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De estatuas y restauradores

Nelton Pérez, 09 de septiembre de 2013

País de Estatuas, de Ian Rodríguez Pérez, publicado hace ahora dos años por la editorial Sanlope en su colección Montaraz y con ilustraciones y viñetas del artista de la plástica Gilbert Rodríguez Rojas, es ante todo, un regreso del poeta a Las Tunas, sitio que lo vio nacer en 1973. Un retorno uterino y literario a su ciudad natal. Quizá sea solo coincidencia que Las Tunas sea nombrada por la mayoría de las esculturas emplazadas allí –muchas de Rita Longa-, la capital cubana de las esculturas. O no. Y entonces Ian haya decidido con la complicidad del poeta editor Tony Borrego y la editorial Sanlope en que hicieron la primera edición de su País de Estatuas: comarca onírica donde se anda en la búsqueda y persecución posible de un alma.

Este poemario que obtuviera en 2004 la primera y única mención del concurso Paco Mir, es sin dudas un libro con muchas millas de recorrido nacional. De Cienfuegos a Isla de Pinos en ese año y de seguro ya reescrito varias veces en los próximos siete años, de Cienfuegos a Las Tunas en junio del 2011.

Recuerdo los elogios de César López y Marilyn Bobes cuando se les llamó por teléfono desde Nueva Gerona para conocer sus votos como jurados en el concurso Paco Mir. También los aciertos referidos en el acta de premiación que fueron más escuetos y centrados fundamentalmente en su férrea estructura. Libro armado cual andamiaje que se prepara y eleva como Babel en la restauración de una estatua. Y es allí donde el poeta intenta extraer palabras al mármol gris jaspeado pinero o al italiano de Carrara. Hacer hablar a las estatuas, entrar en los sueños de sus restauradores es aquí la utopía del poeta enfrentado a la realidad de ese País de Estatuas interiores que, a veces y siempre, llevamos dentro, silencioso y silenciado, válgame Dios por la misma palabra. Y también las plazas citadinas y cementerios de la isla con sus ángeles de piedra, y diosas de roca en poses griegas, indiferentes al dolor de los hombres como gárgolas terribles de nuestra más recóndita soledad.

Hay en el poema 11 una observación vital para entrar en la filosofía del libro: El restaurador, para seducir a las estatuas, tiene que dominar el silencio.
Y en el poema 17, al final se nos advierte: (Las estatuas  -es terrible confesarlo- solo tenemos talento para la seducción).

Y en ese dialogo lírico y contrapunteado de voces que incluso se contradicen en el poema, este suele ser conciso, a veces reticente en su afán o logro de no relagalarse más que la imagen precisa en el parto. País de Estatuas, es un libro de prosas, líricas y narrativas, que cuentan a su lector del noviazgo entre el habitante y la ciudad, sus desencuentros. Analogía de contrarios íntimos entre el poeta y el poema, la palabra y el silencio. Los poemas espejean como charcos sus historias, ficcionan el conjuro del poeta que ve transcurrir su vida cual si fuera incienso en existencia tiránica, tiranizante e inasible según redunda, sobre todo en la primera parte del libro. El mundo interior del poeta es un País de Estatuas, pero el exterior a veces es similar y confuso como alerta en el poema 41, dedicado a Lina de Feria: Ignoramos que la grandeza de una nación la resguardan silenciosamente sus plazas, el gris deprimido de los héroes, … ¿Será que el invierno es acaso la más triste configuración de nuestras contrariedades?

De todos los poemas el 39 es mi favorito, muestra la historia de amor entre un sepulturero y la escultura que ampara y representa a la imagen de una difunta. El imposible amor de, (¿un loco?) por su estatua. Leyéndolo recordé el poema de Paco Mir, Ethel y Ronald... que es otra historia de amor en un cementerio norteamericano de Columbia en Isla de Pinos, claro que sin estatuas. Nada tienen que ver uno con el otro, pero Ian confesó por acá en la jornada recién celebrada aquí por el 60 aniversario del bardo, que Paco, lo inspiró, y es uno de sus patrones poéticos para inventarse al Restaurador de su libro: Todas las noches, las demás estatuas profieren improperios contra la maniatada que reclama para sí tanta atención.

País de Estatuas, de Ian Rodríguez Pérez prueba mayor oficio y madurez; pero suerte que aún puede entreverse los vasos comunicantes de su poética: sus obsesiones insulares confesas ya en otros libros como Velas en torno al corazón demente. Y está bien que aquí vuelvan con sutiles evocaciones y cantos a si mismo aquellos versos del poeta de Santa Fe que alguna vez yo conocí. ¿Soñábamos entonces con palabras y con ser restauradores? Hermano, ¿escribimos siempre en el mismo libro? Walt Witman, sé que fue fiel a eso. O como dices tú, restaurador, en el poema 15 con palabras en deterioro: … no somos más que ángeles enfrascados en la caída.