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Chupar la piedra de Legna Rodríguez

Ricardo López Lorente, 20 de septiembre de 2013

Al pasarme la mano por el rostro cierro los ojos pidiendo que, al abrirlos, eso que soy desaparezca ante mí; y eso que no seré, sea, ante todo, algo más. Bajo un título que viene desde el núcleo y el acto íntimo Chupar la piedra (Abril, 2013. Premio Calendario 2012), la  poeta y narradora Legna Rodríguez rebasa toda escrupulosa visión sobre el verso, apostando por las cosas que de verdad retiene la memoria.

Este es un libro donde conviene poner a prueba el desarraigo, pues sucede allí que la alegría y la esperanza no son una alergia que nos hincha el cuerpo cuando cae en estado de gracia. Con cierto aire cíclico, reviste de sonidos la semejanza de las cosas más dispares. Junto al monumento que hace a la asociación y a las tormentas, reside esa intensidad que surge cuando queremos escuchar la esencia que creímos desaparecida. Los poemas que completan un libro como este, más allá de su precisa agudeza, truecan la concepción del acto poesía y energizan, como una batería de litio, el panorama que prima en los estantes y los premios literarios. Estamos ante una adelantada mesura, que eleva el acto, que hace grandes y misteriosos los versos.

Desde la intensidad de la erupción volcánica, la imagen que marca el punto medio logra una celeridad que atraviesa el libro. Superficie sinfónica donde la mezcla inicia el viaje hacia el centro. Casi rojos a naranjas intensos a negros acumulados, truenan como el grito del oboe en múltiples formas manchadas y básicas. Paralelo a esto: el nacimiento; lo primero, la poesía, que es observada como el rito mismo de la vida. Lla poesía es en Legna Rodríguez el amanecer de todas las figuras y las formas vívidas, el principio.

Sus piedras son “Ígneas”, “Calizas”, “Comunes” y “Metamórficas”. Cuatro procesos concretos que enaltecen a la piedra en su más interno placer, porque chupar no conlleva distancia y menos si lo que está aquí es algo más que una semilla (de «alrededor de dieciséis centímetros/ tal vez menos/ tal vez catorce centímetros») porosa que la define. Ese acto —infinito— sacude delicadamente [entre sus actores (la piedra en primer término) existe un deleite que ha sido siempre perseguido/visto/imaginado] y ofrece el todoterreno de la poesía. Sus piedras son primerizas, sedentarias, básicas, transformadas. En alto la ironía —ya muy sutil— ocupa al ser no como el otro, el extranjero, o el distante, sino que posa su mano sobre la delicada línea y se arropa, tomándonos por los extremos.

Este libro acuña. La reafirmación aquí no es efímera. No existe eso que llamamos chispazo, o suerte, o karma; la poesía (sobre el piano un teclado con el alfabeto) lleva dentro los poemas de Legna Rodríguez.

En una persecución viril parece que se manifiesta híbrida la subjetividad de la Poeta, expropiando —y no asumiendo— las torpezas provocadas por tanta acumulación sobre lo mismo. Entonces viene este libro, escrito con toda la imaginación del mundo, a colarse entre las venas de la lluvia, aún y cuando, existe la Résistance. Poemas que no conceden la gracia de la caída al vacío sino que endilgan la maestría, pues apuestan por todo. Estos poemas —no casi, que son— optan por los extremos: o los olvidas o los recuerdas para siempre, pues tienen el detonante, aquello que te mueve entre las páginas de un buen libro: aún mantienen la esperanza de (y por) las cosas.

Legna Rodríguez hace un alto en la percepción, y «sentada en un parque lleno de llaves de oro», entre danzas y colores y máscaras de rostros afilados, quiebra el aposento cálido de la poesía, a veces rescatándola, a veces deteniéndola. Como el mecanismo que declara la belleza (¿y qué te pasa?) sobrevuela explosiones junto a Norah Jones. Legna Rodríguez es exógena y no esconde un orgasmo porque quiere «terminar de eyacular tranquila» (¿por qué no debería?).

Como expuestos a la luz, están sus mariposas, sus amigos, el teatro, los colores y las máscaras, todos bajo la mirada inclusiva que asocia, bajo el origen de la naturaleza que escapa a las manos pendientes. Donde su cuerpo, las marcas de su cuerpo, tatuajes de luz, voz que grita cuando lee sus líneas o te relata —cuando presenta— cómo llegó al inicio sumo de lo visto. Allí, en ese espacio, fueron los poemas que difieren, entre tanta irrealidad, las nociones de las cosas. Chupar la piedra no es un libro irreverente que niega la existencia de lo que estuvo antes que él, no declara que esta sea —y no otra— la verdad, porque pretende pasar como «haciendo gimnasias rítmicas parecidas al amor».
 
Encona en este libro el amor por lo que hago (hace).

El amor erótico unido a ritmos únicos que solo existen tras los versos sencillos de Legna Rodríguez, oponen en Chupar la piedra, objetos que sonríen en múltiples acechos y distancias. Continuamente el universo —pues existe allí, dentro del libro— toca donde haya luz. Y la poesía, permisiva, ocupa esas grafías organizadas por la Poeta.

Pero este no es tampoco un libro rosa donde todo esté en su sitio, que se oculte, que no diga, que no hable de sí mism@, como si te aguardara una trampa, pues compromete a la institución y protesta por lo más elemental. Este libro es una experiencia que hace falta en las dos vías (en la vida y en la literatura cubana), que crece mientras se agolpa contra mí la última página y pienso que se acaba. Todo, lo mismo un cisne, que su cuerpo transparente del pubis para arriba «como el yeso entre la arena/ y el amor al arte», lo mismo un elefante electrónico que derrumba con su ojo el mundo y con la trompa lacera el mármol de los héroes, sangrando bajo las lluvias que protege el sicomoro, que «las dos ganas juntas de arrimar y abrevar», obtienen a través de Legna Rodríguez un misticismo, una réplica de la sabiduría, un fragor nuevo, una hoguera.

Chupar la piedra —permítanme decirlo— de Legna Rodríguez, asume un punto de giro en la poesía cubana y será responsable (quizás) de ciertas maneras que estaban allí pero ni tú ni yo hubiéramos podido creer en ellas. Son poemas que aparecen con un único motivo, a pesar de los lienzos colgados en aquella pared: volver a decirnos que la poesía es posible, la poesía existe.

Alfiero dijo:  En este articulo -sí- se evidencia que la poseía es poesía. este autor sabe lo que hace. sabe y sabe lo que hace. gratitud en la hechura y la confección y la disección de este. acá dejo. mi reglón evasivo. muchas gracias.
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