Víctor Muñoz, o el humor criollo en el periodismo de inicios del siglo XX
"La popularidad de Víctor Muñoz Riera llena todo un ciclo del periodismo cubano", señaló Rafael de Soto Paz, autor de una olvidada pero útil Antología de periodistas cubanos (1942) que, como a veces sucede, se utiliza más de lo que se le cita y reconoce.
Víctor Muñoz (1873-1922) es figura de muchas aristas como periodista, y virtudes como ciudadano. A él se debe la iniciativa de celebrar en Cuba, el segundo domingo de mayo de cada año, el Día de las Madres.
A partir de 1901 trabajó para el diario El Mundo, donde estampó su sello periodístico en las informaciones deportivas, crónicas mundanas y temas humorísticos. De él dijo Manuel Sanguily: "El estilo de Víctor Muñoz, cuando escribe, revela la misma facilidad y gracia picaresca que cuando habla, y en todo caso es claro, fácil, sobre todo preciso, que es lo que más maravilla".
Vitoque, así le llamaron sus colegas de la Redacción, comenzaba por hacer burla de sí mismo, de su figura obesa y bonachona. Después seguía con todo lo demás, aunque su humorismo no era hiriente, sino crítico, a la búsqueda de las fisuras de la sociedad.
Su popularidad fue enorme en la prensa. El béisbol lo apasionó, y en 1910 publicó un libro (después tuvo rediciones) titulado Mac, el pitcher, que tiene como protagonista a un pelotero de las Grandes Ligas y además de ser una rara avis en la literatura cubana —nada menos que una novela deportiva, dedicada a la pelota— incluye pasajes reveladores del modo de escribir de Víctor Muñoz:
Cuando la pelota llegó al límite del terreno, estaba Mac entre primera y segunda; y hacía esfuerzos inauditos por correr como si fuera una locomotora; pero sus piernas de plomo parecían deseosas de pegarse al césped. O’Leahy y Gutzman estaban hacía rato en el home, cuando abrazaba tercera y obtenía una decisión del umpire que fue la más dudosa de todo el desafío, por lo que se sintió feliz de ver que el juez extendía ambas manos abiertas, al propio tiempo que le gritaba: ¡Safe!
En otro fragmento —este de su crónica deportiva en el diario El Mundo— el béisbol no es sino pretexto para resaltar en su estilo retozón el fenómeno de la corrupción administrativa: "Ayer se robaron dos veces la tercera base en Almendares; pero esto no quiere decir que se hayan corrompido más las costumbres públicas, ya que en la pelota, el robo no es vituperable".
Varios libros publicó Muñoz, uno de ellos, Junto al Capitolio (croquis de la vida americana), recoge apuntes, comentarios y hasta chismes de la vida en Norteamérica… que él escribe desde La Habana, aunque el lector llegue a pensar que se trata de un corresponsal que los cuenta desde allá. Es un texto zumbón, simpático, con destaque para el protagonismo femenino:
Es interesante, a mi juicio, el dato de que según Mrs. Whitlock, la profesora de sonrisas, estas de dividen en 57 clases y reflejan un número igual de sentimientos y estados de ánimo. Confieso que al saber esto me he devanado los sesos, anotando todas las sonrisas posibles, diferenciándolas por clases y categorías, y no he podido contar más que 22, a pesar de que puse en la lista varias de las que se producen en la intimidad y la mejor de todas, que también está comprendida en estas, aunque no creo que dicha experta la haya incluido entre las que están afectas a la educación facial, pues me refiero a la que se produce cuando una mujer duerme y el diablillo incansable que hace trabajar continuamente a nuestro cerebro empieza a hacerle cosquillas, elaborando sus sueños de rosa.
(Capítulo titulado “Cátedras de sonrisas”).
O este otro de la misma fuente anterior —capítulo “Charlemos”— en que asume la filosofía femenina, pues Víctor era un periodista completo... y hasta para las damas redactó crónicas bajo el seudónimo de La Marquesa de Fontenoy: “Si nuestros novios se decidiesen a excluir de su charla la adulación, el embuste y las tonterías, habría tanto silencio entre ellos y nosotras como el que en la mayor parte de las casas reina entre marido y mujer”.
No le interesó ser político, pero su notoriedad fue tal que cuando se postuló para concejal por el municipio de La Habana salió electo. Tal como era él fue su periodismo. Enrique José Varona, quien prologó su libro Junto al Capitolio..., escribió: “El influjo de esta pluma ágil de Víctor Muñoz es sano y ha de ser fortificante”.
Aun cuando el suceso revistiera cierto dramatismo, Víctor era capaz de darle un toque ligero. Se le encomendó cronicar para El Mundo el primer vuelo de un aeroplano en Cuba, el 7 de mayo de 1910, realizado por el piloto francés André Bellot. El aparato se elevó lo suficiente como para decir que “voló”, aunque todo estuvo a punto de terminar en tragedia cuando se desprendió hacia abajo para caer en un terreno de abundante maleza. Víctor, testigo de los hechos, los convierte en una tragicomedia al presentarlo a los lectores:
Del grupo de espectadores se destacó una figura conocida, El Andarín Carvajal, que corriendo gritaba, con solemnidad que en otros momentos hubiese sido cómica:
-¡Vamos a salvarle!
Bellot debe el haber escapado ileso a las maniguas del lugar en que cayó, que recogieron su máquina y le impidieron quedar hecha una tortilla con el aviador en medio.
Los que lo conocieron aseguraban que Víctor Muñoz era un hombre bueno, en el sentido lato de la palabra, sencillo pese al tiempo vivido en el exterior, actualizado respecto de los nuevos giros del habla popular. Hoy es recordado como uno de los más leídos periodistas cubanos de principios del siglo XX. También como un cubano con el don de la palabra simpática, que tanto vale a la hora de escribir.