien la enfrenta. Nada habrá más terrible que ver el rostro de quien parece dormido sobre la estela tibia de su sangre. Allí están esas palabras, acompañadas con las imágenes de Ernesto Fernández, corresponsal intrépido (…) observador preciso.

De tal densidad son estas páginas. Sólo un poeta es capaz de apercibirla, de tener la sensibilidad justa, el tino para que sus palabras logren trascender más de 40 años, igual de intensas, en una visión individual y de conjunto. Es el gran poema de la memoria de las realidades que no podrán volver a suceder.

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