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Mis recuerdos de Luis Marré

Olga Sánchez Guevara, 01 de noviembre de 2013

En varias ocasiones lo había visto: en reuniones de la Sección de Traducción Literaria de la UNEAC, o quizás en la sede del ICL en la Habana Vieja, pero hablé con él por primera vez —más bien me habló él a mí— durante la Feria del Libro de 2006, en La Cabaña. Era una de esas actividades “maratónicas” en las que varios textos se disputan la atención de los asistentes, sus hipotéticos lectores. Me tocó presentar los cuentos del escritor austríaco André Heller que, bajo el título Y otra vez Viena, acababa de publicar la Colección Sur de Ediciones Unión. Si no recuerdo mal, los libros eran diez y fui la última en hablar; tuve la impresión de que la gente ya estaba cansada y distraída. Terminados los discursos y discursillos, casi todo el mundo se alejó de la mesa de presentación para ir a comprar las obras de su interés. Fue entonces cuando se me acercó Marré y me dijo que se alegraba mucho de conocerme, porque una vez le habían dado a evaluar un texto mío que le gustó, y lamentaba que la editorial a la cual lo propuse no lo hubiera editado en aquel momento. Casi diez años habían transcurrido desde la evaluación hecha por Luis, y el texto por él recordado: Cartas de la nostalgia, había sido publicado ya por Ediciones Bayamo. Le prometí regalarle un ejemplar; era lo menos que podía hacer, tras la grata experiencia de que un poeta reconocido se acercara a mí, con tanta sencillez, y recordara mi texto y mi nombre, después de tanto tiempo. “Pues, si quiere, me hace la visita”, me dijo, y me dio su dirección y teléfono.

La proverbial modestia de quien así se acercaba a una desconocida, contrastaba con la sólida trayectoria intelectual que le mereció, en 2009, el Premio Nacional de Literatura. Poeta, narrador y ensayista, Marré fue también traductor del francés y del ruso, y trabajó como editor y lector para las editoriales Unión y Letras Cubanas, entre otras. Colaboró en las revistas Orígenes, Ciclón, Unión, Casa de las Américas y La Gaceta de Cuba,de la cual fue jefe de redacción durante dieciocho años. Publicó varios libros de poesía y prosa, y poemas suyos fueron traducidos a más de quince idiomas, e incluidos en numerosas antologías en Cuba y en el extranjero.

Un sábado por la mañana, le llevé a Luis mis Cartas de la nostalgia, , con otros libros y revistas. Conversamos más de una hora en su casa de La Víbora, donde comenzó por invitarme a un café. Hospitalario, afable y lleno de entusiasmo creador, me habló de la novela que estaba escribiendo y que no sé si habrá podido terminar —ojalá que sí—, y me contó de su encuentro con Dulce María Loynaz, a quien conoció en los años cincuenta, cuando se acababa de publicar Juegos de agua. Por supuesto, no faltó el tema de la traducción, que para él era parte del oficio de escribir.

Me regaló, dedicados, tres de sus poemarios, y me prestó el único ejemplar que le quedaba de su noveleta Techo a cuatro aguas, un bello relato de infancia campesina que leí con sumo placer y que, para devolvérselo, motivó una segunda visita que, como la primera, fue ocasión de escuchar al conversador ameno y atento y disfrutar de sus sabios comentarios sobre literatura y traducción.

Ayer 31 de octubre, en la Casa de las Américas, después de una presentación de libros —¿el azar coincidente?—, alguien me dio la noticia del fallecimiento de Luis Marré. Quisiera concluir este sencillo homenaje a su memoria, compartiendo uno de sus poemas, que le escuché leer en una de aquellas visitas.

Correspondencias*

Un hombre mira desde su ventana del hotel Rossía la soberbia catedral dedicada a San Basilio y la plaza donde nieva; pero tras los cristales reverberan la humilde torre de la parroquia de su barrio y azoteas con sol. Piensa: “a esta hora son las siete en casa”, piensa en su mujer que habrá abierto la ventana y mira más allá del campanario el cielo, por si ha de llevar la capa o la sombrilla.

Una mujer ha abierto la ventana y mira más allá de la colina y el campanario de Jesús del Monte, como todos los días, porque puede ser que llueva; y mientras pliega sobre las persianas las dos hojas, ha creído ver las cúpulas de esmalte y oro de una catedral bizantina.

Nota:
* Luis Marré: Para mirar la tierra por tus ojos, Arte y Literatura, La Habana, 1977.

Leonardo Depestre Catony, 2019-11-10
Leonardo Depestre Catony, 2019-10-16