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Dos Barnet frente a Canción de Rachel

Luciano Castillo, 23 de enero de 2014

Enrique Pineda Barnet (La Habana, 1923), es una persona de exquisita sensibilidad que, no obstante el rigor con que acometiera sus largometrajes David (1967), Mella (1975), Aquella larga noche (1979) y Tiempo de amar (1983), vinculados todos a figuras y períodos determinados de la historia de Cuba, hasta finales de los años 80 no había tenido la esperada fortuna en la consecución de sus propósitos. Es entonces que decide filmar con el título de La bella del Alhambra, su versión de la novela Canción de Rachel (1969), de Miguel Barnet, testimonio novelado que trasciende el retrato íntimo de Amalia Sorg, una corista muy famosa entre la década del 20 y parte de la del 30 en el teatro habanero Alhambra, para abarcar todo un período de frustración republicana.

Como «gran tubo de ensayos de toda una música cubana», calificó Alejo Carpentier (1904-1980) el nacimiento del teatro bufo, y al Teatro Alhambra, su sede: “el conservatorio de la música cubana” en los inicios del siglo XX. En su escenario se estrenaron partituras antológicas, como los danzones de Jorge Anckermann, y de otros autores, y desfilaron innumerables estampas costumbristas —generalmente protagonizadas por los personajes típicos del gallego, la mulata y el negrito—, sin olvidar la sátira política. En ese controvertido teatro para hombres solos, que se mantuvo en continua actividad durante 35 años hasta que se derrumbó, Federico Villoch (1868-1954) era comúnmente llamado «el Lope de Vega criollo», por su gran fecundidad, al aportar unas 500 obras. Sobre la génesis de la película, explicó el realizador:

“Desde que hicimos el guión, decidimos no tomar la novela al pie de la letra, sino utilizar los elementos más cinematográficos de la obra, seguir la trayectoria de esta artista y lo que podía significar como alegoría. La novela-testimonio nos hubiera obligado a hacer una película-testimonio distinta a la que teníamos en mente. Se trata de la historia de Rachel y, a la vez, del teatro. (...) La película narra las aventuras y desventuras de una mujer por su realización. Teníamos también, con respecto a Rachel, la idea de este personaje en cuanto a que la vida es una y difícil; que se vive en una cuerda floja, que el problema no está en lograr el equilibrio, sino en vencer la cuerda de cualquier forma, saltando jadeante, aferrándote a ella con los dientes”.

En La Habana de los años 20, una muchacha con dotes artísticas no se conforma con actuar en una carpa paupérrima y ve cumplirse sus sueños al ser contratada en el Teatro Alhambra, donde recibirá aplausos y enfrentará rivalidades. Pronto la prensa y el público la bautizarán como “la bella del Alhambra”. Esta es, en líneas generales, la sinopsis de una película que varias veces Pineda Barnet ha definido como la historia de una mujer que, como la República, no quiso ser prostituida, y que pese a incorporar diversos números musicales, no es un musical: “Pienso que es un melodrama musical, o, un melodrama con música. El melodrama es un género dramático tan válido como la tragedia, la comedia, la picaresca, la farsa, o cualquier otro. (...) La película pretende rescatar algunas de nuestras tradiciones teatrales y la esencia de nuestra música cubana, tratando de hacer sonar nuestra tradición musical con timbres nuevos y con imágenes nuevas para los nuevos ojos y los nuevos oídos: la juventud”.

La exquisita reconstrucción epocal hasta en mínimos detalles constituye un acierto de la cinta, galardonada en el Festival de La Habana con el premio Coral a la mejor ambientación para Derubín Jácome, especialista en lograr prodigios con escasos medios. El realizador supo rodearse de un competente equipo de asesores multidisciplinarios que coadyuvó a la concepción rectora y a esa atmósfera evocadora y nostálgica que se respira.

Al apreciar la interpretación de esa auténtica revelación que es la actriz Beatriz Valdés en números como “Capullito de alelí”, “Tápame”, “Cabo de guardia”, “Si llego a besarte”, o ese clásico de la música cubana que es “¡Ay, mamá Inés!”, la reacción es harto satisfactoria. Su agradable voz y la frescura y picardía que irradia su Rachel al desplazarse por las tablas del teatro “José Jacinto Milanés”, en Pinar del Río, remedo del desaparecido coliseo habanero, la convierten en una especie de alter ego de Amalia Sorg y de tantas otras vedettes aclamadas en el Alhambra. El equilibrio de las interpretaciones alcanza hasta los papeles episódicos, pero debe subrayarse el desempeño de Omar Valdés (Federico). César Évora superó el encasillamiento como galán romántico, y Carlos Cruz reveló sus posibilidades al dibujar certeramente su ambiguo Adolfito sin amaneramientos. Verónica Lynn e Isabel Moreno son redescubiertas por las cámaras del cine cubano, para ofrecer lecciones de profesionalismo.

La labor acometida por Mario Romeu en su música original, compuesta para la película, la precisa selección de obras representativas de distintos géneros e intenciones del repertorio que desfiló por aquel histórico escenario, y las orquestaciones y arreglos de Gonzalo Romeu, devienen uno de los más sólidos pilares del filme, que Anckermann, uno de los compositores más arraigados al Alhambra, habría aclamado. Por sus auténticos valores, la banda sonora original adquiere personalidad propia.

Desde su estreno, el 28 de diciembre de 1989, La bella del Alhambra suscitó lo que un titular de la prensa calificó de “delirio nacional”: tres millones de espectadores en poco más de tres meses de exhibición, en una Isla que contaba con diez millones de habitantes constituyó todo un récord de taquilla. Recibió medio centenar de galardones nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Goya otorgado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España. “La bella del Alhambra, más que una película, parece una época”, escribió el crítico José Antonio Évora; “Su valor no reside en la búsqueda y experimentación, porque atañe más a los sentidos que a la razón”, señaló Alejandro Ríos; el exigente Alejandro G. Alonso apuntó: “La bella del Alhambra acierta en más de lo que se equivoca; y, así, la agradece nuestro devoto público, seguidor incansable del cine cubano, cuyas apetencias encontrarán en la cinta, motivos ciertos de satisfacción”. De “deliciosa pintura de una época irrecuperable” la calificó un cronista argentino en ocasión de su resonante estreno en Buenos Aires.

¿Qué representa La bella del Alhambra en el contexto del cine cubano revolucionario...? El saldo —tardío, pero válido— de una deuda con un género de arraigo popular que los espectadores cubanos (y de otras latitudes) esperaban de la cinematografía del país durante varias décadas. Las tentativas, fallidas en grado superlativo por revitalizar el género musical, de Manuel Octavio Gómez con Patakín (1982), y de Constante Diego con Hoy como ayer (1987), dejaron el camino libre para que la fresca creación de Enrique Pineda Barnet brillara con luz propia, alejada de toda historicidad y documentalismo. Con elementos de probada eficacia comunicativa y una considerable dosis de buen gusto —que bordea peligrosamente el kitsch, pero sin tocarlo—, consiguió tejer una urdimbre que se propone la menor preocupación al receptor, siempre dispuesto a recibir una obra de esta naturaleza.


Dedicada “a todos los que han hecho y hacen posible nuestro teatro”, en los últimos minutos de La bella del Alhambra, esa suerte de violetera del Caribe que es Rachel-Beatriz Valdés, languidece rodeada de velos, como Sarita Montiel fenecía entre bambalinas luego de vocalizar su “último cuplé”· “¿Volver al teatro? Eso no. Pero vivir, lo que se llama vivir, eso sí. Yo no estoy preparada para la muerte”. Tampoco los espectadores cubanos y de todos aquellos países donde se ha exhibido con rotundo éxito la película, se resignan a que cese este aliento vital transmitido a un género tan criollo como las palmas.