La literatura extranjera vista por Titón: Las doce sillas
Cuenta Tomás Gutiérrez Alea (La Habana, 1928-1996), quien desde niño mostró vocación sucesivamente por la pintura, la música y la poesía y que ambicionaba hacer películas desde su época de estudiante de Derecho en la Universidad que por esos años leyó la novela La doce sillas, escrita en 1928 por los humoristas rusos Iliá Ilf y Evgueni Petrov. Además de divertirse, aquella especie de sátira de la novela policíaca en la que descubrió tremendas posibilidades cinematográficas, le reveló aspectos divertidos del proceso de transformaciones imperante en la Unión Soviética después del triunfo de la Revolución de Octubre en 1917, que no dejaron de interesarle.
El alto grado de responsabilidad asumido por el inexperto cineasta al emprender el rodaje de la primera gran producción del recién creado ICAIC, Historias de la Revolución (1960), que, al mismo tiempo, marcaba su debut en el largometraje, sin haber asistido siquiera a la filmación de uno en Italia, donde estudiara en la academia cinematográfica romana, lo dejaron «lamentablemente traumatizado», según sus palabras. A continuación se imponía una película «que no implicara un tan alto grado de responsabilidad, es decir, una especie de divertimento. Eso nos permitiría una mayor libertad, una mayor audacia y, claro, un mayor placer en el trabajo».
Las situaciones cotidianas que se vivían en la Isla en esos primeros años de la Revolución, y algunas maneras de proceder de la gente mediante ingeniosas formas de solucionar problemas, evocaron en Gutiérrez Alea las páginas de aquella novela leída años atrás. Le fascinaba la posibilidad de mostrar «cómo se desenvuelve la vida en una situación límite como la que estábamos viviendo, porque por un lado la propaganda anticomunista la muestra como algo sombrío, tétrico, y por otro, la propaganda medio esquemática de alzar los puños y levantar banderas impide ver la riqueza de lo cotidiano más elemental». El realizador admite que no se esforzó en lo absoluto por recordar fielmente los pasajes del libro: le sedujo que la evidente coincidencia de situaciones semejantes en dos realidades marcadas por la irrupción de un elemento transformador, le ofrecía la posibilidad de «desarrollar una trama simple pero reveladora de lo que era este país en esos años».
Con la ayuda del uruguayo Ugo Ulive, Titón trasladó a la realidad cubana las peripecias de un pícaro, un «siquitrillado» —como se llamaba en Cuba a las personas acomodadas venidas a menos con la llegada de la revolución— y un cura, para recuperar una fortuna en brillantes oculta por la suegra de uno de ellos en una silla inglesa de un juego de doce. La búsqueda de las sillas dispersas por doquier dan paso a las más hilarantes y disparatadas situaciones en esta primera comedia en la filmografía de un autor para quien el humor era un elemento nada desdeñable para cuestionar determinadas actitudes. Por primera vez también tomaba la literatura como mero punto de partida para una reflexión que trascendía en alguna medida al original, algo que se advierte en obras posteriores: Cumbite, Memorias del subdesarrollo, Una pelea cubana contra los demonios, Los sobrevivientes…
El cineasta reunió en su equipo a personas sin gran experiencia previa, desde el director de fotografía (Ramón F. Suárez), hasta los asistentes y la anotadora, pero recurrió al prestigioso editor Mario González (1908-1998), poseedor de gran reputación por su vastísima labor en la Edad de oro del cine mexicano. En la dirección de producción figuraba la española Margarita Alexandre, colaboradora del director en sus dos siguientes largometrajes (Cumbite y La muerte de un burócrata). Entre sus intenciones iniciales de rodar una película simple, con mucha cámara en mano y cámara oculta, así como un mínimo equipo de luces, se encontraba la de filmar la mayor parte en las calles y con apenas construcciones en estudios para conseguir que Las doce sillas asumiera el valor de documento de una época.
Por tratarse de una película de personajes bien definidos —a diferencia de Historias de la Revolución— y todo girar en torno a ellos, el cineasta optó por dejar un margen relativamente amplio a la improvisación durante el rodaje y se concentró en la dirección de actores de diversa procedencia. Enrique Santisteban, con amplia trayectoria en los escenarios, la televisión y el cine cubano prerrevolucionario, asumió el carácter de Hipólito quien comienza la búsqueda del tesoro en su antigua mansión, convertida en asilo de ancianos. Allí reencontrará a Oscar (Reynaldo Miravalles), un exsirviente suyo de gran inteligencia, que se suma a la aventura, seguidos de cerca por aquel humilde sacerdote (René Sánchez) de un pueblo, trastornado al escuchar en la confesión de una moribunda, el paradero de los diamantes.
La primera comedia satírica producida por el naciente ICAIC fue objeto de una cálida acogida por parte del público y de la crítica nacional. Las virtudes del guión, la acertada fotografía, la imaginativa partitura de Juan Blanco para apoyar las andanzas del trío protagónico y, ante todo, el «espíritu y acento cubanísimos», fueron méritos esenciales de una película de «indudable criolledad», según reseñó el veterano crítico José Manuel Valdés-Rodríguez en el diario El Mundo, al estrenarse el 17 de diciembre de 1962. Ese año fue incluida Las doce sillas entre los filmes más destacados en la selección anual de la crítica especializada. En 1963 recibió un Diploma Honorífico de la Unión de Trabajadores del Cine de la URSS en el Festival Internacional de Cine de Moscú.
Su estreno en París al año siguiente no pasó inadvertido y si para Marcel Martin (Les Lettres Françaises) «la ironía se despliega sin cortapisas, al servicio de una sátira amable y feroz contra sectores pudientes que tratan de salvar sus muebles, digámoslo así, en medio del naufragio de su clase», Guy Gauthier en Image et Son, escribió: «Es una comedia ágil, bien dirigida, con excelentes gags, que vuelca su ironía, por un lado, sobre la nueva sociedad —el papeleo burocrático— y por el otro sobre los enemigos del régimen. Es fácil descubrir hacia qué lado se inclina la simpatía del autor, pero lo que a nosotros nos resulta más simpático es ver a un sistema político haciéndose la autocrítica con tanto sentido del humor». La versión realizada por el norteamericano Mel Brooks en 1970, mucho más fiel a la novela original de Ilf y Petrov no alcanzó la menor repercusión.
Con la insatisfacción que le caracterizara, Titón admitió que, tanto su inexperiencia como la del propio equipo que le rodeaba, y cuya atención le exigía descuidar otras cuestiones, le impidieron conseguir determinados detalles. Relajarse en alguna medida después del extenuante y agónico proceso que significó Historias de la Revolución, conceptuada por él más como un problema que tuvo que resolver que como una película que pudo disfrutar, contribuyó a que considerara a Las doce sillas realmente como su primer filme. Al respecto declaró en una entrevista:
«En Las doce sillas hay referencias de filmes anteriores, realizadas intencionalmente. Los entremeses de la historia del cura, que son episodios que se intercalan a lo largo de toda la película y que sirven de descanso en el desarrollo dramático, están tratados como las comedias del cine mudo. Hasta tienen los clásicos letreros explicando la acción. Ese estilo que responde a la gran libertad con que utilizamos los recursos expresivos lo veo como un valor que se da de una manera más obvia en La muerte de un burócrata. (...) Es una película que me sigue gustando a pesar de que le encuentro defectos técnicos, que no tiene sonido directo y el doblaje no es perfecto. La siento realmente más mía que Historias de la Revolución, pude experimentar más libremente con un gran espíritu de aventura».