Yo dibujé a Martí
¿A qué cubana o cubano de cualquier edad no le hubiese interesado conocer a José Martí; saber cuáles eran su timbre de voz, sus alimentos cotidianos; identificar las bebidas que prefería, fuera de todo prejuicio o comentario mal intencionado; sufrir con los males que lo aquejaban e, incluso, tratar de aliviarlos? Y he aquí que me han regalado Yo dibujé a Martí. Diario de un viaje Cayo Hueso-Nueva York, un libro que, publicado en el año 2010 por la Casa Editora Abril, devela cada pequeño misterio sobre la vida del Maestro… en boca de un niño de 14 años. Pero, ¿quién fue ese afortunado?
Cuando José Martí comenzó a preparar el alzamiento de 1895, visitó y pernoctó en las casas de las familias de exiliados que, en Cayo Hueso, ofrecían su apoyo financiero y humano para lograr una Cuba libre. Martí tenía que viajar de un lado a otro para reunirse con distintos grupos de cubanos y aunar fuerzas, y los servicios de inteligencia españoles y estadounidenses lo seguían a todas partes, tratando de frustrar cada paso del héroe. En una oportunidad, llegó a ser envenenado, y aunque el atentado fue descubierto, las secuelas en su débil salud no se hicieron esperar. Una de las viviendas que le sirvió de sanatorio para su restablecimiento, fue la del coronel Fernando Figueredo Socarrás, reconocido luchador de las huestes mambisas que había participado, entre otros hechos, en la mismísima Protesta de Baraguá, junto a Maceo. Su hijo mayor, Bernardo Figueredo Antúnez, es el autor del libro que ahora les comento.
Por decisión familiar, Bernardo es enviado a acompañar al Delegado, como llaman a Martí los cubanos del exilio, en algunos de sus viajes. Este era un comportamiento que entrañaba un código de fidelidad, amor, confianza, admiración y sacrificio entre las familias cubanas y José Martí, a quien con frecuencia se le vio al lado de adolescentes y jóvenes, hijos prometedores de estas familias, que los ponían a su cargo para que bebieran de su sabiduría, conocimiento, civismo y magisterio, a la vez que lo protegían al desvirtuar el objetivo de los viajes y hacerlos parecer recorridos de tutoría entre el Maestro y los muchachos.
Aunque, ciertamente, lo eran: Bernardo nos revela a un hombre delgado y no muy alto, que padecía dolores de cabeza, no usaba perfumes ni lociones y apenas bebía sorbos de vino para darse fuerzas, comía poco y saltaba horarios a pesar de su resquebrajada salud; viajaba mucho y, cuando hablaba de Cuba, se llenaba de fuerzas y brillo. En la cotidianidad, nos deja ver a su figura venerada ordenándole que se abrigara con las ropas que le dieron para el viaje, o proponiéndole sabias charlas sobre la naturaleza, observaciones sobre el comportamiento humano, consejos sobre nociones de política y sociedad, economía y geografía, y hasta chistes en otros idiomas. Un Martí bien cercano, al alcance de la mano, tanto, que podemos sentir su olor y su voz y percibir sus gestos:
La voz de Martí era suave, no era estridente ni airada, sino al contrario, era una voz dulce, aun hablando de los enemigos, que era el gobierno de España. Siempre lo hacía con mesura y sin exagerar. Nunca denostaba a los españoles. Denostaba su sistema de gobierno y su tiranía, especialmente la de los voluntarios. Tenía su modo de hablar, era suave también, pausado, alzaba los brazos, pero sin violencia, no daba puñetazos en la tribuna ni alteraba la voz, sino al contrario, siempre en el mismo tono grato y que recuerdo como si lo estuviera oyendo en este mismo momento. (…) Su voz no era penetrante y sin embargo se oía perfectamente en todos los ámbitos del San Carlos, que era un teatro bastante grande, como lo era anteriormente el teatro Payret. Su voz, si se pudiera trasladar al sonido instrumental, correspondería a la viola en los instrumentos de cuerda y al oboe en los instrumentos de viento.
Esto nos dice el autor en la página 99 del volumen. Seguidamente, para facilitar las comparaciones, Bernardo nos ofrece similitudes con otros cubanos de la época que sobrevivieron a la guerra. Igualmente nos traslada frases del Maestro que no aparecen en otros libros, aprendidas por él en aquel memorable recorrido, cuyas experiencias lo llevaron a hacerse soldado del Ejército Libertador. El periplo trascurre entre finales de 1893 e inicios de 1894, y se extendió por varias localidades de los Estados Unidos como Tampa, Ocala, Ibor City, Jacksonville, Baltimore, Richmond, Pettersburg, Weldon, Jersey City y Nueva York.
Es este un texto atractivo, entretenido, cuyo género podría enmarcarse entre el diario y el libro de viajes y de aventuras. Es la visión del conflicto nacional desde una mirada adolescente. Es una valoración sincera, emotiva y desprejuiciada sobre Martí. El libro cuenta, además, con selección y prólogo de Jorge R. Bermúdez, y secciones varias como anécdotas y estudios biográficos de gran interés para la infancia y adolescencia cubanas, así como para padres y maestros.
La edición, muy cuidadosa, es de Jacqueline Teillagorry. El diseño, de Lieng-Sut Joo, destaca por su originalidad en la recreación de estilos antiguos en cada página, simulando bordes rasgados y textura envejecida. Recomendamos este volumen a toda persona interesada en conocer de cerca hábitos y costumbres de Martí y su época, y, sobre todo, en saber de primera mano las vicisitudes y cotidianidades de los cubanos de aquí y de allá, en boca de Martí y de un jovencito singular que siguió los pasos de su ejemplo.