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Humor en Onelio Jorge Cardoso

Jorge Tomás Teijeiro, 07 de octubre de 2013

Onelio Jorge Cardoso (Calabazar de Sagua, antigua provincia de Las Villas, 1914) es considerado, con razón, nuestro Cuentero mayor. Después de graduarse de bachiller y desempeñar diversos oficios, se afirmó en esta modalidad literaria en el año 1943  cuando recibió el prestigioso premio “Hernández Catá” por su cuento “El carbonero”. A partir de ese momento fueron apareciendo, gradualmente, sus libros Taita, diga usted cómo (1945), El cuentero (1958), Cuentos completos (1962) y Gente de pueblo (1962).

Consolidado ya como narrador le seguirían: El perrro (1964), La otra muerte del gato (1964), Iba caminando (1966), Abrir y cerrar los ojos (1969), El hilo y la cuerda (1974) y Cuentos (1975). Hay que mencionar también sus narraciones para la grey infantil: Cuentos para niños (1968) y Caballito blanco (1974).

En resumen, es el cuentista cubano más importante y su obra ha sido traducida a varios idiomas.

En el quehacer literario de Onelio Jorge Cardoso es recurrente la temática social. Los personajes de sus cuentos son campesinos, carboneros, pescadores, gente sufrida, ora por su precaria economía, ora por insuficiencias físicas o mentales. Hombes y mujeres luchando por sobrevivir en un medio hostil.

Paradójicamente, junto a la denuncia social que se trasluce en sus narraciones, aparecen, aquí y allá, como velas blancas en un mar verdinegro, chispazos de humor, de un humor criollo, que confirma, también por esa vía más, que la acción se desarrolla en La Perla de las Antillas.

A continuación les comento e ilustro con pequeños fragmentos, algunos cuentos de este autor donde demuestra su veta humorística.

Taita, diga usted cómo

Esta narración estructurada con una anécdota simple, nos transmite, sin embargo, una situación que no obstante presentarse muy a menudo, a veces resulta algo difícil para un adulto enfrentarla. Se trata de dar respuestas adecuadas a preguntas engorrosas que hacen los niños pequeños a sus padres.

En el cuento, un campesino va acompañado de su hijo, se deduce que para irle enseñando las duras tareas del campo. El primer incidente se produjo cuando el potro del padre intenta cubrir a la potranquita del vecino y este separa a trancazos al brioso animal que no puede satisfacer su instinto de perpetuación de la especie. El niño se queda sin entender mucho lo sucedido y conversa al respecto con su progenitor:

—Taita, ¿qué le pasa al potro ese?
—Ta loco, hijo.
—¿Y por eso muerde y patea?
—Sí.

Más adelante el autor narra el segundo incidente, donde se repite la natural inquietud del pequeño. Veamos:

A uno y otro lado pasaban pequeños matojos de guayabos y ya el sol se estaba desvaneciendo cuando sacó la vista de su pedazo de trillo,  y miró, allá, como a tres cordeles más adelante, correr la gallina y detrás el gallo con la cabeza tendida hacia adelante y las plumas del cuello erizadas. 

—Taita, mire eso, corra que ese gallo está loco.

El viejo se paró en firme:

—¡Ta güeno de hablar basura, muchacho!

Pero él quería atajar la locura del gallo y cogiendo con fuerza el pantalón del padre, repuso:

—¡Mire, no ve que ya está arriba!
—¡Te digo que te calles!
—¡Mire, Taita, que le echa eso en la pluma!

Entonces el padre levantó rápidamente la mano y gritó:

—¡Carijo! ¡No me hable insolencia! —y de un manotazo lo sentó en el trillo.

La noche como una piedra sobre la nada

Escrito en 1972, el cuento con este título fue publicado por primera vez en la revista Bohemia y en él, el autor utiliza, al igual que en El cuentero a un narrador popular que relata situaciones curiosas o exageradas que sorprenden a sus oyentes. En este caso se trata de un hombre que entretiene a los asistentes a un velorio. Veamos a continuación algunas de sus partes.

(…) mi tío tuve que se llamó Florentino, hermano de mi padre alcalde. Y Florentino, situado allí de policía carcelero, tenido para vigilar los presos, porque de andar solo se le enredaba la vida por su valor excesivo. Y mi padre lo quería y más que nada lo quería sin peligros para mi tío. Pero vean: vean qué hizo una vez, porque siempre anduvo interpretando y rectificando la ley a su manera, sobre todo cuando advertía en su derredor temor en no hacerlo. Hacen, pongan ahora, cincuenta y más años de todo esto. Un día Florentino entendió por su pensamiento que era más dura la cárcel que loa culpa y entonces quiso aliviar las penas de aquellas gentes. ¿Iba a hacerlo sermoneando como cuando venía el cura a uno de ellos moribundo, o como la comisión de damas, repartiendo dulces y estampitas?  No, esa no era ni una uña de la justicia para mi tío. Entonces instituyó por su cuenta y riesgo la salida semanal de los presos; es decir, usted podía estar sentado en la sala del cine de mi pueblo y tropezándose una cara conocida, decir: ¡Contra! si ese es Melanio. Bueno, habrá cumplido ya. Pero no, no era cumplido, ¿sabe?: era que aquella noche le había tocado ir al cine en tanto que Florentino lo esperaba a la puerta de la cárcel para abrírsela. Con decirle que a veces sucedía, según la cinta, que el renegado se pasara el resto de la noche contándole a mi tío la película y disfrutando los dos, uno por fuera y otro por dentro de la reja.  Y así como lo digo Melanio, le digo Jorocón, Ganzúa, Meneito, Salsipuedes, y todos, cualquiera de ellos. Los iba rotando los sábados y todos a las buenas con mi tío.

(…) Bueno, pues entrando en turno de salida del galleguito, lejos de irse al cine se fue a su casa y allí estaba preparando el bulto cuando entró su padre.  Era un hombre que escasamente habló siempre lo necesario y que trabajó todo el tiempo que estuvo callado. De verlo nada más al hijo allí, le soltó la pregunta, y este respondió que el descuidado de Florentino había confiado en él y que ahora se largaba del pueblo. Ni que decir que el padre lo agarró con una mano que tenía una así, de herrero, y a las nueve de la noche, atravesando el pueblo, anduvo con el hijo hasta ponérselo a Florentino y decirle: “ahí lo tienes, se te iba”. Piense usted ahora que a Florentino las burlas le sacaban las mejores furias de la sangre y que en un momento tenía todo el poder en sus puños. Pues vea, se aguantó la fiera como perro propio y abriendo con calma la reja, le dijo a su espalda: “En un mes no me vas más al cine”. ¿Se da cuenta? Hasta para contenerse hay que tener su raicilla de valor.  Un hombre sin eso nunca duerme su sueño completo.

El cuentero

Bajo este título, Onelio Jorge Cardoso nos hace llegar su versión de los cuentos que narraba cada noche a sus compañeros de faena, un hombre que vivió por Mantua, o por Maisinicú, llamado Juan Candela y que era “de pico fino para contar cosas”.

Aunque el propósito del autor no fue hacer reír per se, si no más bien expresar la necesidad que tenemos todos del vuelo de la imaginación y del mundo de la fantasía; el tema se presta para el humor hiperbólico, en tanto este tipo de cuentero campesino es dado a la exageración hasta el absurdo.
En realidad El cuentero incluye cuatro breves relatos de lo que aseguraba Juan Candela que le había sucedido. Como muestra de este universo les transcribo a continuación uno de ellos.

Río abundante de peces el de las Lajas, allá por Coliseo. Mira, una vez reventaron las aguas antes de tiempo sobre San Miguel y toda esa zona... Primero pasaron unas nubes a ras de loma y luego vino aquel mar negro con un viento frío de vanguardia que aplanó el espartillo y doblegó los guayabos hasta que se establecieron las lluvias. Yo vendía ambulante entonces y cuando vino el oreo de las tierras, hice camino para dentro de las sitierías.  Iba tomando mis cálculos con el río, porque para pensar no hay como el paso de una mula bajo el cielo. Un poco lleno, me decía, corriéndose apenas unas cuartas. Yo pensé en la carga, en el hilo, en los polvos, en todo lo que el agua me iba a malograr, entonces clavé la mula en firme. Entonces el animalito lució su sangre como siempre. Se estremeció, levantó las orejas asustada y pasó buenamente, arrollando el agua en su pecho. Pero ahí viene la cosa, que estando fuera ya, me siento las espuelas pesadas tirando abajo. “!Diablos!” —digo— y veo que tenía dos pescados de a libra en las espuelas. Bueno, miré al río y le dije: “hoy tienes más pejes que nunca”.

Hasta aquí esta muestra de humor de nuestro Cuentero mayor. No nos es difícil imaginárnoslo con una sonrisa en el rostro mientras escribía estas cosas, tan jocosas como tan criollas.