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Pierde el teatro cubano uno de sus más sólidos pilares

Jesús Dueñas Becerra, 03 de diciembre de 2013


Hombre es ser más que torpemente vivo;
es entender una misión, ennoblecerla y cumplirla
José Martí
 

El multilaureado escritor, dramaturgo y director teatral Abelardo Estorino (1925-2013), Premio Nacional de Literatura (1992) y Premio Nacional de Teatro (2002), ya duerme el martiano sueño de los justos. Al conocer su lamentable deceso, mi archivo mnémico registró la última vez que lo vi con vida en la sala Martínez Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), de la que fuera miembro insigne.

Aquella tarde quienes lo saludamos con efusividad y respeto y departimos con él momentos inolvidables, percibimos —a través de la sonrisa permanente que lo identificara— cómo irradiaba salud física, psíquica y espiritual, con la dosis correspondiente de energía positiva, por todos los poros del cuerpo y el alma.

La vitalidad y la fortaleza que lo acompañaran constituían el mejor escudo protector para defenderse de Tanatos (la muerte, en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo), pero, al final, la enemiga acérrima de la existencia terrenal humana venció su tenaz resistencia y privó al teatro cubano contemporáneo de uno de sus más sólidos pilares.

Discípulo aventajado del poeta, escritor, dramaturgo, crítico y periodista cardenense Virgilio Piñera (1912-1979), y maestro —por derecho propio— de autores consagrados, quienes supieron descubrir en tan ilustre mentor los valores éticos, ideo-estético-artísticos, humanos y espirituales en que se estructura la personalidad de un verdadero profesional de la dramaturgia contemporánea.

Abelardo nació en Unión de Reyes, provincia de Matanzas. En la cuarta década del pasado siglo, tomó por asalto la Ciudad de las Columnas para estudiar la carrera de Cirugía Dental en la bicentenaria Universidad de La Habana, donde se graduó de doctor en Cirugía Dental. Sin embargo, solo ejerció la profesión durante tres años, porque el mundo de las tablas lo cautivó, y en consecuencia, se consagró a él en cuerpo, mente y espíritu hasta el ocaso de su fecunda vida.

En 1954, escribió su primera obra, Hay un muerto en la calle, que aún permanece inédita, y un par de años después, montó El peine y el espejo, que estrenó en 1960, un éxito que significó un punto de partida para la década prolífica que se le avecinaba y que aprovechara al máximo.

Fue el creador de la gran comedia musical cubana Las vacas gordas (1962), junto con el duo autoral integrado por los compositores Gerardo Piloto y Alberto Vera, así de como una amplia colección de piezas antológicas, dedicadas a los que saben querer y para quienes trabajara con amor y pasión.

Estorino legó a la posteridad clásicos del teatro cubano como La casa vieja (1964) y su versión de la novela Las Impuras (1962), del médico y escritor Miguel de Carrión.

Estuvo vinculado a Teatro Estudio, cuya columna vertebral fueran los maestros Raquel y Vicente Revuelta. Durante las tres décadas siguientes sus puestas fueron llevadas a escena por compañías teatrales nacionales y foráneas.

Entre las distinciones más importantes que recibiera durante su fructífera trayectoria artístico-profesional se encuentran: Premio de la Crítica a la mejor puesta en escena en 1992 por Vagos rumores, Premio al mejor texto en el Festival del Monólogo en 1989, por Las penas saben nadar, Premio a la Mejor Puesta en Escena de 1988 por La Malasangre, de Grisela Gambaro, y Mención Especial Premio Cau Ferrat en el Festival de Sitges, Península Ibérica, en 1985, por Morir del cuento

Otros escenarios también acogieron con gran beneplácito el repertorio de Estorino, cuyas obras se han traducido y representado en Estados Unidos, así como en países latinoamericanos y europeos. 

Asistió al Festival de Cádiz (1995), evento al que llevó Vagos rumores y Las penas saben nadar, y visitó la ciudad de New York (1996), para incorporarse a un programa de intercambio cultural con los integrantes de Repertorio Español. En 1997, Parece blanca participó en el Festival Internacional de Caracas, Venezuela.
 
Maestro Abelardo Estorino usted cumplió —con creces— su misión en la tierra, e hizo realidad el aforismo martiano que ilustra esta crónica. Por lo tanto, al igual que el Apóstol, no le « […] decimos adiós, sino ¡hasta luego!», porque tarde o temprano nos encontraremos en ese espacio infinito lleno de luz y color, a donde van los hombres y mujeres que aman y crean.