Casal no es un fantasma
¿Quieren conocerlo? Caminen por el valle asfaltado que tiene leones de oro al principio y al final; a la sombra de una antigua y majestuosa cuartería, un mensaje en bronce dice: Casal no es un fantasma, una semilla de arándano, una sombra ante el espejo. Casal es la vida depositada que mira al mar como vía de escape. Casal ha muerto y aun hoy no lo conocemos. Casal nace en 1863 y duerme sobre mí todas las noches. Él no sabe nada de modernismo, su ciudad escucha ecos de hombres que se cortan a pedazos; yo siquiera soy capaz de lanzarle una mano contra el viento. Casal: «rosada claridad de luz febea/ baña el cielo de Arcadia».
Casal es la revolución. Su diferencia, por alejada, se esconde siempre entre los ritmos y las rimas; que —cosa curiosa— se deben a una complejidad que es impenetrable. Casal es un poeta de nieve que tiene una tarja en la calle Prado e hizo parte de sí la risa como símbolo de muerte. Cuando despierto, veo a Casal reposando en la imagen; y la imagen es violenta. Cuando descubro, veo a Casal pronunciando su nombre afrancesadamente; y su nombre es un temblor.
Casal molesta por independiente.Tiene millares de esquinas en su cerebro de donde nacen, sobre lo humano, no la figura fatigada y escuálida sino el leve roce, la nota eterna, los paisajes y los pájaros. Si se concibe quieto, inmóvil en una plasticidad que se aleja de todo, nihilista; si se lo piensa enajenado, apático, o enjuto en una soledad hastiada, en una Habana gris, mortuoria; desde ahora mismo me está perdonando esa sedición no estructurada que lo ha engavetado como tal, porque “eso de allí”, que casi no es un ser viviente, No es Julián del Casal.
Siempre en Casal existe algo que explota y que critica lo que circunda. Casal, el hombre ilusionado, en cada crónica que hizo estuvo en paz consigo. No se detuvo ante el temor de lo que pudiera producir a través sus anotaciones de la vida habanera; estuvo como en riesgo, al ser su objetivo lo que hoy llamamos sagrado en nuestra sociedad. Casal, el poeta imaginado, comprimió el sonido total en versos respetuosos de silencio. Sus formas, sus maneras de esgrimir su poesía, las sustrajo del mundo en aras de lograr una puridad, que al abrir los ojos, estaba ausente de su espacio. Su sistema, como el contorno de una mancha que está allí para la mancha, cual errata de un pavo real sobre un fondo blanco sostenido en la transparencia que observa inversamente, lega a la Literatura un viento nuevo, una evocación, una fuga sutil entre delicadezas. Casal nunca tuvo camisa de fuerza.
Casal dice: «Sí, soy muy joven, pero eso no importa: aunque tengo veintisiete años, me parece que llevo siglos dentro del corazón. La edad no es un instrumento que regula invariablemente nuestra temperatura espiritual».1
Estoy frente a Casal y mi silencio es una aurora. Y la aurora comienza iluminando mi cuerpo frente al poeta que nunca será bronce ni mármol. Allí, entre «el disco rojo del sol» y una ciudad que no ha cambiado su rostro, tengo los poemas del poeta. La muerte que fue su estigma y canto, de enamorada, vino a buscar a un hombre que se hizo hombre en su humanidad. Casal no solo se ocupó de mostrarnos la “realidad” de una Habana oscura y amorfa, exponiéndola muy fina y arisca, sino que esculpió en sus bustos la otra “realidad” del artista, como si para que una ciudad que pretende ser recordada por su capacidad de crear artistas, los bustos, ese tributo griego a la inmortalidad, impusieran el destino mágico de su presencia. Juana Borrero, Esteban Borrero Echeverría, Enrique José Varona, Bonifacio Byrne, entre otros, son los rostros que nos deja. Bustos completados en la palabra casaliana, duplicados mientras su imagen llena el espacio del cielo con azulados brincos que depositamos en la palabra aurora.
Hoy Casal no puede ser un ente incorpóreo. No existe alguien que amara tanto a una ciudad que lo viviera a ratos. Casal debe repetirse. Se podría recuperar de él esa incisiva astucia del cómo decirnos las cosas importantes, cómo decir que la ciudad magnífica está cayéndose a pedazos, cómo la gente (nuestra gente) pasea bajo el sol buscando en la vida cotidiana un poco de luz, y el arte (nuestro arte) se percibe no solo en los disfraces, y cómo el lenguaje (nuestro lenguaje) permite, oxigenando, la respiración.
Casal, cosmopolita, abre, sin guitarra pero en la música, la raíz de la ciudad. Que gustara del lenguaje, del arte en la palabra, de la poesía culta, hace un lento movimiento de ballet «amoratando los rostros, entumeciendo los miembros y rajando los labios».
La muerte empieza a contar los días de la ciudad en que Casal recibe, sobre la imagen, una luz dichosa que se empecina en las venas oscuras del mármol. Casal es ahora una ciudad que ha de estar en cualquier parte, es frío en cualquier parte, es una ciudad en Tacón, es frío en Tacón. Casal mira a la ciudad en mí.
1 "La última ilusión” (cuento), en: Páginas de vida, poesía y prosa, Julián del Casal, Fundación Biblioteca Ayacucho, 2007, págs. 353.