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Pablo de la Torriente Brau... Este es de los muertos que crecen y se agrandan

Leonardo Depestre Catony, 19 de diciembre de 2013

El 19 de diciembre de 1936, en Majadahonda, España, cayó a los 35 años Pablo de la Torriente Brau. Meses antes, desde Nueva York, escribía: “Sé que me juego en este  viaje, pues, la oportunidad de ver a Cuba otra vez”.

Periodista, narrador, cronista, orador, hombre de acción: tal fue Pablo. Herido junto a Rafael Trejo en los sucesos del 30 de septiembre de 1930, que constituyeron masiva protesta estudiantil contra el régimen de Gerardo Machado; encarcelado una y otra vez, describió —por propias experiencias— las terribles condiciones de  vida en el Presidio Modelo de Isla de Pinos.

Desde las páginas del periódico Ahora denunció la miseria del campesinado en el Realengo 18 y  dio a conocer su serie La isla de los 500 asesinatos.

“Para Pablo de la Torriente Brau, el oficio de escritor jamás estuvo desvinculado de la actividad práctica revolucionaria (...) Nada hizo que no se ajustara indisolublemente a su pensamiento”, apuntó Raúl Roa en el prólogo a Aventuras del soldado desconocido cubano.

Escribió relatos, testimonios,  hizo periodismo, su correspondencia es amena y sutil. La vida de Pablo fue tan intensa como su prosa.

“Mi nacionalidad es otro lío —escribió de sí con humor. Tuve la desgracia de nacer frente a una de esas estatuas de Colón, en que aparece siempre encaramado en un palo de mármol, con la mano sobre los ojos, y comprendo que esto me va a traer mala suerte cuando sea famoso. Los cubanos, porque he vivido siempre en Cuba, porque aprendí a leer en La Edad de Oro, de Martí, y por buena parte  de mi ascendencia, por la línea de mi padre, van a querer que sea cubano; los puertorriqueños, porque nací en San Juan”.

El nacimiento tuvo lugar el 12 de diciembre de 1901, en Puerto Rico. Muy niño, con su padre, embarcó hacia Santander, España. De allí regresaron a La Habana; en Santiago de Cuba cursó parte de los estudios de bachillerato. De nuevo en la capital, trabajó de secretario de Fernando Ortiz,  donde conoció a Rubén Martínez Villena y se inició en el periodismo por el año de 1920.

Diez años después, a raíz del 30 de septiembre que le costó su encarcelamiento, publicó en el diario El Mundo sus reportajes 105 días preso. También permaneció por casi un año en prisión en Isla de Pinos, para a continuación salir deportado y no regresar hasta la caída de Machado.

La existencia de Pablo transcurre a la manera de una carrera de obstáculos que él —atleta de por sí— enfrenta y salva para seguir adelante.

Tras el fracaso de la huelga revolucionaria de marzo de 1935 embarcó hacia Nueva York y desde aquella urbe unirá su destino al de los españoles enfrascados en la guerra civil. Porta las credenciales de corresponsal de New Masses, de Nueva York y de El Machete, de México. Desde la Península continúa enviando sus crónicas y cartas que recogen la vida interna de los combatientes republicanos.  Es la suya una prosa rápida, veraz, optimista.

Sabido es que el comisario político Pablo de la Torriente Brau murió en el frente y que la fuerza de su personalidad, la audacia de su carácter, la convicción de sus actos, motivaron al poeta Miguel Hernández a dedicarle su Elegía Segunda, que cierra con estos versos:

      Ante Pablo los días se abstienen ya y no pasan.
      No temáis que se extinga su sangre sin objeto,
      porque este es de los muertos que crecen y se agrandan
      aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.

En 1938 le fue conferido el premio Justo de Lara por su trabajo Guajiros en Nueva York, publicado en Bohemia en 1936. La obra de Pablo, recopilada por amigos, abarca varios libros: La última sonrisa de Rafael Trejo, Aventuras del soldado desconocido cubano, Pluma en ristre, Presidio Modelo, Cuentos de Batey...

Dotado de personalidad y talento singulares, “tengo la certidumbre - escribió Juan Marinello - de que con Pablo de la Torriente murió uno de los más cabales narradores de su tiempo cubano. No dio su medida, pero anunció su tamaño (...) De vivir más, hubiéramos tenido en Pablo de la Torriente el ejemplar dichoso y pleno de ciudadano, de revolucionario y de creador que anunciaba su fuerte juventud, punzante de raros valores”.