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La cubanita que nació con el siglo

Leonardo Depestre Catony, 24 de octubre de 2013

Los más auténticos escritores humoristas son, muchas veces, aquellos cuya narrativa tiene la espontaneidad de una conversación sabichosa por la que se desliza la anécdota, el recuerdo y hasta el chisme. Porque el humor, ya se sabe, es una de las maneras más eficaces para tratar los asuntos serios.

En la palabra impresa, en la oral y en la gráfica cubana, es frecuente la presencia de historias plenas de humor. Y en cuanto a las memorias, además de ofrecer valiosos cuadros de época, suelen aportar una dosis de gracia que el lector disfruta.

La habanera Renée Méndez Capote tuvo una vida larga, que transcurrió entre noviembre de 1901 —escasos meses antes de la instauración de la república— y mayo de 1989. Hija del doctor Domingo Méndez Capote, vicepresidente durante el gobierno de don Tomás Estrada Palma, llevó una existencia que le permitió estudiar, viajar y escribir, pero poseyó un carácter tan poco acomodaticio que también la llevó a participar del movimiento antimachadista y a permanecer detenida en el Reclusorio de Mujeres por su actividad revolucionaria a favor de los estudiantes y huelguistas.

Mucho, pues, tenía que contar Renée cuando se sentó a escribir los diversos libros que recogen las memorias y recuerdos de esta cubanita que nació con el siglo, como se la conoce.

Leer a Renée Méndez Capote produce placer, aporta conocimientos y nos descubre una época, contada por alguien que se desenvolvió en las esferas de la alta sociedad y conoció a numerosas personalidades de la historia y la política cubana de las primeras seis décadas del siglo XX.

Excelente narradora, periodista y mujer de vastísima cultura, sus libros publicados con posterioridad a 1959 alcanzaron masivas tiradas y le proporcionaron una notable popularidad entre los lectores de cualquier edad. Protagonizan esta anécdota, tomada del libro Memorias de una cubanita que nació con el siglo, la poetisa portorriqueña establecida en Cuba, Lola Rodríguez de Tió y el patriota Manuel Sanguily. Transcurre durante la niñez de Renée:

Una tarde hablaron de las personalidades distraídas. Contaron anécdotas de distracciones famosas y Sanguily dijo: "Las mujeres no deben ser distraídas". Lola se echó a reír y los dos me miraron. Yo me reí también y pensé que tenían razón. Cuando llegué a casa me di cuenta de que en el embullo de ir a casa de Lola, me había puesto en cada pie, media y zapato diferente.

Esta otra anécdota pertenece a la década del 30 y nos ofrece un retrato graciosamente irreverente del doctor Ramón Grau San Martín, a la sazón presidente de la república. La hemos tomado del libro Por el ojo de la cerradura, que como el lector apreciará tiene muy bien escogido el título:

El doctor Grau tenía el aspecto de una caña mecida por el viento, un poco ladeada, como si hubiera recibido los alisios largo rato por un solo lado. Pero encima de la caña no había un penacho fino y vibrante, sino una cara de mulo flaco con unos dientes enormes. Un mulo sabio, mulo de circo, de esos amaestrados que contaban hasta diez, saludaban y marcaban el compás de un… chotis.
Cuando para saludarnos estiró su manita, dijo mi cuñada Isabelita, que asistía a la entrevista: "¡Ay, yo creía que usted era lisiado!"– Y se calló, muy confusa. Él sonrió sin desagrado.

Esta historia que leerá a continuación tiene algo de surrealista; sin embargo, Renée la incluye como verídica en su libro Amables figuras del pasado:

Estábamos en Nueva York, y una noche llegó mi padre y nos dijo a uno de mis hermanos y a mí: "Acompáñenme a la funeraria, que se ha muerto la esposa de… y tengo que ir a cumplir con él y debe ser triste y desagradable el velorio de una esposa y una madre que era muy querida por la familia".
Allá nos fuimos. Era una funeraria por todo lo alto, ostentosa, solemne, florecida, alumbrada discretamente y silenciosa. Nos recibió el gerente de la firma, ensaquetado con chaqué y con un pequeño clavel blanco en la solapa. Sonreía para alejar la presencia de la muerte. Nos dijo que firmáramos el libro de condolencia, que el viudo y los hijos de la difunta habían tenido que salir a distraerse, porque estaban demasiado apenados por la pérdida de la esposa y de la madre, que estaban en el cinematógrafo, y no regresarían hasta la mañana siguiente.
Mi padre, que no sabía disimular, abrió tamaños, sus pequeños ojos, y dijo en español, pero en un tono que el yanqui no podía dejar de interpretar: ¡Alabao!

Y por último, de los tiempos de Renée como bibliotecaria cuenta ella esta historia que tiene de protagonista a uno de los grandes escritores del teatro cubano del siglo XX, a quien (¡cosas de la mala memoria!) no se recuerda suficientemente. Aquí le va:

Cuando José Antonio Ramos concebía una obra, novela o teatro, la concepción era muy buena. Se sumergía en un mundo maravilloso. Me decía entonces: "Ni me hable, ni me hable. Estoy en mis momentos de ¡Pobre Guillermito!" –se refería a Shakespeare. Pero cuando la obra estaba terminada, él, que era muy inteligente y crítico implacable de sí mismo, venía todo alicaído y me decía: "Léala, hija; no me salió como yo la concebí. Ahora estoy en la triste fase de ¡pobre José Antonio!".

La pincelada humorística y la narración llena de sutilezas caracterizan la obra narrativa de Renée Méndez Capote, una escritora que supo diseccionar la sociedad de su época con ojo crítico, sapiencia y simpatía, una fórmula que engancha a los lectores para conducirlos al mundo de ayer.