Fortificaciones del Caribe
Imperecederas en el tiempo, las fortificaciones constituyen hoy un preciado bien patrimonial, testimonio de la infinitud del ingenio humano que las creó y de la vastedad constructiva capaz de adaptarse a las más disímiles condiciones topográficas e hidrometeorológicas.
Herederas de las primeras salvaguardas naturales con que contó el hombre de la antigüedad, las espeluncas o abrigos rocosos de las montañas, las fortificaciones dieron continuidad a la necesidad del ser humano de cobijarse ante las inclemencias del tiempo, la amenaza del ataque de animales potencialmente depredadores, hasta sumar su objetivo fundamental, guarnecer a sus habitantes del asedio de tropas enemigas.
El paso de las centurias vio cómo la ciencia militar aplicada a las construcciones defensivas, protagonizaba una encarnizada escalada evolutiva ante los embates de la artillería cada vez más poderosa en potencia de fuego y alcance efectivo. A los disparos parabólicos se sobrepuso murallas elevadas, al aumento del calibre de las municiones se respondió con mayor grosor de las paredes e inclinación del talud, entre muchas otras estrategias ideadas por los ingenieros militares.
En el caso de América, antes de la llegada del almirante Cristóbal Colón y sus flotas, existían verdaderas obras ingenieriles defensivas asociadas a los núcleos poblacionales de las principales civilizaciones que habitaron el continente, entre ellas la azteca, olmeca, maya e inca.
Tras el dilatado y complejo proceso histórico de la conquista y colonización del Nuevo Mundo, en el que aparecen los primeros testimonios de fortificaciones hispanas al otro lado del Atlántico, necesarias para la defensa ante el ataque de las tribus nativas de la región —pensemos en el fuerte La Navidad, erigido con las tablazones de la nao Santa María, encallada jornadas antes en una cresta arrecifal de La Española— el verdadero auge de las construcciones de castillos en la cuenca caribeña vino aparejado de la presencia de escuadras francesas, británicas y holandesas en las aguas del floreciente imperio colonial español en América.
La insatisfacción del monarca francés Francisco I ante el reparto del Nuevo Mundo, realizado por el Papa Alejandro VI Borgia en favor de los reyes católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, refrendado en las bulas Inter Caetera, Eximiae devotionis y Dudum siquidem (1493) motivó que el regente de Francia fomentara una oleada de patentes de corso contra las posesiones hispanas de ultramar.
El tenaz hostigamiento a los convoyes marítimos y colonias españolas a comienzos del siglo XVI, llevados a siniestro término por los lumpen de la mar Monsieur Rondon, Diego Ingenios, Nicolas Valier, Piers de Barca, Jean Bontemps y François Le Clerc, a los que se sumarían los ingleses Jonh Hawkins, Francis Drake, Walter Raleigh y John Lowell, sin obviar la tristemente recordada incursión de Jacques de Sores y sus huestes en la villa de San Cristóbal de La Habana, motivó que la corona española contratara los servicios de afamados ingenieros militares europeos, entre ellos la familia Antonelli, para erigir más allá de puntos fortificados aislados un verdadero y complejo sistema defensivo insular y caribeño continental, de imponente e inexpugnable presencia en aquellas ciudades asociadas al lucrativo comercio y expolio de caudales, transportado a bordo de las naves de la Carrera de Indias.
Tales circunstancias son recogidas en el volumen Fortificaciones del Caribe que, editado por Letras Cubanas, constituye un referente ineludible para la historiografía de la mayor de las Antillas y de todas aquellas naciones americanas con un pasado colonial. De la autoría de Tamara Blanes, en la actualidad una de las voces más autorizadas en la temática de las fortificaciones, la obra ofrece coordenadas para una mejor comprensión de la arquitectura defensiva situada en las ciudades del Caribe y el Golfo de México, realizadas bajo el mismo objetivo, con conceptos y formas semejantes, en primera instancia de una fuerte influencia europea y luego dotadas de un carácter autónomo debido a las nuevas realidades históricas que matizaron el curso del colonialismo español.
Estructurada en una decena de capítulos, enriquecida con anexos infográficos, documentales y fotográficos, Fortificaciones del Caribe propone un viaje desde el presente hacia el pasado, recorrido epocal que pone de manifiesto las transformaciones morfológicas engendradas por los avances científicos y técnicos, la influencia del mecanismo económico propio del sistema y la relación entre metrópoli y colonia, así como la rigurosa funcionalidad imperante sobre los valores estéticos, característica esta última que marca diferencias con las posteriores construcciones europeas de concepciones palaciegas.
Al desandar las páginas del libro, el lector podrá conocer sobre las diferentes tipologías de las fortificaciones españolas en la cuenca caribeña en el siglo XVI, ilustrado con estudios comparativos como el de los tres castillos de El Morro existentes en el área (el de La Habana, el San Pedro de la Roca de Santiago de Cuba y el de San Felipe de San Juan Puerto Rico). A este último, Tamara Blanes consagra un acápite en el que sistematiza las funciones, tácticas y el papel de la ciencia e ingeniería militar de la época, en contraste con sus homólogos en el estado de Veracruz, emplazamiento de fuerte presencia comercial, puerto de embarque de caudales provenientes de las cecas del sur y sitio puesto a prueba en más de una ocasión por escuadras de naciones enemigas y hordas de piratas y corsarios.
A su vez, la autora otorga cierta prioridad a las fortificaciones cubanas al realizar un pormenorizando recuento de los torreones, atalayas, castillos, hornabeques, baterías, trochas y fortalezas construidas en la isla desde el comienzo del proyecto defensivo del monarca Felipe II hasta el inicio de las luchas de liberación nacional. En tal sentido, la investigadora se detiene en aspectos de la temática poco abordados por la historiografía. Sobresalen los estudios de las fortificaciones coloniales de Trinidad, la evolución del sistema defensivo de Baracoa en los siglos XVIII y XIX, la línea defensiva de Gibara a Holguín y la propuesta preliminar para la recuperación, restauración y conservación de los exponentes arquitectónicos de las ciudades de Matanzas y Cárdenas.
El último de los capítulos se consagra a las fortalezas de Haití, principalmente, a la imponente La Citadelle, escenario de los hechos que distinguieron a esa nación del resto de las colonias hispanas, al convertirse en un peligroso referente de lo que podía ocasionar la esclavitud.
Para finalizar, Fortificaciones del Caribe presenta un glosario de términos ilustrado que facilita la comprensión del texto y de las estructuras y partes de los castillos, herramienta que de seguro agradecerá el lector más exigente.