García Yebra y la traducción
Con el profesor de profesores y académico de la lengua española Valentín García Yebra (1917-2010), los traductores tendremos, siempre, una inmensa deuda. Hace años, don Valentín tuvo la amabilidad de concedernos una entrevista* en su casa madrileña, donde me recibió junto a su inolvidable Lolita, con el encanto y la sencillez que siempre le caracterizaron. Yo iba a nombre del también ya fallecido profesor Amaury Carbón Sierra: cubano como yo, helenista como él. A pesar de las enormes distancias que nos separaban de su genio, de su erudición, el ejercicio común de la traducción nos aproximó, y me gustaría pensar que también le hicimos sentir, de alguna manera, con cuánta satisfacción fuimos sus discípulos…
Profesor, tuvimos el agrado de recibirlo en nuestro país en ocasión de celebrarse el Congreso Internacional sobre la Enseñanza del Español, en el cual dictó una conferencia magistral en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Nos interesaría conocer si, en los diez años transcurridos, usted aprecia que ha habido cambios sustanciales en la evolución de la teoría de la traducción y, a su modo de ver, ¿cuáles son estos cambios?
Conservo muy vivo el grato recuerdo de mi único viaje a Cuba, con motivo del Congreso Internacional sobre la Enseñanza del Español. Desde mi infancia había sentido el deseo de conocer la Isla. Mi padre, que murió muy joven, en 1918, cuando yo solo tenía año y medio, había estado algún tiempo en La Habana y allí había estudiado inglés con intención de pasar a los Estados Unidos. Al recorrer las calles de la ciudad vieja, me emocionaba pensar que allí habría andado mi padre, cuyos libros de inglés y un cuaderno de ejercicios suyos conservo con gran cariño. Esta devoción filial y la relativa frecuencia con que, de niño, oí hablar gallego, han sido mis dos estímulos para aprender otras lenguas y aficionarme a la traducción.
Me pregunta usted si en el último decenio he notado cambios sustanciales en la teoría de la traducción. Debo confesar que, desde mi jubilación, en 1985, no he seguido con puntualidad el acelerado crecimiento de los estudios relacionados con la actividad traductora. Tengo, sin embargo, la impresión de que, al multiplicarse los centros destinados a formar traductores, se han improvisado maestros de traducción que no la han practicado. Y no se puede enseñar a traducir sin haberse familiarizado con la práctica de la traducción, como no se puede enseñar a tocar el piano sin haber aprendido a tocarlo.
Hace justamente veinticinco años, usted fue el promotor y primer subdirector en funciones de director del Instituto Universitario de Lenguas Modernas y Traductores (IULMyT), embrión de la formación de traductores en España. ¿Se siente usted satisfecho de los resultados obtenidos, de cara a la formación de varias generaciones de traductores?, ¿hacia dónde se encamina?
El IULMyT fue, en España, el primer centro docente que exigió el título de licenciado (en cualquier disciplina) para comenzar los estudios relacionados con la traducción. No se puede iniciar en serio la formación como traductor sin tener cierta madurez cultural. Que esta exigencia fue un acierto lo demuestra el éxito de muchos alumnos de nuestro Instituto en España y en las Comunidades Europeas.
¿Estima usted que la profesión de traductor en España ha logrado un reconocimiento social y profesional acorde con la magnitud del esfuerzo?
No es fácil alcanzar en España, quizá tampoco en otros países, gran reconocimiento social como traductor. Escritores famosos han minusvalorado la tarea de traducir, y eso repercute negativamente en el prestigio de quienes la practican. Los críticos no suelen prestar a la traducción la atención debida, en parte porque no son, en general, capaces de valorarla.
Hablando de su experiencia concreta de traducción de obras clásicas de la Antigüedad, como Medea, ¿considera usted que las traducciones desde el punto de vista crítico o filológico logran una mayor aceptación de público y de edición que las que se proponen lograr un mayor acercamiento al texto original del lector moderno a partir de un punto de vista meramente literario?
He disfrutado con la traducción de clásicos griegos y latinos, y también con la de obras modernas, sobre todo con las que he traducido del alemán o del francés. Pero creo que no he traducido ninguna con tanto entusiasmo como la Medea de Séneca que traduje en verso durante el verano de 1940, cuando sólo tenía veintitrés años. Desconocía yo entonces por completo el mundo de la edición, y quedé muy desilusionado cuando un editor madrileño al que se la ofrecí, después de asesorarse, me dijo casi despectivamente que, según sus informes, la traducción era buena, pero que no tenía el menor interés. Se refería, claro, al interés comercial, que era el único que contaba para él. Al salir del establecimiento, estuve a punto de rasgar el manuscrito (recién licenciado del ejército, no tenía aún máquina de escribir). Pero lo guardé y veinticuatro años más tarde, siendo yo editor desde hacía veinte, publiqué aquella traducción por mi cuenta, invirtiendo la tercera parte del primer premio que obtuve como traductor: el Prix Annuel de la Traduction que me concedió el gobierno belga en 1964. Y ahora estoy muy contento porque, gracias a mi buen amigo Póllux Hernuñez, que trabaja en el Instituto Cervantes de Bruselas, mi traducción de la Medea se va a representar allí, en un teatro español que él dirige, con música expresamente compuesta para ella.
En cuanto al éxito actual de las traducciones de obras clásicas griegas y latinas, en general, al menos en España, no suele ser muy grande. No se puede comparar, por ejemplo, con el de las traducciones de novelas contemporáneas famosas. Las obras clásicas traducidas se defienden económicamente cuando forman parte de colecciones acreditadas, y el prestigio de estas colecciones depende de su calidad. Los traductores de clásicos griegos y latinos deben esforzarse para conseguir la mayor fidelidad posible y, al mismo tiempo, la mayor claridad y elegancia estilística de la traducción.
¿Se encuentra usted en estos momentos enfrascado en algún proyecto nuevo de traducción o de obra teórica? De ser así, ¿le gustaría comentarnos algo al respecto?
Hace ya bastantes años que no traduzco. No porque haya perdido la afición a traducir, sino porque estoy ocupado en otros trabajos. Desde que se fundó el ILMyT, he publicado varios libros, todos relacionados con la traducción: los dos volúmenes de Teoría y práctica de la traducción, con más de 850 páginas; En torno a la traducción, con cerca de 400; Traducción: historia y teoría, con más de 450; y un librito de 287, titulado Claudicación en el uso de las preposiciones, que me parece útil también para traductores, porque las preposiciones son tan importantes para el español como las desinencias de los casos para el latín. No puede ser buen traductor al español quien no maneje con toda corrección nuestra lengua, y no puede manejarla correctamente quien no sepa usar bien las preposiciones.
Ahora estoy a punto de publicar un libro, en el que vengo trabajando, con muchas y a veces largas intermitencias debido a otras ocupaciones, desde hace ocho o nueve años. Se trata de un Diccionario de galicismos prosódicos y morfológicos que espero ver en las librerías antes de que termine este mes de mayo. Creo que será muy útil no solo para los traductores, aunque también para ellos, sobre todo para los que se dedican a la traducción científica y técnica, que es hoy, cuantitativamente, mucho más importante que la traducción literaria.
Muchas gracias, profesor, por la inmensa gentileza de habernos dedicado su precioso tiempo, y mucha gracias también por el invalorable obsequio que nos ha hecho, tanto al profesor Carbón como a mí, de estos hermosos ejemplares dedicados de su traducción de Medea.
Nota:
* Texto publicado íntegramente en la revista Universidad de La Habana, nros. 251/252, segundo semestre de 1999 y todo el año 2000, pp. 145-147.
