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La inactividad

Ricardo López Lorente, 21 de noviembre de 2013

Toda representación supone un sistema. Sistema al cual se le opone un referente. Una representación viaja desde lo exótico a lo común, mientras el sistema que supone se expande en uso. Esto vuelve a la expansión del sistema responsable de sus márgenes, que van incluyendo espacio, tiempo, núcleos de sentido. Tres vectores que son los pilares de la imagen. En la variación de esos vectores se consigue la versatilidad de la imagen. La imagen como sistema de representación, entonces, combina, en regla de tres, la sublimación de su resultado con la expectativa de su uso. Ante la imagen siempre se espera una reacción. Porque esta respuesta es tan específica, que solo reproduce el sistema que se le opone al referente.
 
La poesía es la forma de la imagen que utiliza núcleos de sentido y para el proceso de su lectura depone ante ella, espacio y tiempo. Su representación en el espacio físico consta de sonidos, colores, líneas, ideogramas, interjecciones, palabras; y su constatación en el tiempo físico se indica por la disposición en determinados planos, el retardo, la distancia, lo que sugiera cambio respecto a un punto. En ese sistema, con el cual se sugiere una “comunicación” de estos elementos, un cierto diálogo establecido para contraer matrimonio en vías de un super-objetivo, la poesía puede verse como una especie de edificación, y no hay nada más alejado de lo poético que lo programático, lo sistemático, lo algorítmico.
 
Pero la poesía pertenece al reino de la imagen, aunque la imagen esté fuera del lenguaje. De esta contradicción imagen/poesía se puede extraer:

  1. que toda imagen no es poesía;
  2. que toda poesía teme estar fuera del campo de la imagen;
  3. que la unión de estas, conlleva una persuasión.

Lo poético persuade porque establece núcleos de sentido que son irrefutables, como los sentimientos. Los sentimientos, por incontrastables, son incomparables. La poesía es parte de un uno, de un sujeto>subjetiva. El ser-parte de la poesía establece que No es-el-todo. Decir “toda poesía” y remitirla al “reino de la imagen”, es una disminución del sentido poético.

Cuando se quiere comunicar “poesía” se concibe un poema. Un poema viene a convertirse en esa tramitación de lo extraño, que puede aparecer como una imagen errática. Un poema es la raíz evidente de que la poesía sobrevive, a pesar de que es el poema quien está enlazado al sistema de representación, puesto que es él lo representado y no la imagen. El poema es la representación. Entonces, esta representación que es el poema, podría llamarla: representación poémica. Este tipo de representación obliga a buscar en la poesía (lo poético) un método eficaz: el lenguaje. Un poema está dentro del lenguaje, pero lenguaje personalizado, individual, en tanto es el poema una representación de una imagen que se dirige hacia el sentimiento. Lo cual hace inexplicable su método, el proceso de llegar a ella. El poema no explica lo sentido sino que lo expone con imágenes. Contiene en sí mismo reglas para representar. Estas reglas entroncan en las convenciones del lenguaje, por estar diseñadas para su propagación masiva, es decir, salir fuera del individuo y converger en la masa humana. Tomar al poema y capitular en él hace que se restrinja el sentido poético. Es decir, todo sentimiento completo es incomunicable. Pero el poema es también una idea que se compone de imágenes. La idea de la idea realza al referente, pero no en comparación sino en acto recordatorio, de añoranza.

El referente poético se muestra como núcleo del poema, por tanto de la poesía, asimismo de la imagen. El referente puede complicarse cuando no es concreto, o sea cuando no pertenece a los reinos de los espacios, de los tiempos, sino al de los imaginados. Es solo un punto que se describe. No se contrasta con un trasladar. No se admite que exista en el movimiento. Un poema se construye de acuerdo a esa descripción. Esto sugiere que debe “decirse” cada característica de lo descrito. Pero el uso del lenguaje para el poema es algo exótico. El lenguaje del poema es raro, diferente, por estar sujeto en primera instancia al sonido, como base para la trasmisión de sentido, y luego a los colores. El lenguaje del poema es extremo. Entonces esa descripción se vuelve extrema. Lo extremo tiene dos vías válidas. Una por exceso y otra por defecto. La vía por exceso comprende la explotación del lenguaje hasta que este queda exánime y gastado. Y resultado de esto, como todo cuerpo cansado, no evoluciona, se estanca en las restricciones propias que el largo aliento marca. Su huella permite que las reglas puedan hacerse ley y forma, costumbre. La vía por defecto ejecuta, diametralmente, una presión que se ampara dentro del individuo, que hace a la lectura un suceso insólito. Aquí las reglas específicas que mueven al aliento largo se tuercen, se confunden, o mezclan. Al no poder reglamentar, al no poder hacerse eficaces, a las reglas les sucede una expansión-inclusión, resultado de la mixtura. Las reglas del lenguaje se hacen de la vista gorda cuando se enfrentan a la vía por defecto de la descripción. Al despejar el exceso del referente poético se viaja hacia una nucleada parálisis: el n-ú-c-l-e-o de la imagen. Cuando lo que se refiere entra en catarsis, el lenguaje regresa a su estado cero.
 
El cero de la imagen en el poema de corto aliento no deja huella sobre el lenguaje, sino en el lenguaje. De ahí su permanencia como forma de representación poémica. Su sistema establece el referente en la experiencia individual, la cual se contagia cuando lo social ejerce fuerza sobre las interacciones de los hombres llegando, entonces, a la falacia de la experiencia social; lo cual preconiza el panfleto y los regímenes. La representación de este sistema se encuentra en el núcleo de la idea y demuestra lo inverosímil. Lo que se describe utilizando un sistema extremo de descripción por defecto que se soporta en una lectura subjetiva y está mezclado en imágenes para la defensa de una idea, o al menos de la idea de algo, toma al lenguaje y lo exprime, lo ahorca. Y en esos suspiros finales, el lenguaje muere. Cuando estableces el final del poema, el lenguaje muere. Todo lo creado llega a su término. La muerte se convierte en el silencio. El fin. Toda imagen es finita, pues allí termina cuando acaba el poema. La muerte del lenguaje está en el fondo del poema, siempre, cada vez que apuntas a la construcción “mejor” irá palideciendo el lenguaje. Pero como el lenguaje no te pertenece, sino que lo tomas prestado de tu aprendizaje, que es lo mismo que tu confrontación con el mundo, el lenguaje solo se acalla un momento. Renace allí donde no eres tú quien lee.
 
Lo que se desprende>sino se lee el lenguaje, muere en el olvido.

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