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Ciudad de barro

Alina Iglesias Regueyra, 31 de agosto de 2013

—¿Qué sabes tú? —respondió molesta la mujer—. Mantengo mi rostro cubierto cuando pido limosnas para que nadie pueda ver mi vergüenza. Yo era gerente en una oficina en Afganistán. Me gradué de la universidad. ¡Y mírame ahora! ¡No, no me mires! ¡Lárgate!

En Ciudad de barro, tercera y última parte de una trilogía de novelas cortas para adolescentes y jóvenes —y para quien quiera conocer, de primera mano, acerca del conflicto afgano desde la visión de una chica inmersa en él—, la canadiense Deborah Ellis nos acerca a una contienda bélica compleja, donde no solo se evidencian los conflictos religiosos derivados del extremismo islámico de las milicias talibanes, sino muchos otros entresijos sociales y políticos que emanan de ambiciones ancestrales por el control de la tierra afgana que involucran a más de una potencia occidental.

Con edición de Néstor Cabrera e ilustraciones de Yahilín Pérez, el texto fue publicado en al año 2011 en la Colección 21 de la Editorial Gente Nueva, cuyo diseño es de la autoría de María Elena Cicard.

Esta vez, el personaje principal de la obra no es ya la niña con simbólico nombre de montaña, nuestra ya conocida Parvana, sino su mejor amiga: Shauzia, quien, proscritos sus sueños de estudiar hasta los últimos niveles, se ve obligada, como su compañerita de aula, a vestirse de varón y pelarse al rape para poder sobrevivir en una sociedad que margina completamente a las féminas, al punto de torturarlas hasta la muerte por el solo hecho de andar por la calle a rostro descubierto. Muchacha inteligente, tenaz y ambiciosa, posee entre sus peregrinos tesoros una imagen de la capital francesa, adonde sueña llegar para desarrollar sus conocimientos, inmovilizados por la barbarie.

Junto a su perro Jasper, la chiquilla abandona el refugio comandado por las viudas de la guerra, donde niños huérfanos como ella encuentran un mínimo de alimento y ropa. Tal y como sucede en las anteriores partes de la trilogía, las secuencias que transcurren en los mercados son los momentos ideales utilizados por la autora para la descripción intencionada de personajes como este del principio: una universitaria que mendiga para mantener a sus hijos.

La adolescente se ve precisada a trabajar limpiando una carnicería a cambio de un trozo de pan y té. Más adelante, se suma a un grupo de niños que, sin mucha esperanza, recogen materia prima. Tras reunir algún dinero en estos menesteres, es asaltada y despojada de su pequeña fortuna por la policía local. Finalmente es rescatada por un funcionario occidental que se dedica a la protección de niños abandonados. Su comportamiento desesperado en el nuevo hogar, propio de quien ha experimentado situaciones extremas —acopia comida bajo su cama, comparte con los niños pobres de la zona las ropas que le ofrece el buen samaritano y los invita a permanecer en la vivienda—, provocan su inmediato retorno al campamento de viudas. Allí sufrirá los efectos de la lucha por vencer el hambre, cuando al llegar a un almacén, los hombres, sin piedad alguna, impiden que llegue el alimento a las mujeres y a los niños. Será trasladada a un hospital para curar las heridas físicas —será imposible sanar las espirituales— sufridas en tal singular combate:

—La paciencia te exige más de la que posees —respondió Shauzia—. La paciencia nunca cura nada. Lo único que hace la paciencia es hacerte olvidar que alguna vez deseaste algo mejor. La paciencia te convertirá en una piedra.

Sabias palabras que la autora pone en boca de la adolescente de 14 años, para que las escuche todo el que pueda y quiera leer esta magnífica obra. Aunque dejo el final para que cada quien lo conozca por sus propios ojos, vale destacar el impacto de su significado y la muy lograda identificación psicológica y estética: por el profundo sentimiento justiciero y patriótico y el humanismo hacia afganas y afganos de todas las edades que comunica, pareciera que la autora hubiera nacido en aquella inhóspita tierra.

Deborah Ellis logra dibujar un paisaje hiperrealista del Afganistán actual, sus costumbres, su historia y sus sueños perdidos. Se evidencia su identificación con el género que representa: defiende a todas aquellas niñas, adolescentes y mujeres que dejaron atrás una vida libre para verse sumergidas por la fuerza en un régimen oprobioso y humillante donde prima la ley de la Sharia.

Es de mucho agradecer el estupendo “Glosario” que cierra cada una de las novelas de esta trilogía, pues permite al lector imbuirse del mundo narrado con la nítida sensación de estarlo viviendo.

Ciudad de barro merece ser leído de inicio a fin, dada su excelencia dramatúrgica en cada capítulo, con finales sorprendentes que nos conducen a pensar cada ser humano retratado como si fuésemos nosotros mismos: bello y necesario ejercicio para la adolescencia y la juventud de hoy en cualquier parte del mundo.