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Más sobre los premios nacionales de literatura

Guillermo Rodríguez Rivera, 14 de enero de 2014

No me ha sorprendido la repercusión que ha tenido mi artículo sobre los últimos premios nacionales de literatura y mis discrepancias sobre su otorgamiento, y lo digo aunque “Miguel” comentarista en CubaDebate vuelva a acusarme de falta de humildad. Creo que, los que trataba, eran asuntos que sé que interesan a muchas personas aunque la mayoría no los exprese ni, claro, esté en disposición de confrontarlos.

Siempre me complace que mi amigo Silvio Rodríguez acoja algún escrito mío en su muy leído blog que tiene, además, su prestigio. Pero yo no había mandado el artículo a Segunda Cita. Yo lo había mandado a Cubarte y luego al siempre fiel Emilio Comas. Alguien se lo hizo llegar a Silvio y de su blog saltó a CubaDebate, donde lo comentaron tirios y troyanos. No voy a responderle a quienes me aprueban ni a quienes me impugnan. Apenas reiterar que para nada estuvo entre mis propósitos en ese artículo, negar la calidad de las obras de Reina María Rodríguez y de Leonardo Padura. Por ello hice las aclaraciones que me mostraban como admirador de la obra de los dos. Mi discrepancia radicaba en el concreto otorgamiento de ese premio pasando por alto a dos escritores que me pareció que debieron recibirlo antes que ellos.

Acaso el problema radique en comprender lo que debe ser el Premio Nacional de Literatura.

De las reflexiones de algunos lectores de CubaDebate parece colegirse que el Premio Nacional es una suerte de premio de la popularidad y que lo merece el autor cuya obra es la más buscada por los lectores, pero no es así, porque la popularidad no es necesariamente índice de superioridad literaria: si así fuera, Stephen King sería un escritor más importante que Franz Kafka y José Ángel Buesa un poeta mejor que Juan Ramón Jiménez. Aclaro que, en Leonardo Padura coexisten la calidad de una obra muy bien facturada y el poder comunicativo que convierte sus novelas en obras atrayentes para el lector.

El Premio ha adoptado algunas metodologías que no han contribuido a hacer más serio su otorgamiento. Me parece que es erróneo el sistema de nominaciones que ha asumido como manera de seleccionar los candidatos a recibirlo. El método me parece que viene directamente de certámenes como los de los Oscar y los Grammy, que tienen una periodicidad anual y en los que los “nominadores” seleccionan cada doce meses, a partir de un conjunto de obras nuevas, de las obras realizadas en el año.  Son concursos en los que el éxito en el mercado tiene un peso casi decisivo.

El Premio Nacional de Literatura es un reconocimiento a la obra de la vida. No responde a un momento en que una obra de un autor, muy promovida, pueda ser altamente demandada.

Concursos como los Oscar responden directamente al comercio cinematográfico. El Premio corresponderá por regla general
es una tendencia que ha ido afirmándose en él a aquellas producciones que más alto costo han tenido, porque la promoción mundial que acompaña al galardón, hace al filme un producto universalmente demandado y vendido, y ello actúa como compensación económica a sus productores. Es curioso que los dos directores que han generado un real basamento artístico al cine norteamericano pienso en Charles Chaplin y Orson Welles nunca recibieran la codiciada estatuilla[1].

En el caso de nuestro Premio Nacional de Literatura, el sistema de nominaciones ha generado improvisación y aventurerismo. Cualquier ciudad o institución se siente con derecho a postular a “su” escritor, aunque no pueda asegurar su jerarquía en la cultura de toda la nación. Con razón o sin ella, los jurados del Premio  apenas atienden a las nominaciones.

El Comité Gestor del Premio debería generar
también atendiendo calificadas sugerencias un fondo de nombres de autores que pueden merecer el Premio y ese fondo no requiere ser revalidado cada año. Quien esté en él, debiera ser un candidato permanente.  Creo que ello haría al premio más representativo de los valores históricos  de la literatura del país.

Me parece contraproducente
y es lo que quise subrayar en “La literatura invisible” que haya tendencias, obras y autores de valía, vinculados a la historia misma de la nación que desaparezcan, se supriman y dejen un inexplicable blanco en nuestra historia literaria y cultural que es también, de alguna manera, la historia del alma de la nación.

Lamento haber lanzado estas ideas en el momento en que fueron premiados dos escritores más jóvenes, autores de obras que, de una manera u otra, deberán inscribirse en nuestra historia literaria. Excúsenme pues Reina María y Leonardo.

II.

Los miembros de la UNEAC estamos teniendo en estos días las asambleas previas a la celebración del próximo congreso de la organización y, en ellas, se están debatiendo asuntos que incumben a los escritores y  artistas de nuestro país. En la reciente reunión de los integrantes de la Sección de Crítica y Ensayo de la Asociación de Escritores, mi amigo, el joven ensayista Carlos Velazco formuló una propuesta polémica pero sin duda interesante. Propuso que el Premio Nacional de Literatura pudiera otorgarse también, a escritores cubanos que viven fuera de Cuba.

Carlos argumentó que, excluyendo a los cubanos que han optado por vivir en el extranjero, el premio deja de ser un reconocimiento estrictamente literario para convertirse en un premio político. El asunto es, repito, muy interesante pero también profundamente complejo. Tanto, como lo han sido las relaciones de la Revolución Cubana y su gobierno con su emigración. Y viceversa, Carlos
junto a su esposa, Elizabeth Mirabal ha centrado su atención de ensayista e investigador, en algunos escritores cubanos del exilio.

Yo fui miembro del jurado (perdón, Miguel por la inmodestia, pero es así) que premió el libro que dio a conocer el primer trabajo de la joven pareja: “Sobre los pasos del cronista”
Premio UNEAC de ensayo, es un libro dedicado a explorar y documentar los años cubanos de Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), importante narrador cubano, quien, en 1997, fuera el tercer escritor de nuestra literatura en recibir el Premio Cervantes.  Carlos y Elizabeth exploran y documentan, en un libro que es a la vez reportaje y testimonio, la experiencia del cronista de cine sus crónicas se recogen en Un oficio del siglo XX, Ediciones R, 1963 y del autor de un primer libro de relatos (Así en la paz como en la guerra, 1960), bien exitoso en Cuba y en el extranjero. Es unos años después, durante su estancia en Bruselas como diplomático cubano, cuando Cabrera Infante escribe la novela que lo consagra tempranamente. Me refiero a Tres tristes tigres, Premio Biblioteca Breve, en 1964.

El libro de Carlos y Elizabeth fue el primero editado en Cuba sobre el trabajo del escritor después de que, en 1968, Cabrera Infante rompe con el gobierno cubano y enfrenta desde entonces, abierta y duramente a la Revolución Cubana[2].

Carlos, que después
también junto a Elizabeth indagara sobre el trabajo del narrador cubano Guillermo Rosales, quien se va a Miami en los años setenta y se suicida tras publicar un desgarrador relato llamado “Boarding Home”, se ha interesado especialmente, como dije, por los escritores cubanos exiliados, lo que acaso contribuya a explicar su propuesta. Pero el asunto, repito, es complejo.

El razonamiento de Carlos no es enteramente cierto.  En primer lugar, se puede premiar a un escritor cubano que viva en nuestro país y cuyo compromiso político no sea claro o incluso no exista y también puede premiarse, por razones políticas, a un autor de origen cubano que viva fuera de Cuba.

Otra cosa: ¿son cubanos todos los escritores de ese origen que viven, digamos, en los Estados Unidos? Si le vamos a entregar el premio a un ciudadano estadounidense que encima vive en ese país, ¿de qué Premio Nacional estamos hablando?

Otra más: ¿cuáles son los autores que aceptarían recibir el Premio? El exilio cubano no tiene exactamente una historia de tolerancia. No hace mucho se le organizó un homenaje en La Habana a ese excelente cantante, director de cuarteto y compositor que es Meme Solís, y el músico no aceptó participar en él.

Todavía una más: por el implacable paso del tiempo, los más importantes escritores cubanos exiliados ya han desaparecido: pienso en Agustín Acosta,  Eugenio Florit y el padre Ángel Gaztelu (emigrantes y no exiliados), Carlos Montenegro, Lino Novás Calvo, Enrique Labrador Ruiz, Lidia Cabrera, Gastón Baquero, Lorenzo García Vega, Guillermo Cabrera Infante, Calvert Casey, Heberto Padilla, Severo Sarduy, Jose A. Benítez Rojo, Reinaldo Arenas. Todos estos escritores se formaron en Cuba. ¿Conocemos de veras la obra de los que se hicieron escritores en el exilio? ¿No habría que publicarlos antes de convertirlos en posibles premiados?

Creo, como muchas otras personas, que la literatura cubana existe con independencia del lugar donde se escriba, pero las realidades con las que está obligado a confrontar el hombre día a día, añaden todavía más densidad a la problemática del escritor cubano, que no puede reducirse a la dimensión estética, por importante que esta sea.

Quisiera recordar ahora (y decirlo para quien no lo sepa) que el escritor, siendo como es un formidable portador de ideas (trabaja con el lenguaje, que es el mismo vehículo del pensamiento) es el menos favorecido y el más ignorado de todos los artistas cubanos.

Cualquier otro artista (un actor, un músico, un pintor, un bailarín) se dedica exclusivamente a cultivar su arte, y de eso vive. Cuando los lectores de CubaDebate comentan mis opiniones en torno al Premio Nacional de Literatura, es curioso que se refieran siempre al “profesor Rodríguez Rivera”. En efecto, soy profesor universitario de literatura desde hace 45 años, y de ese oficio vivo. Pero he publicado cinco libros de poemas, tres novelas,  una noveleta, cinco libros de ensayo y crítica, que han  recibido dos premios de la Crítica, en ensayo y poesía.

La editorial Boloña publicará
imagino que este añola que sería la octava edición en papel de  Por el camino de la mar o Nosotros los cubanos, pero muchas personas no me nombran Como escritor, sino que me asignan sistemáticamente el oficio que me mantiene.

Las editoriales cubanas, que pagan en nuestra maltrecha moneda nacional no pueden conseguir que un escritor viva de lo que escribe, aunque todos sus libros se vendan. Por ello, la aspiración de nuestros escritores es lo que mi tocayo Guille (también comentarista en CubaDebate) llama, dramáticamente, “caer en manos de las editoriales extranjeras”, lo que no resulta tan trágico como el parece suponer.

Durante muchos años, los escritores cubanos hacían lecturas de cuentos, poemas, capítulos de novelas, dictaban conferencias, integraban jurados para concursos literarios de los más disímiles niveles sin cobrar un centavo.

Hace unos años, la excelente gestión de Abel Prieto como ministro de Cultura, dictó la muy conocida (entre los escritores) Resolución 35, que obligaba a las instituciones culturales a pagarle a los escritores un mínimo de 120 pesos por cualquiera de esas actividades que antes hacían gratis. Pero esas propias instituciones culturales han convertido esa resolución en una burla a los escritores. Porque ese mínimo se ha convertido para ellos en el máximo. Nunca pagan más de 120 pesos.

El pasado año se efectuó el concurso de talleres literarios correspondiente al municipio Plaza. Fuimos convocados como integrantes del jurado, el poeta Ismael González Castañer, la poetisa Lina de Feria
una de las figuras más importantes de la poesía cubana actual y yo. Trabajamos leyendo y comentando poemas para adultos, para niños y décimas, desde las 9 de la mañana hasta las 3 de la tarde, en que otorgamos los premios correspondientes a los jóvenes escritores que, con ese aval, pasarían a concursar al nivel de la provincia de La Habana. Algunos trabajadores de la Casa de la Cultura de Plaza, generosamente,  llevaron algún jugo y café, porque la Dirección de Cultura del municipio Plaza de la Revolución, argumentó que no tenía presupuesto para ofrecer una merienda a los jurados que cobrarían 120 pesos por ese trabajo del día. En el acto de premiación, sin embargo, apareció una presentadora (alguna vez se le ha visto en la televisión) habló unas cuantas vaguedades durante 20 minutos y recibió por esa labor una remuneración de 1 000 pesos.

Fue una auténtica burla al famoso principio (“de cada cual, según su capacidad; a cada cual según su trabajo”) que Marx situara, en la Crítica al programa de Gotha, como norma de pago en el socialismo.

Pero resulta que esa presentadora, como cualquier músico sin demasiado talento están inscritos como “talento artístico”  en una agencia  que gestiona y exige el monto del pago que han de hacerle, porque una buena porción de ese pago va a los fondos de la propia agencia. El escritor
un narrador, un poeta, un ensayista no es “talento artístico” para las normas de pago del Ministerio de Cultura, ni le pagan como merece, porque nadie lo representa.

Trabajando como escritor, puede vivir en Cuba quien tenga un contrato como guionista en la radio o la televisión. Escribiendo novelas, poemas, cuentos, guiones para cine, viven en Cuba
que yo sepa– los muy pocos escritores que tienen contratos con importantes editoriales extranjeras que remunera sus obras en moneda libremente convertible.

En ese contexto, el Premio Nacional de Literatura se ha convertido casi en un mecanismo de bienestar social que compensa al viejo escritor cubano, por las carencias que la sociedad no ha podido solventarle a lo largo de su vida. El Premio está dotado con 10 mil pesos y una mensualidad vitalicia de 100 cuc para el escritor que lo recibe, así como la edición de su obra. Esos escritores
cubanos o naturalizados estadounidenses, españoles, franceses viven al amparo de fuertes economías capitalistas. ¿Debemos pasarle ese subsidio, concebido para talentosos escritores ya viejos,  que han enfrentado en su país los 50 años de bloqueo? Yo necesitaría una respuesta convincente a esa pregunta. Como decía el inteligente abogado que Denzel Washington personifica en Philadelphia, quisiera que alguien me explicara esa respuesta como si yo tuviera 4 años, para entenderla muy bien.

III.

Entre los comentaristas de “La literatura invisible” que acogió CubaDebate, alguno me recuerda que ni Onelio Jorge Cardoso
nuestro cuentero mayor ni Samuel Feijóo recibieron el Premio Nacional de Literatura. No recuerdo ahora si Onelio murió antes de la creación del Premio, en el segundo lustro de los años ochenta del pasado siglo, cuando tampoco alcanzó a recibirlo Alejo Carpentier, quien murió en 1980.  Pero Samuel sí podía recibirlo, solo que alguien decidió que como el escritor, ya en los días finales de su vida, sufría de Alzheimer, no debía recibir el premio porque no iba ni siquiera a saberlo. Fue una decisión brutalmente injusta, casi inhumana, aunque seguramente no quiso serlo.

El Premio Nacional de Literatura seguramente le dará satisfacción al escritor que lo recibe, pero es una información también para los lectores, e incluye la reedición de lo más importante de la obra del creador. Incluso la dotación económica del Premio, en el caso de un hombre enfermo e impedido, puede ayudar a sus familiares o a quien lo atienda a mejorarle ese difícil, penoso estadio final.

Son cosas que vale la pena recordar, para entender bien lo que es el Premio Nacional de Literatura y, realmente, lo tratemos como ese bien que poseen simultáneamente los escritores cubanos, sus lectores y nuestra cultura
hondamente enraizada en nuestra historia como lo merece, con la amplia dimensión estética, política y humana con que debe ser concebido.

Finalmente, quisiera agradecerle a Silvio
a quien sí le estoy enviando este artículo, acaso demasiado extenso su edición en Segunda Cita. Feliz 2014 a Silvio y a todos los lectores, y larga vida a Segunda Cita.

[1]  Chaplin, execrado en los tiempos del macarthysmo, recibió en su vejez. un Óscar a la obra de toda la vida. Fue la manera que tuvo Hollywood de autoexonerarse.

[2]  La viuda de GCI, la actriz Miriam Gómez, ha impugnado el volumen con juicios que no parecen de mucho peso, centrados en los testimonios de la ex-esposa del escritor, Marta Calvo, quien vive en Cuba. Coincido con Roberto Quiñones, comentarista en CubaDebate que debía publicarse en Cuba una novela como Tres tristes tigres, pero pregúntele a la dueña de los derechos de autor si lo autoriza.

(Tomado del blog de Silvio Rodríguez,  Segunda Cita)

Guillermo Rodríguez Rivera, 2014-05-13
Guillermo Rodríguez Rivera, 2014-01-07