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Cuentos para el depredador que tenemos dentro

Isbel Díaz Torres, 20 de septiembre de 2013

La Isla permanece desconocida. Sus habitantes parecieran ser esa raza global y homogénea, indiferente a las maravillas circundantes, pero deslumbrada por la lógica depredadora del hombre-consumidor que reina en pleno siglo XXI. Jorge Santamarina Guerra, sin embargo, nos dice que no tiene que ser así, que un ser humano cercano a su realidad, sensibilizado con ella casi hasta el ridículo, también es posible. Esa postura, nos da cierto alivio, por suerte.

Su reciente volumen de narraciones Cuentos ecologistas cubanos y Pasajes de la Finca Isla, aparecido bajo el sello de Ediciones Unión, se inserta desde su misma concepción, dentro de una tradición literaria muy digna, que en nuestras letras ha buscado la cercanía a la naturaleza como principal amparo y sentido.

Esta vez, sin embargo, lo natural no funciona como simple aditivo estético para ambientar las historias, sino que se asienta en el centro mismo de la anécdota, para dar significado y peso. Las cornucopias vegetales de la poesía y narrativa del romanticismo cubano, abrieron un camino que en la obra de Santamarina se ha transformado en algo distinto: han pasado de continente a contenido, con la misma velocidad que avanza la deforestación, la caza ilegal, la contaminación de las aguas, la fragmentación de los hábitats, antes de ensueños.

Y no es que Santamarina inaugure en nuestras letras esa migración, ese abandono de “los paisajes bucólicos donde tirarse en el césped para escuchar el río y admirar las libélulas”, pero quizás sí sea uno de los pocos que haya incorporado la mirada crítica al estado medioambiental nacional, entendiendo tales paisajes como lo que son: complejos y frágiles ecosistemas, donde cada elemento animal, vegetal o mineral, realiza un aporte significativo; definiendo entonces una narrativa comprometida, que a la par amplía la comprensión que de “Belleza” tenemos como seres humanos, y como lectores.

Proveniente del área de las ciencias, Jorge Santamarina combina con soltura amplios y profundos conocimientos de los procesos naturales, con la imprescindible capacidad de fabulación y una especial sensibilidad. Para escribir “Cuentos ecologistas cubanos…” no ha bastado con ser ingeniero agrónomo, o escritor; han sido decisivas su “vocación naturalista”, su “comprensión ecologista”, y su “concepción ambientalista”, tres elementos que el mismo autor reconoce en la introducción del volumen. Deslumbra, eso sí, por sobre otros elementos, la gran cultura ornitológica del autor, y que acá se ofrece como uno de los principales regalos, desprovista de lenguaje tecnicista, accesible a los lectores no especializados que de seguro se acercarán a esta propuesta.

Por demás, Jorge Santamarina hace gala de un vasto dominio de la geografía e historia cubanas, así como de la rica cultura rural de la isla, sin lo cual hubiera sido imposible presentar este puñado de cuentos, cada uno seguido por lo que él denominó Pasajes de la Finca Isla: serie de viñetas no relacionadas directamente con el texto precedente, que vienen a ampliar el bagaje del  lector en torno a la comprensión ambiental.

En consonancia, intuyo un fuerte componente testimonial dentro de las historias que nos propone este libro. No sería de extrañar que el mismo autor haya sido protagonista de alguna de las aventuras aquí narradas, o que las conociera bien de cerca. El sabor personal, desbordado de ternura, rebosante en detalles tanto ambientales como sicológicos, es una de las marcas que ofrece singularidad a esta obra.

Junto con sus personajes, Santamarina ha dado el paso decisivo que lo separa de quienes miran con pasividad la agresión ¿humana? al medioambiente, para transformarse en un agente activo de cambio, de sensibilización. Construir una obra que promueva tal paso, más allá de la simple y cómoda desaprobación, ha debido ser una tarea ardua. El arte muchas veces no entiende de argumentos racionales, y necesita avanzar en los planos sensibles, más que lógicos. En estas arenas ha arado el autor hace décadas, desde que en 1975 ganara con Claves de guao, el premio David de cuento, y ya va por quince títulos publicados.

En los cuentos de esta selección, el ser humano juega un rol preponderante, es cierto, pero no podría decirse por ello que sean cuentos antropocentristas. El autor comprende la imposibilidad de extirpar al hombre de su entorno, con el fin de proteger a este último. Es por ello necesaria la actividad humana consciente, nuestra intervención, como elemento crítico que en última instancia determinará los destinos de este planeta, este archipiélago, esta finca.

Todos hemos sido ese cazador furtivo que con insistencia nos trae Santamarina en sus narraciones, y por eso nos mira con piedad y solidaridad. Tira de nuestra fibra sensible para incorporarnos a su equipo humanista, ecologista, amoroso, pero nos llama desde nosotros mismos, desde el depredador con potencialidad para dejar de serlo.

La Isla permanece desconocida. Sus habitantes parecieran ser esa raza global y homogénea. Pero no tiene que ser así. Jorge Santamarina Guerra lo ha demostrado aquí, y eso nos da cierto alivio, por suerte.